“No son 30 pesos, son 30 años”: una aproximación a su significado

Escrita por:Diego Díaz González

"en las calles se exigen cambios estructurales que pongan fin a todos estos años de abusos. Pese a lo prometido hace 30 años, la alegría nunca llegó y las desigualdades son tan evidentes que el malestar era una bomba que en cualquier momento estallaría, siendo esos 30 pesos su chispa." 

La frase que da título al presente artículo es una de las consignas que más se ha repetido durante el estallido social y la frase que más he visto aparecer en carteles durante las movilizaciones que se han desarrollado durante las últimas semanas. Sin embargo, no ha habido una reflexión mayor en torno al significado de esta frase, por lo que pretendo profundizar sus alcances a partir del libro "la democracia semisoberana" de Carlos Huneeus", el que me parece sumamente adecuado para desarrollar la presente reflexión. 

Carlos Huneeus describe el contenido de su libro como “Una obra para entender los desafíos políticos y económicos que enfrenta el Chile de hoy” (Huneeus, 2014). En el investiga el desarrollo político de los cuatro gobiernos de la Concertación y su debilitamiento, analizando críticamente los errores que durante esos años se cometieron, sintetizándolos los cuales sintetiza y define como “las cuatro singularidades de la democratización de Chile”, tales son: la continuidad de la constitución política, la permanencia del exdictador, la continuidad de la élite política y la continuidad del sistema económico” 

Hace 30 años, tras largos años de dictadura, nos encontrábamos específicamente en medio de los resultados de la primera elección presidencial y parlamentaria, donde venció ampliamente el candidato de la Concertación, Patricio Aylwin, iniciando así el ciclo de democratización y transición en Chile, siendo nuestro primer acercamiento temporal a la frase por analizar.  

La primera de estas cuatro singularidades mencionadas corresponde a la continuidad de la Constitución Política de la República, punto del cual se ha hablado bastante y que no pretendo profundizar, al menos en esta oportunidad, ya que afortunadamente será un elemento por cambiar, como consecuencia de que la ciudadanía movilizada instaló con fuerza dentro de sus principales demandas un cambio constitucional.

Sobre este punto, no puedo dejar de sentenciar que, a mi parecer, es evidente el cuestionamiento a la legitimidad de origen y ejercicio de nuestra carta fundamental, debido a la ausencia de procesos de participación directa de la ciudadanía, limitando su discusión en torno a reformas han sido únicamente en el congreso o entre partidos políticos, como fue el caso de las reformas de 1989, hace 30 años atrás. Se hace evidente entonces, la necesidad de la generación de un proceso constituyente, por primera vez en la historia de Chile, que permita hacerse cargo de la pendiente discusión ciudadana, participativa, democrática y diversa, y es que las constituciones que se redactan con mecanismos participativos suelen ser percibidas como más legítimas, esperemos que el proceso constituyente -que ya inició- logre integrar aquel punto.

Acerca de la permanencia del ex-dictador en política, el profesor Huneeus señala que Pinochet “intervino en la arena política especialmente para impedir que el gobierno del presidente Aylwin impulsara una política de verdad y justicia por los atropellos a los derechos humanos cometidos durante el régimen que encabezó”. Es decir, su presencia constante dificultó la discusión política en Chile al respecto de ese tema y otros relativos a la dictadura, generando un clima de desconfianza e inseguridad constante, ya que, pese a todos los hechos conocidos nacional e internacionalmente, su figura seguía impune. 

Al respecto, es menester un análisis en torno a su detención en Londres, donde gran parte de la población -en especial organizaciones vinculadas a los derechos humanos- ansiaban su detención, exigiendo fin a aquella impunidad, lo que se contrapuso fuertemente a los intentos del gobierno del ex-presidente Frei por traerlo de vuelta y ponerle fin a su detención, lo que tuvo como consecuencia la generación de un extendido y acumulado malestar que nunca ha podido ser abordado por la clase política o por la justicia chilena, lo que, a mi juicio, genera divisiones profundas en nuestra sociedad que persisten hasta el día de hoy, y que urgen ser abordadas pronto. 

En cuanto al punto de continuidad de la élite política, es fundamental analizar que quienes se insertaron en la nueva arena política 30 años atrás, fueron los mismos quienes formaron parte del mismo régimen, lo que generó dificultades para lograr una verdadera reconciliación. Como, por ejemplo, hace 30 años Jaime Guzmán resultaba electo Senador de la República, quien evidentemente había sido el principal mentor y redactor de la constitución que comenzaba a entrar en vigor. Así también respecto de este punto, es necesario mencionar la exagerada permanencia de ciertas figuras políticas en cargos de representación popular y de la administración, como Andrés Zaldívar, que generan en la gente una gran indignación debido a sus altas remuneraciones y la poca acción política. Sumado a que las figuras presidenciales han sido constantemente las mismas, como Lavín o Frei Ruiz-Tagle quienes se han repetido más de una elección presidencial, o Bachelet y Piñera con dos gobiernos cada uno y sin tener la capacidad de generar grandes transformaciones palpables y tangibles por la gente.

Respecto del cuarto y último punto, es donde creo que ha habido ausencia de reflexión -o al menos muy débil- y donde sugiero que se dirija el análisis político de aquí en adelante, y es que la frase que guía el presente artículo critica de manera implícita -o si gustan, de manera explícita- una inoperancia e inactividad del progresismo por: (i) derribar y cambiar el vigente modelo neoliberal que evidentemente genera las desigualdades e injusticias que vive actualmente la sociedad y que con tanta fuerza denuncia; y (ii) proponer un nuevo modelo transformador que garantice y dée cobertura a derechos sociales y no que los subsidie. 

Aquí es donde cobra relevancia el contexto temporal de hace 30 años mencionado al principio de estas líneas, debido a que el “crecimiento con equidad”, como se caracteriza y describe a la estrategia económica del expresidente Aylwin, -y que se replicó durante los siguientes gobiernos de la Concertación-, desaprovechó la oportunidad histórica para revertir el escenario económico que había sido impuesto por la dictadura militar, pese a que era evidente el apoyo ciudadano para generar aquellas grandes transformaciones, por lo que hoy están pasando la cuenta. 

Según algunos economistas, fue durante los gobiernos de la Concertación donde se puso en práctica de forma consistente y completa los postulados neoliberales que se implementaron durante el gobierno militar de Augusto Pinochet. Se apostó por dar continuidad al régimen económico debido a los “buenos resultados” de la época y así poder alcanzar el prometido desarrollo. Sin embargo, hace treinta años, al apostar por dar continuidad al modelo económico, se desaprovechó la oportunidad, -a mi juicio una gran oportunidad- para cortar de raíz un sistema que más adelante profundizó desigualdades y la exponencial concentración de la riqueza; aspectos que le hacen muy mal a la democracia, y particularmente genera rabia y malestar. No hay necesidad de profundizar en torno a las consecuencias nocivas para la ciudadanía de vivir bajo un régimen neoliberal, ya que las desigualdades no solo son notorias, sino también gravemente evidentes. La mitad de la población que trabaja obtiene salario insuficiente para un hogar de tamaño promedio, mientras que el 1% más rico posee casi un tercio de los ingresos que genera Chile” La privatización de derechos sociales como la salud, la educación y la previsión social, se tradujeron en enormes injusticias que la gente en algún momento dejaría de tolerar. 

Grandes movilizaciones que se han presenciado durante las últimas décadas en Chile son respecto de aquellos derechos sociales mencionados, como también el caso de la vivienda, energía o el agua. De hecho, las más recordadas antes de este gran estallido social, serán las de rechazo al megaproyecto de HidroAysén del grupo Matte, o las masivas movilizaciones estudiantiles, que concitaron un gran apoyo ciudadano. En estos casos, así como también sucedió en varios otros, fue la propia ciudadanía y no la clase política la que tomó la iniciativa, conformando una lógica que se ha repetido a lo largo de estos 30 años, situación de injusticia, movilización y legislación. 

Las recientes movilizaciones sociales, el estallido social o como quieran llamarle, han tensionado a la clase política y han logrado poner en evidencia la urgencia de poder repensar un “nuevo pacto social” como le ha llamado la prensa durante estos últimos días. No puede haber verdadera libertad, donde haya una realidad tan desigual. Es el sueldo mínimo versus el sueldo de altos cargos de empresarios y funcionarios públicos como parlamentarios y el mismo presidente. Es la cárcel para el que roba en la calle versus clases de ética para el que se colude desde su escritorio y se caga a la gente. Es el enfermarse y hospitalizarse en una habitación con veinte personas versus una habitación para ti solo con televisión, comida y enfermería permanente. Es el esforzarte demasiado en los estudios para tener una beca o cargar con un crédito versus el esforzarte nada y tener el seguro asegurado y pagado. Es trabajar toda tu vida y tener una pensión de mierda versus trabajar hasta los cuarenta años y tener una pensión vitalicia.  Es el evadir por 30 pesos y ser detenido y evadir más de 300 millones y terminar siendo presidente. Las desigualdades son violentas y merecen atención ahora. Todos aquellos problemas enunciados son producto de un sistema que nadie ha podido reformar, nadie hasta ahora, donde se tiene la oportunidad histórica para hacer grandes transformaciones, ya que en las calles se exigen cambios estructurales que pongan fin a todos estos años de abusos. Pese a lo prometido hace 30 años, la alegría nunca llegó y las desigualdades son tan evidentes que el malestar era una bomba que en cualquier momento estallaría, siendo esos 30 pesos su chispa. 

El desafío es construir un nuevo pacto social que se haga cargo de las injusticias y desigualdades, apostando por una verdadera justicia social, una sociedad de bienestar que ponga la dignidad por delante de todo, y que se haga costumbre. Un nuevo pacto social que entienda que todo este estallido social no fue por 30 pesos, sino que fue por 30 años de desconexión entre la clase política y la ciudadanía. No fueron estos 30 pesos, los que desencadenaron este estallido social, sino que fueron 30 años de políticas públicas que no supieron responder a los reales problemas de la gente.

Los 30 pesos de alza del metro hace ya algunas semanas, son la punta un iceberg, que bajo el agua esconde un sin fin de problemas que desde el retorno de la democracia no se resuelven y que en algún momento estallarían de alguna manera, por la razón o la fuerza, como dice el escudo nacional.