Dignidad es cuidado.

Hacia una nueva forma de integración social.
escrito por: gabriela cabaña

"Imaginemos por un momento una sociedad de cuidados, en la que todas las personas cuentan con un piso mínimo para cubrir sus necesidades básicas. Imaginemos quizás una renta básica similar al actual sueldo mínimo. Tanto la pobreza como la inseguridad económica disminuirían. Quienes quieren más tiempo para dedicarse a cuidar a otros, estudiar, o dedicarse a otras actividades, tendrían una ventaja para hacerlo."

Este artículo es un intento por imaginar la nueva constitución que Chile demanda desde una perspectiva radicalmente distinta a la izquierda del siglo XX. La repentina explosión social de octubre 2019 invita a un redireccionamiento de los imaginarios políticos de izquierda. Si gran parte de la lucha de los partidos políticos de ese sector se construyó y consolidó en torno al trabajo remunerado —modelado bajo la figura del obrero de fábrica— lo que la actual coyuntura demanda es poner al centro un principio mucho más postergado: el del cuidado.

Una de las peticiones más escuchadas en la calle desde el inicio de las movilizaciones ha sido “hasta que la dignidad se haga costumbre”. Esto no es sólo un llamado a resistir el desgaste de quienes se manifiestan, es la instalación de una nueva demanda social: la dignidad. Pero ¿qué pedimos cuando pedimos dignidad?

Para enmarcar a grandes rasgos el origen del descontento es posible combinar fenómenos de larga data —la extrema desigualdad y protección a la empresa privada, herencia de la dictadura militar— con giros y acomodos más recientes. El modelo clásico del trabajador manual ha sido reemplazado en el Chile post-transición por subjetividades neoliberales de individuos emprendedores, independientes, con la capacidad de ser “dueños de sí mismos”, con carreras altamente flexibles y que se adaptan a proyectos cortos y externalizados. La contraparte es la precarización. Chile ha visto en el último par de décadas la emergencia de un precariado (Standing, 2014), cuya mayor carga es la inseguridad económica, y la falta de tiempo y espacio para los cuidados —propios y ajenos— que eso conlleva. En el Chile del siglo XXI, muchos ingresos por sobre la línea de la pobreza esconden una precariedad tremenda.

El actual momento evidencia los límites conceptuales de la figura del trabajador del siglo XX: las teóricas feministas que reclaman por la sostenibilidad de la vida y la reivindicación del trabajo invisible; las crisis ecológicas y ambientales que piden a gritos una rearticulación de las actividades productivas; la cada vez menos silenciosa crisis de salud mental y física. Mientras desde el feminismo se levanta una crítica profunda a la Economía como ciencia patriarcal que ha ignorado las labores que hacen la vida posible (Praetorius, 2015; Carrasco, 2001); existen cada vez más indicios de que nuestro actual régimen de trabajo es incompatible con mantenernos dentro de los límites ecológicos que hacen la vida posible, incluyendo un calentamiento global bajo los 2ºC por sobre niveles preindustriales (Frey, 2019).

También tenemos evidencias claras que las tecnologías han reemplazado, y seguirán reemplazando, muchas de las tareas más arduas que crearon puestos de trabajo en las décadas pasadas. Sin embargo, el mensaje que hemos inscrito en las distintas instituciones y reglas de nuestra sociedad es: quien quiera sobrevivir debe lograr tener un empleo remunerado, o generarse un ingreso a través del trabajo independiente.

Bajo estos supuestos, la derecha continúa apoyando su liderazgo en el argumento del crecimiento económico, la generación de empleo y la reducción de la pobreza. En respuesta, la izquierda chilena ha mantenido en la base de su imaginario del obrero que pensó Marx (Tsing, 2009). Hasta ahora, esto ha significado seguir jugando en los mismos términos propuestos por la derecha, apelando a una idea de “estado empresario” (Mazzucato, 2015) y al fortalecimiento de los servicios públicos con un fuerte énfasis en la gratuidad. Pero el estallido social vivido en Chile el mes de octubre muestra que este enfoque ya no es suficiente. A esta reconstrucción de lo público —que es urgente, sin lugar a duda— debe acompañarle un cambio más radical que vaya al corazón de los principios que han guiado la integración social en nuestro país.

Los valores vs. el valor

Hasta ahora, el pensamiento neoliberal —y uno podría aventurar, de la economía como ciencia— que parte desde la escasez como principio metodológico, ha descansado en el argumento de que la única manera de “solucionar” el problema de la pobreza (que parece ser el único problema real) es aumentar la producción. El crecimiento precede al cambio de la administración de lo común, lo que ya existe, y lo que es necesario preservar y regenerar.

Hagamos el experimento mental de pensar: ¿Cómo sería una sociedad en la que valoramos todas las vidas, sin mirar ni evaluar la utilidad productiva de los individuos, su colaboración al crecimiento de la economía? Si entendemos que el problema en el corazón de este momento constituyente es la desigualdad, reconocemos de alguna manera que la torta ya es bastante grande —basta mirar los indicadores de riqueza— pero que hay un problema en la distribución. Bajo este entendimiento, podemos desactivar la necesidad urgente de generar más como solución al descontento para pensar en nuevas formas de (pre)distribución de lo que producimos colectivamente.

En esta sociedad, se valorarían actividades tales como el cuidado de niños y niñas, el desarrollo de actividades artísticas y de ocio, la educación en sus variables formales e informales. Todas estas cosas son actualmente valoradas, pero no valorizadas. Es decir, muchas de estas actividades suceden en los márgenes de la sociedad sin recibir pago alguno; a pesar de que probablemente encontraríamos acuerdo en que ellas son buenas y deseables. Muchas de las personas que hacen estas labores tienen que depender de alguien que tenga un trabajo remunerado para su supervivencia. 

Para avanzar a esta sociedad imaginaria, podríamos decir entonces: ¿Cómo hacer para que estas actividades de cuidado sean valorizadas, y no sólo valoradas? ¿Cómo liberar de las trabas burocráticas que miden, evalúan, y limitan toda transferencia monetaria fuera del trabajo?  Más importante: ¿Cómo convertir esta nueva sociedad en una sociedad menos precaria y más igualitaria? Sugiero que una renta básica universal podría abrir un camino para comenzar a responder estas preguntas.

Una renta básica es, en pocas palabras, una transferencia regular e incondicionada a todos los habitantes de un territorio. Se entrega en dinero, sin necesidad de ser evaluado. Es personal e inalienable. La renta básica es, hasta ahora, una idea con una larga historia, amplio apoyo y múltiples pilotos, pero todavía sin materialización efectiva.

Sin ahondar demasiado en las implicancias de una renta básica universal —de la que existe una amplia literatura— para Chile basta señalar que la implementación de la misma tendría que seguir dos reglas: primero, que signifique un aumento en el ámbito de la incondicionalidad. Segundo, que la manera en que se financie la política sea progresiva y no deje a nadie recibiendo menos transferencias estatales que antes de la implementación. [1]

[1] Para una síntesis y comparación de distintas versiones de renta básica y propuestas de políticas similares véase Van Parijs 2004

Imaginando una sociedad basada en el cuidado

Imaginemos por un momento una sociedad de cuidados, en la que todas las personas cuentan con un piso mínimo para cubrir sus necesidades básicas. Imaginemos quizás una renta básica similar al actual sueldo mínimo. Tanto la pobreza como la inseguridad económica disminuirían. Quienes quieren más tiempo para dedicarse a cuidar a otros, estudiar, o dedicarse a otras actividades, tendrían una ventaja para hacerlo.

 

Imaginemos las consecuencias económicas. Podríamos esperar, por ejemplo, lo que en la literatura de renta básica llama “la capacidad de decir no”. Es decir, las personas podrían decir que no a trabajos explotadores o degradantes que muchas veces se toman en la desesperación. Evitaríamos las problemáticas trampas de desempleo, ya que las transferencias no serían condicionadas a cumplir con ciertos requisitos. Disminuirían las trabas burocráticas del estado, tan preocupadas de evaluar y justificar quién “merece” o no recibir transferencias.

 

Con personas más liberadas de la precariedad económica, podríamos tener los trabajos que son necesarios para la sociedad y valiosos para los que los hacen. Podríamos alivianar el argumento de quienes se oponen al cierre de actividades dañinas para el medio ambiente porque “dan trabajo”. Tener una renta básica asegurada como derecho podría ser clave para pensar en la transición ecológica, tan urgente y necesaria, ya que nos permitiría bajar el ritmo de la economía para dejar de generar lo que no nos hace falta, pero que muchas veces sirve para mantener puestos de trabajo. 


Sobre todo, imaginemos las consecuencias políticas: personas más libres. Basar una sociedad en el derecho al cuidado es incrementar la libertad, si entendemos los cuidados como cualquier acción que contribuya a mantener o aumentar la libertad de otra persona (Graeber, 2018). Recuperar esta noción de libertad desde el reconocimiento de la mutua dependencia y la imposibilidad del sujeto-mónada del imaginario neoliberal sería de las mayores victorias de la izquierda. El principio de integración social podría transitar a estar basado en una valoración incondicional de todas y todos, que tiene como contraparte una valorización (monetaria) equitativa y universal.

"Con personas más liberadas de la precariedad económica, podríamos tener los trabajos que son necesarios para la sociedad y valiosos para los que los hacen. Podríamos alivianar el argumento de quienes se oponen al cierre de actividades dañinas para el medio ambiente porque “dan trabajo”. Tener una renta básica asegurada como derecho podría ser clave para pensar en la transición ecológica, tan urgente y necesaria, ya que nos permitiría bajar el ritmo de la economía para dejar de generar lo que no nos hace falta, pero que muchas veces sirve para mantener puestos de trabajo."

Hasta que la dignidad se haga costumbre

Cabe señalar que esta crítica a la centralidad del trabajo no significa proponer que los problemas asociados al trabajo remunerado, como bajos salarios, precarización, etc. hayan sido superados. El paradigma del cuidado es inclusivo de estas y otras demandas históricas, pero las sitúa a la par con un reordenamiento social mayor que se hace cada vez más urgente y necesario. En el corazón de mi argumento está la idea de que es posible transitar a una sociedad en la que las personas no sean consideradas medios para la construcción de la economía —y su constante crecimiento— como el proyecto colectivo más importante. Cuando se cuida de las personas pensando en su inserción en la economía formal, se deja de lado la posibilidad de transformaciones más profundas. El tránsito a una economía del cuidado puede permitir que cada uno de nosotros merezcamos dedicarnos a lo que consideramos valiosos, sin ser subyugados a las necesidades de ganancia del capital.

 

En suma, sugiero que se entienda que cuando en la calle se pide dignidad, se está pidiendo cuidado. Si las imágenes más dolorosas de las últimas semanas han sido los carteles de pensionadas y pensionados retratando cómo luego de una vida de trabajo tienen jubilaciones de hambre; podemos reconocer en la protesta un llamado a un cuidado incondicional. Muchas de las personas hoy jubiladas tuvieron trabajos precarios (informales) o no remunerados (de cuidados) que nuestro sistema económico no puede contabilizar. Desligar el ingreso del trabajo y volver de este ingreso un derecho puede cambiar tanto la naturaleza de nuestras relaciones sociales como del dinero mismo.

 

La renta básica universal puede encaminarnos a imaginar una sociedad centrada en el cuidado y avanzar hacia la superación de la sociedad capitalista. El momento constituyente que se acaba de abrir es el momento ideal para comenzar este debate.

Referencias

Carrasco, C. (2001). La sostenibilidad de la vida humana: ¿Un asunto de mujeres? Mientras Tanto, (82), 43–70. Retrieved from JSTOR.

 

Frey, P. (2019). The Ecological Limits of Work: On carbon emissions, carbon budgets and working hours. 12.

 

Graeber, D. (2018, March 22). The Revolt of the Caring Classes. Presentado en el Collège de France. Recuperado desde https://www.college-de-france.fr/site/evenements-culturels/22-mars-2018-David-Graeber.htm

 

Mazzucato, M. (2015). The Entrepreneurial State: Debunking Public Vs. Private Sector Myths. Anthem Press.

 

Praetorius, I. (2015). The Care-Centered Economy Rediscovering what has been taken for granted (No. 16). Heinrich Böll Foundation.

 

Standing, G. (2014). The precariat: The new dangerous class. London, UK ; New York, NY: Bloomsbury.

 

Tsing, A. (2009). Supply Chains and the Human Condition. Rethinking Marxism, 21(2), 148–176. https://doi.org/10.1080/08935690902743088

 

Van Parijs, P. (2004). Basic Income: A Simple and Powerful Idea for the Twenty-First Century. Politics & Society, 32(1), 7–39. https://doi.org/10.1177/0032329203261095