Captura de Pantalla 2021-01-20 a la(s) 1

Una muralla no es una plataforma impoluta, como lo podría ser el restringido espacio de los 240 caracteres en Twitter o los escasos medios dispuestos a publicar columnas de opinión con sus adjetivos excesivos y comas innecesarias; las murallas no son cuadernos de 7mm, sino son campos que son capaces de empaquetar una serie de significados que desbordan las posibilidades del decir en medios tradicionales –consignados por el Instituto Nacional de Normalización–. 

De pupitres, bancos escolares y retóricas subversivas

Nayareth Pino Luna

CRITICA CULTURAL

Nayareth Pino Luna

Licenciada en Letras, profesora de Lenguaje y Magíster en Educación

Captura de Pantalla 2021-01-20 a la(s) 1

el banco escolar representa un lugar desde el cual alzar la palabra y, de paso, subvertir o torcer el orden para el cual fue concebido. Rayarlo, inscribirse en ellos a pesar de las reglas y del castigo que supone quedarse después de clases con una botella de alcohol a borrar las marcas, es una posibilidad de habitar mucho más auténtica que todas esas que ofrece la escuela. Es una alternativa para territorializar y sobrevivir a un espacio coercitivo diseñado para anular las subjetividades, las identidades, las infancias.

Una sala llena, veintisiete grados a la sombra, pero se siente como si fueran treinta y dos entre estas paredes. Algunos estudiantes con el chaleco puesto, otros languideciendo tras una camisa blanca, percudida, abotonada a la fuerza. El cuerpo que cae, porque parece que no queda de otra, sobre el banco. La columna vertebral que aún no llega a su forma definitiva comienza a torcerse. Los ojos de la profesora. No se recueste, no se oculte, ¿no durmió anoche? Vaya a lavarse la cara. El o la estudiante aludida. Sus pasos al baño, la llave que no es, esa tampoco, es la quinta la buena, la cara húmeda. Volver a la sala a paso lento. ¿Y usted qué hace aquí? Le pregunta una inspectora. Es que me mandaron a lavarme la cara, contesta. La inspectora no le cree nada, porque para eso le pagan, para desconfiar. El o la estudiante que llega a la sala del primero medio C los mira a todos y todas, sentadas lo mejor que pueden –o como quieren– en esas sillas; los codos, los lápices y cuadernos, los estuches como trincheras; y sosteniendo los cuerpos, los bancos, esos que una vez se llamaron –o alguien todavía llama– pupitres. 

 

El mobiliario escolar como testigo de la disciplina de los doce o ya trece años de educación obligatoria. Esa estructura sólida en que tantas cosas suceden. Torpedos que se ocultan bajo la mesa en papel, torpedos que se escriben con lápiz mina sobre la madera y frente a la amenaza docente se borran con el dedo. La bolsa de papas fritas que se oculta en la rejilla, pero que cruje y delata. La estudiante musical que transforma esa mesa en una batería, el artista que ve en esa madera un lienzo, la humorista que encuentra en esa planicie su tribuna. El tallado a tijera punta roma, los chicles como huella del hastío, las declaraciones de amor, la erótica adolescente, las masculinidades asomadas, los mensajes subversivos, la retórica de escolares atrapados en la normalización escolar. 

 

Si pensamos en su origen, no histórico sino en tanto mobiliario, su procedencia, damos con un estricto protocolo que norma sus condiciones físicas: “mide al menos sesenta centímetros de ancho, por cincuenta de profundidad, y generalmente no tiene parrilla bajo la cubierta a menos que esta se adecúe al espacio normativo disponible, que es de siete centímetros incluyendo el espesor de la cubierta” (MINEDUC, 2016). No solo sus medidas, sino también su textura, materiales, entre otras condiciones deben pasar por un exhaustivo análisis en el Instituto Nacional de Normalización. Porque ese lugar es real y regula, entre cientos de cosas, esa materialidad que verá a niños, niñas y adolescentes crecer, aburrirse, dormirse, rebelarse. La existencia de esa normativa más allá de prefigurarse en términos de la ergonomía más favorable, se inscribe en una tradición que ha tendido, deliberadamente, a disciplinar los cuerpos. Bastante es la literatura que ha abordado el tema. Como señalan Armella y Dafuncio, “desde la conformación de los sistemas educativos, la organización del espacio y del tiempo escolar significó el disciplinamiento de los cuerpos – cada sujeto en un lugar y un tiempo determinado–” (2015, 1080). 

 

En este sentido, el pupitre escolar se entiende como un dispositivo en términos foucaultianos (Foucault, 1984) con el que estudiantes dialogan, no desde la pasividad deseada, sino a partir de las fisuras o líneas de fuga (Deleuze y Guattari, 1994) que identifican en ellos y que les permiten territorializarlos. La primera línea de fuga toma forma en que, a pesar de la estandarización de sus condiciones materiales, los cuerpos se desbordan en esos artefactos diseñados –bajo estrictas disposiciones– para mantenerlos erguidos, atentos. La otra subjetivación, y la que resulta más interesante, es la que se concreta en este diálogo individuo-dispositivo-cuerpo (Agamben, 2006), vínculo que estaría mediado, en este caso, a través del lenguaje que posibilita a los y las estudiantes pasar de ser sistemas taciturnos a sistemas de lenguaje. Una hermosa epistemología que nos entrega la cibernética (Pask, 1969, en Keeny, 1987) y que Milicic y Aron (2017) aplicaron a los estudios sobre cultura escolar.

 

Dentro de la larga lista de útiles escolares que las familias deben costear en marzo, se encuentran los famosos cuadernos de 7mm, una torre que puede llegar a sumar casi mil hojas cuadriculadas dispuestas a contener aquello que los y las estudiantes pudieran o quisieran elaborar. Sin embargo, habría algo en esos objetos que no satisface la pulsión por desplegar discursos alternativos frente a los límites que la escuela norma y sanciona. Dependiendo del reglamento de convivencia de cada establecimiento, rayar o vandalizar el mobiliario escolar puede ser considerada una falta leve o un poco más que eso. Aun cuando existe esta prohibición, los y las estudiantes –algunos, porque not all students, dirán los ‘buenos’ estudiantes– se inclinan y despliegan sobre sus mesas todo tipo de mensajes, como ya se refirió en la escena narrada anteriormente.

 

Visualizar y analizar este gesto retórico de los y las escolares nos remite, en el actual contexto constituyente y de revuelta social, a las imágenes de lo que se denominó “La ciudad como texto”, y que Ureta Marín (2020) quiso archivar en pos de la memoria y contra el poder, y sus galones de pintura, en un libro digital del mismo nombre. Una muralla no es una plataforma impoluta, como lo podría ser el restringido espacio de los 240 caracteres en Twitter o los escasos medios dispuestos a publicar columnas de opinión con sus adjetivos excesivos y comas innecesarias; las murallas no son cuadernos de 7mm, sino son campos que son capaces de empaquetar una serie de significados que desbordan las posibilidades del decir en medios tradicionales –consignados por el Instituto Nacional de Normalización–. 

 

En cuanto a este empaquetamiento del sentido, una breve consideración: escribir ACAB en una muralla es más atractivo, en los términos de placer, felicidad y rebeldía de los que hablaba Julia Kristeva (1999), que elaborar tratados –columnas, libros, tesis– cuyas conclusiones derivarían, probablemente, en el mismo sentido. Pero no solo eso; hacer un grafiti en la muralla o en la mesa escolar es un gesto que se entiende más allá de la semántica que contenga el mensaje, y que está íntimamente ligado a las formas en las que se subvierte el poder.

 

Frente a los cuadernos para cada asignatura, con sus cuadriculados de 7mm, los blocks de notas, entre otros objetos dispuestos a contener aquello que los y las estudiantes pudieran elaborar, el banco escolar representa un lugar desde el cual alzar la palabra y, de paso, subvertir o torcer el orden para el cual fue concebido. Rayarlo, inscribirse en ellos a pesar de las reglas y del castigo que supone quedarse después de clases con una botella de alcohol a borrar las marcas, es una posibilidad de habitar mucho más auténtica que todas esas que ofrece la escuela. Es una alternativa para territorializar y sobrevivir a un espacio coercitivo diseñado para anular las subjetividades, las identidades, las infancias.

La imagen final es la siguiente: ya no es una sala, sino una plaza llena de escolares escuchándose con esa atención tan anhelada por las profesoras principiantes; discuten. La decisión está tomada. Esta noche, ya casi madrugada, nos tomamos el colegio, dice una estudiante que parece ser la vocera. Ellos y ellas se cranean el cómo le dirán o no a sus familias lo que llevarán en sus mochilas, porque cuando el plan esté ejecutado, deberán permanecer adentro, tras las rejas, porque quizá nunca quisieron escapar de esas murallas, del mobiliario, sino revertirlo, resignificarlo, darle vida. Y cuando las autoridades, a la luz del día, las vean, continúa acalorada la estudiante, se darán cuenta. Las mesas, esos bancos que algunos llaman pupitres, estarán apostadas contra las rejas y las palabras que en ellas existieron, silenciosas, ahora relucirán a gran escala sobre lienzos hechos a pulso.


Referencias bibliográficas

 

Agamben, G. (2006). ¿Qué es un dispositivo? Roma: Edizioni Ottetempo. 

Armella, J. & Dafunchio, S. (2015). Los cuerpos en la cultura, la cultura en los cuerpos. Sobre las (nuevas) formas de habitar la escuela. Educación y Sociedad, v. 36, nº. 133, p. 1079-1095.

Deleuze, G. & Guattari, F. (1994). Mil Mesetas. Valencia: Pretextos.

Foucault, M. (1984). Saber y Verdad. Madrid: La Piqueta.

Kristeva, J. (1999). Sentido y sinsentido de la rebeldía. Santiago: Cuarto Propio.

Milicic, N & Aron, A.M. (2017). Clima social escolar y desarrollo personal. Santiago: Ediciones UC.

MINEDUC. (2016). Preguntas frecuentes mobiliario escolar. Recuperado de https://infraestructuraescolar.mineduc.cl/wp-content/uploads/sites/79/2016/10/201203141636150.PreguntasFrecuentesMobiliarioEscolar.pdf

Pask, G. (1969), cit. Keeney, 1987. Estética del cambio. Buenos Aires: Paidos.

Ureta Marín (2020). La ciudad como texto [libro digital]. Recuperado de https://archive.org/details/laciudadcomotexto/0_LCCT_LibroDigital_Sept/page/n1/mode/2up