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Quisiera empezar conversando desde tu mirada de la izquierda contemporánea sobre la cuestión
de los adversarios, planteándonos una cierta interrogación por la pertinencia de pensar la izquierda desde sus contrarios.

La primera advertencia en relación a la figura política de lo adversarial o el adversario tiene que ver con la figura de la identidad. Cuando la política de izquierda se describe desde la iden- tidad, de alguna manera, lo primero que hace es describir o buscar cuáles son sus adversarios, pero eso implica primero presuponer que hay un orden de la identidad que se conoce, que se reconoce y que de alguna manera busca ser cautelada en relación a sus adversarios. Entonces, cuando se busca a los adversarios de alguna mane- ra se presupone ya una identidad de la izquierda.

La pregunta es si esa búsqueda de los adver- sarios no genera la ficción de una identidad, aun cuando pudiéramos decir que la política de iz- quierda hoy está, o bien en cuestionamiento, o bien en un momento de crisis en relación a su organización. Al instalar la pregunta por los ad- versarios se presupone previo, ya establecido, un “en común”.

¿Deberíamos desplazar la cuestión desde el campo de la identidad a otro campo?
La pregunta es si es posible desplazar el orden de la identidad cuando lo que se está buscando son los adversarios. Yo creo que no; al instalar la pregunta de los adversarios se presupone un orden identitario de lo político, que debiese ser cuestionado hoy. Partir desde la identidad ya implicaría reconocernos, por ejemplo, desde lo heteronormativo, orden que no se explicita pero que es la ficción habilitante de lo “en común” de lo identitario. En este sentido, y pensando en discusiones recientes como las generadas en torno al acuerdo de vida en pareja, llama la atención que aun cuando es un acuerdo de unión de parejas no heterosexuales, el marco desde el que se busca narrar y regular este tipo de relaciones es esencialmente heterosexual. En otras palabras, contra cierta tentación populista que nos demanda construir pueblo a partir de una política adversarial, diría que en el momen-

to actual lo determinante para una política de izquierda es interrogar ese orden de la identidad que compulsivamente la describe como un suje- to unitario. Esto, por supuesto, no implica negar los antagonismos, por el contrario, supone plura- lizarlos, multiplicarlos, desjerarquizarlos de una trama o marco que busca regular o normalizar dichos antagonismos desde la lógica e intereses de un sujeto preconstituido.

¿Cuál sería entonces tu sugerencia para salir de esa mirada, de esta pregunta

centrada en lo identitario?

Pensar en modos de articular a la izquierda don- de se desplace el orden que desde la interioridad describe la exterioridad como enemigo, o sea desplazar ese orden de lo político como marco categorial más que escribir una política progra- mática. Cuestionar esos ejes categoriales que describen la política de izquierda en Chile.

Si pensamos cuáles son esos ejes, uno es el que ya mencionaba; la política de izquierda na- rrada desde la heteronormatividad. Otro está vinculado a cierta lógica o temporalidad de la urgencia y la eficiencia que narra las prácticas políticas desde un orden y un tiempo únicos, genéricamente identificados con el principio de representación parlamentario y el orden estatal. Limitar las prácticas de transformación social a ese orden y a ese tiempo es no advertir los pro- cesos de “enmarcamiento” que constituyen el trasfondo de las luchas políticas. Contra esta ce- guera o limitación, que puede ser considerar un efecto de marco, pienso que la izquierda debe in- terrogar hoy sin descanso esos ejes categoriales, esos órdenes de representación.

La dramaturga chilena Manuela Infante, junto a la compañía Teatro de Chile, se ha convertido en referente obligado para el teatro chileno del siglo XXI. A través de sus obras asistimos a la crí- tica contemporánea que reinterpreta personajes históricos para cuestionar, no solo la “memoria oficial”, sino nuestras propias representaciones reivindicando “cierto poder en lo no visible”.

No se declara experta, pero en su ejercicio creativo evidencia el rol del patriarcado en la sociedad, comprende al género como una cons- trucción identitaria y analiza el rol que podría jugar el feminismo en la disputa por el poder.

P: Hablemos en primer lugar sobre feminismo en la obra Cristo. ¿Cómo definirías tú el concepto de representación de lo femenino en esa obra?

M: Quizás vale la pena partir diciendo que yo no soy una estudiosa feminista. Por lo tanto, no sé, académicamente, cómo enmarcarme y desmar- carme de las corrientes que quiero y no quiero. Pero tengo una intuición feminista que creo que le corresponde a la época, y tomo ciertas accio- nes creativas orientadas a esa intuición.

P: Si quieres me puedes mencionar cuál es tu noción de feminismo.
M: Me parece bien entrarle a Cristo. Cristo es una propuesta que surge gatillada de mis lecturas de autores post-estructuralistas, que en el fondo entiende la construcción de un personaje como el resultado de la reiterada performance de su re- presentación. O sea, es posible llegar a construir un ser a punta de representarlo reiteradamente y eso está muy alineado con el cuerpo, con una especie de sedimentación de lo performeado, tomando la idea vieja de la performatividad y el cuerpo como reiteración, como cita a la norma.

Lo que hacía Cristo estructuralmente era tra- tar de mirar si es que había algo detrás de las representaciones del personaje, en un gesto que terminaba por construir el recorrido de la obra, donde nunca encontrábamos un cuerpo sólido detrás de esas representaciones. Yo siempre lo pensaba como si tuviéramos un muro y quisié- ramos sacar el papel mural para ver de qué está hecho el muro, y descubriéramos que el muro estaba hecho solamente de muchas capas de papel mural. Esa es la estructura de Cristo. Creo que ahí hay una relación sencilla con el tema de la performatividad del género: es la idea de que el género es una construcción que se ha re- presentado históricamente, en que uno “actúa” su género –su género como personaje– citando cómo le llegó, cómo lo ve, dadas las referencias que se le ofrecieron, y en la medida que cita, de alguna medida fortalece la norma y uno se “hace de” un género. Entonces creo que de esa manera, la relación es bien concreta, de cómo nosotros abordamos la figura de cristo y el género como un acto performativo.

P: Y en tu ejercicio creativo dramático, esta noción de género ¿se puede ver en tus obras?

M: En mi propia experiencia, por supuesto que sí. Yo recién con Xuárez, que es una obra de Lucho Barrales, es primera vez que abordo el género de manera frontal. De alguna manera, este juego que tratamos de hacer con Luis Barrales, en don- de tratamos de reescribir la mitología de la fun- dación de Santiago, de manera de darle un rol a esta mujer que era Inés de Suárez, ahí es primera vez que siento que tematizo el borrado de la mu- jer en la historia.