LADESOBEDIENCIA NO EXISTE

eSCRITA POR: RODRIGO DEL RÍO

"Hoy Sebastián Piñera usa la trama de ese Estado portaliano, preservado en dictadura, para declarar la guerra al pueblo, robarse la manifestación social, y acribillar en su viejo pacto con los militares a quienes juró gobernar. Insensible a que el pueblo ha cambiado sus leyes y ha dejado al fin el peso de la noche, el presidente, justificado en una muerta legalidad, las está desobedeciendo."

Nos recuerda el historiador Michel-Rolph Trouillot las palabras de La Barre, colonizador francés en Haití, quien escribía a su esposa,

"No hay movimiento entre nuestros negros . . . Ni siquiera lo piensan. Son muy tranquilos y obedientes. Una revuelta entre ellos es imposible."

Unos meses después, la mayor revuelta de esclavos azotaba el gobierno colonial.

Escuchar todos los días una misma mentira vuelve al corazón insensible a la historia. Un falso caos opaca la perspectiva. Algunos, como La Barre, se ciegan ante la posibilidad de un cambio en el orden, y aseguran que la desobediencia no existe. Pero la revolución tocaba el címbalo que sacaría a La Barre, y haría entrar a Jean-Jacques Dessalines por Les Cayes para terminar con la guerra y comenzar el Primer Imperio de Haití.

Otros confunden la emergencia de lo nuevo con la indisciplina. Se jactan de guardar el orden. Creen que la desobediencia existe, que aquellos que rompen sus reglas están rompiendo toda regla, y que la conservación de la comunidad exige la defensa irrevocable de la legalidad constituida. Pero se equivocan, pues ninguna acción colectiva se predica desde el vacío ético.

En la genealogía de los evasores sobresale Henry David Thoreau, quien es enviado a la cárcel por dejar de pagar impuestos. Sí, no lo hizo, como algunos presidentes, para aumentar sus arcas patrimoniales. La evasión era una protesta en contra de la continuidad de la esclavitud y el ataque imperialista de los Estados Unidos a México. Y aunque llama a su acción desobediencia civil, la justifica diciendo que "no es muy temprano para que las personas honestas se rebelen y revolucionen," siendo este un deber, y un deber más urgente porque "el país invadido no es el nuestro, sino que el nuestro es el ejército invasor."

Antígona se rebela contra Creonte, rey de Tebas, porque no la han dejado enterrar a su hermano. Hegel lee la tragedia haciendo a Antígona actuar por las costumbres, y a Creonte actuar por la legalidad del Estado, una legalidad prometida y porvenir. Y, sin embargo, aunque provengan de distintas fuentes, ¿es más la desobediencia de Antígona que la de Creonte? ¿No está el viejo rey desobedeciendo leyes más antiguas, órdenes divinas, emanadas de la piedad del pueblo?

Hasta el obediente Tomás de Aquino, declarado santo, en su infinito amor por las jerarquías de un bestial mundo medieval, y por supuesto europeo, aceptaba la rebelión contra un gobierno tiránico. Puesto que no está dirigido al bien común, es el tirano, y no las multitudes, el culpable de sedición contra el orden. Y eso que Aquino llamó bien común no sería otra cosa que la materialización de los órdenes detrás de la desobediencia, es decir, su inexistencia.

Porque incluso Thomas Hobbes, cuando nos habla de la disolución del Estado en el estado de naturaleza, la guerra de todos contra todos, encuentra las más oscuras y salvajes reglas. Nunca el caos llega al caos.

En términos absolutos, la desobediencia no existe. Y enfrentados a un momento de peligro es justo preguntarse qué regla estamos siguiendo, y qué reglas está siguiendo el gobierno.

Escribía famosamente Diego Portales su elogio a la obediencia del pueblo diciendo que "el orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública." Este ha sido históricamente el esquema de nuestros gobiernos. Ya tiempo hace que Salvador Allende intentó refutarlo, afirmando que el Estado podía ser un "instrumento para cambiar y crear al servicio de los trabajadores," y la legalidad podía ser utilizada a favor de la feliz intranquilidad de la transformación social. Hoy Sebastián Piñera usa la trama de ese Estado portaliano, preservado en dictadura, para declarar la guerra al pueblo, robarse la manifestación social, y acribillar en su viejo pacto con los militares a quienes juró gobernar. Insensible a que el pueblo ha cambiado sus leyes y ha dejado al fin el peso de la noche, el presidente, justificado en una muerta legalidad, las está desobedeciendo.

Seguramente, el día que esta nueva legalidad se haga evidente en la forma explícita de una nueva Constitución, Sebastián Piñera podrá enfrentar la escala de su desobediencia. Y verá la luz del día emerger del fuego que quemó el peso de la noche. Y obedeciendo, el pueblo proveerá justo castigo.

RODRIGO DEL RÍO, 

Doctorado (c) en literaturas españolas y latinoamericanas, Universidad de Harvard.