¿Qué es el Feminismo     Socialista?

Escrito por: Barbara Ehrenreich
Barbara Ehrenreich explica por qué necesitamos el feminismo socialista para luchar contra el
patriarcado.

El ensayo de Barbara Ehrenreich titulado “¿Qué es el Feminismo Socialista?” apareció pornprimera vez en la Revista WIN en 1976 y, posteriormente, en “Working Papers on Socialism & Feminism” del New American Movement. La introducción de abajo es nueva, escrita por Ehrenreich para esta re-publicación (i.e. The Jacobin). Aunque Ehrenreich tiene varias reparos con su ensayo original — como detalla en sus comentarios abajo — nos da mucha alegría re-publicarlo en un momento en el que más y más personas están siendo expuestas a la política socialista y feminista por primera vez.

El siguiente ensayo se lee mejor como una muestra extraída del pensamiento radical de hace más de cincuenta años, cuando tanto el feminismo como el socialismo eran aún ideas nuevas
para la mayoría de las y los estadounidenses. Muchas mujeres jóvenes, blancas y anteriormente de clase media, como yo, abrazamos ambas abstracciones y luchamos por ver cómo se conectan, aunque sea tan sólo por un sentido de prolijidad teórica. Nunca emprendería un proyecto así hoy. Parece demasiado de nicho, demasiado abierto a respuestas divergentes y demasiado “ahistórico” para mis gustos actuales.

Lo único de este ensayo que me causa rechazo cuando lo leo ahora es la postergación casual de problemáticas como la raza y la homofobia a alguna etapa posterior y más completa de una teoría feminista socialista. Mi única excusa es que el capitalismo y la dominación masculina
parecían, en ese entonces, poseer la dignidad de ser “sistemas”, mientras que el racismo y la homofobia eran fácilmente confundibles con “actitudes” más transitorias. Pero esta es una excusa débil. Medio siglo después, ya no estoy tan fascinada por “sistemas” abstractos y estoy mucho más anclada a lo concreto, que incluye cantidades enfermizas de crueldad hacia las personas LGBTQ y de color. Cualquier persona que esté interesada en teorizar debe teorizar sobre estos hechos también.

También hay, lo admitiré, un poco de descuido histórico en este ensayo. Parezco datar el capitalismo a la Revolución Industrial, convirtiéndolo en un surgimiento reciente en el escenario humano; de no más de un par de siglos de edad. Lo que me debería haber interesado no es el capitalismo, sino las sociedades de clases — o sociedades “estratificadas” — que surgieron hace cinco mil años en el mundo de Mesopotamia, junto con indicaciones arqueológicas de creciente dominación masculina, guerra y esclavitud. Cómo fue que estas cosas “surgieron” es una historia codificada en miles de mitos geográficamente específicos, relieves y otras formas de narrativa; la pregunta difícil es cómo lograron persistir a través de tantos milenios y cambios
en el “modo de producción”.

Hoy lo único que encuentro refrescante de “¿Qué es el Socialismo Feminista?” es su insinuación que ambas formas de opresión están enraizadas en, o mantenidas por, la violencia. Esa palabra no apareció destacada en nuestro vocabulario teórico en 1976, que estaba mucho más centrado en nociones como “producción” y “reproducción”, sueldos para trabajo doméstico y sueldos en fábricas locales. Lo que pudo haber dirigido mi atención a ella fue el incidente
cuasi-violento con el ex-esposo portador-de-armas de mi vecina del piso de arriba, una madre soltera y receptora de beneficios estatales. En el frente teórico, sin embargo, la violencia era un tema marginal y exótico.

 

Todo eso ha cambiado, por supuesto. Personas feministas comenzaron a enfocarse en la violencia contra las mujeres dentro de los próximos años y consiguieron legislación federal contra ella en 1994. Similarmente, la “brutalidad policial” era un tema en los 1970s, pero requirió de una constante embestida de violencia policial en los 1990s y siguientes décadas para provocar la formación de Black Lives Matter. Entrado el siglo XXI, no era posible evitar la violencia contra personas LGBTQ, musulmanes o inmigrantes. Y hoy, la azarosa violencia con armas se ha transformado en una problemática que la izquierda ya no puede descartar con una mera alusión a las utilidades de los fabricantes de armas. Pero en nuestra “teoría” — tal como es — la violencia sigue siendo periférica. Sabemos que lo que nos mantiene obedientes es, en última instancia, el temor a que nos saquen los dientes de
golpe o que nos disparen en la frente, ya sea de parte de atacantes oficiales del Estado o de parte de ex-esposos o vecinos locos. Quizás debemos buscar una forma elegante de decir eso.

En algún nivel, quizás no tan bien articulado, el feminismo socialista ha existido por mucho tiempo. Eres una mujer en una sociedad capitalista. Te enojas: el trabajo, las cuentas, tu esposo (o ex), el colegio de los/as niños/as, el trabajo del hogar, ser bella, no ser bella, que te miran, que no te miran (y de cualquiera de las formas, que no te escuchan), etc. Si piensas sobre todas estas cosas y cómo se entrelazan y qué tiene que cambiar, y luego buscas un par
de palabras para recolectar todos estos pensamientos de forma resumida, casi se te tendría que ocurrir el “feminismo socialista”.

Muchas de nosotras llegamos al feminismo socialista precisamente de esa manera. Buscábamos una palabra/término/frase que pudiera empezar a expresar nuestras preocupaciones, todos nuestros principios, en una manera que ni “socialista” ni “feminista” parecía hacerlo. Debo admitir que la mayoría de las personas feministas socialistas que conozco no están tan felices con el término “feminista socialista” tampoco. Por un lado, es demasiado largo (no tengo esperanzas para un movimiento de masas que requiera de un guión); por otro lado, es demasiado corto para lo que es, después de todo, un feminismo
socialista internacionalista anti-racista y anti-heterosexista.


El problema con adoptar una etiqueta de cualquier tipo es que crea un aura instantáneo de sectarismo. “Feminismo socialista” se convierte en un desafío, un misterio, un tema en sí mismo. Tenemos expositores, conferencias y artículos sobre “feminismo socialista” — aunque tenemos perfectamente claro que tanto “socialismo” como “feminismo” son demasiado vastos e inclusivos para ser tema de cualquier charla, conferencia o artículo razonable. Gente,
incluyendo declarada feminista socialista, se pregunta ansiosamente, “¿Qué es el feminismo socialista?” Hay una cierta expectación que es (o está a punto de ser en cualquier momento, quizás en la siguiente charla, conferencia o artículo) una brillante síntesis de proporciones globales históricas — un salto evolutivo más allá de Marx, Freud y Wollstonecraft. O que resultará ser una nada, una moda capturada por un grupo de personas feministas frustradas y
mujeres socialistas, una distracción temporal.


Quiero tratar de eliminar algo del misterio que ha crecido en torno al feminismo socialista. Una manera lógica de empezar es mirar el socialismo y el feminismo de forma separada. ¿Cómo una persona socialista, o más precisamente, una persona marxista, mira el mundo? ¿Cómo lo
hace una persona feminista? Para empezar, el marxismo y el feminismo tienen una cosa importante en común: son maneras críticas de mirar el mundo. Ambos rompen la mitología popular y la sabiduría de “sentido común” y nos obligan a mirar la experiencia de una nueva forma. Ambos buscan entender el
mundo — no en términos de balances estáticos, simetrías, etc. (como en la ciencia social convencional) — sino en términos de antagonismos. Llevan a conclusiones que son estremecedoras y perturbadoras al mismo tiempo que son liberadoras. No hay forma de tener una perspectiva marxista o feminista y permanecer una espectadora. Entender la realidad revelada por estos análisis es moverse a la acción para cambiarla.


El Marxismo se dirige a la dinámica de clases de la sociedad capitalista. Cada cientista social sabe que las sociedades capitalistas se caracterizan por su desigualdad sistémica más o menos severa. El Marxismo entiende que esta desigualdad surge de procesos que son intrínsecos al capitalismo como sistema económico. Una minoría de las personas (la clase capitalista) poseen todas las fábricas/fuentes de energía/recursos, etc. de las que dependen
todas las demás personas para vivir. La gran mayoría (la clase trabajadora) debe trabajar por necesidad bajo condiciones impuestas por las personas capitalistas, recibiendo los sueldos que las personas capitalistas pagan.


Dado que las personas capitalistas generan sus utilidades pagando menos en sueldos que el valor de lo que las personas trabajadoras producen, la relación entre ambas clases es necesariamente una de irreconciliable antagonismo. La clase capitalista debe su existencia a la explotación continua de la clase trabajadora. Lo que mantiene este sistema de gobernanza de clase es, en último análisis, la fuerza. La clase capitalista controla (directa o indirectamente) los

medios de violencia organizada representados por el Estado — policía, cárceles, etc. Sólo librando una lucha revolucionaria dirigida a la captura del poder estatal puede la clase trabajadora liberarse a sí misma y, en última instancia, a todas las personas.
El feminismo se dirige a otra reconocida desigualdad. Todas las sociedades humanas están marcadas por algún grado de desigualdad entre los sexos. Si diéramos un vistazo a las sociedades humanas, pasando a través de la historia y entre continentes, veríamos que comúnmente han sido caracterizadas por: la subyugación de mujeres a la autoridad masculina, tanto con la familia y en la comunidad en general; la cosificación de las mujeres como forma de
propiedad; una división sexual del trabajo en la que las mujeres están confinadas a actividades como la crianza de niños/as, realizando servicios personales para hombres adultos, y formas específicas de trabajo productivo (usualmente de bajo prestigio).