Contra el lado correcto de la historia

Escrito por: Natalia Niedmann álvarez

"Por lo mismo, es especialmente urgente dejar de pensar la historia en términos lineales. Es tiempo de dejar de hablar de la historia y explorar la infinitud de historias que nos rodean. Es hora de revisitar las alternativas que esperan con ansias en los anaqueles del tiempo para ser revividas, espacios que pueden conversar con nuestras prácticas y generar algo distinto: una nueva posibilidad de futuro"

“¿Que sentirá Piñera al verse en el lado equivocado de la historia?” .

 

Desde que Chile despertó, pareciera ser que la historia salió de los libros para hacerse paso firme en los caminos y calles, de Arica a Punta Arenas. 


Estamos viviendo algo histórico. Y las páginas del futuro aguardan expectantes el desenlace de los próximos meses. Pero contra esa corazonada inicial, es importante tomar cierta distancia. Hablar de historia nos exige tomar una posición, hacernos cargo de la teoría que subyace a la labor histórica. [1]

Hablar de la historia es algo poco polémico porque más o menos entendemos a qué nos referimos. La magnitud del despertar de Chile pareciera estar forjando una narración que se presenta de manera transparente. De esta misma forma se relacionaban con la historia durante la época antigua. Para los griegos, la historia se revelaba a través de la grandeza: eran las propias obras las que hablaban y sólo correspondía al historiador grabarlas para evitar su perecimiento.[2] Pero quien hablaba era la historia, no la historiadora. El método descansaba en la conciencia de que la grandeza era auto-evidente.[3] Pero aunque parezca haber mucha grandeza en la obra del movimiento social, el momento político nos exige con especial urgencia dejar de hablar de la historia para dar paso a las historias.

Esa sensación de estar “en el lado correcto de la historia” presupone un hilo conductor en torno al cual adquieren sentido los acontecimientos que la integran. Hay una historia ordenadora, a partir de la cual el resto del mundo se clasifica como relevante o irrelevante. La historia de Chile, en singular. En ese esquema, los acontecimientos que no se entienden como relevantes para la linealidad propuesta son descartados. ¿Por qué esa historia se integra sólo por algunos líderes de la capital? ¿Por qué sólo ingresan a ese relato las disputas que tienen presencia en los canales formales de poder? ¿Cómo podemos dar cuenta de las miles de transformaciones que tienen lugar simultáneamente en distintos niveles geográficos, políticos, económicos, sociales y culturales, algunas de las cuales hemos vislumbrado de forma pasajera en los últimos días?

Hacer historia inevitablemente requiere del ejercicio de la capacidad de juzgar.[4] Es necesario dirimir qué elementos son importantes para lo que se quiere relatar. Ese ejercicio de construcción por sí solo no resulta problemático. La dificultad nace cuando se asume que existe la historia (y no las historias). Esa premisa implica descartar relatos cuya resurrección podría dar luces respecto de nuestras condiciones actuales. 


La linealidad de la historia, además, le atribuye ex post un aura de inevitabilidad. El relato que se erige como la historia esconde en sí el hecho de que el presente no es inevitable sino contingente. No es el único desenlace posible, sólo fue el que sucedió.


Contra la idea de una única historia lineal, debemos reconocer que el pasado y el presente albergan un sinfín de historias que esperan ansiosas su amanecer. Un sinfín de proyectos y alternativas conviven en todo momento, sobreviviendo pocas en el imaginario colectivo. En ese escenario, la idea de la historia resulta totalizante y oscurece un raudal de pasados que no lograron hacerse parte de esa historia en singular. Rescatarlos es fundamental para enfrentar el problema más general que subyace a la crisis nacional.


Abrir paso a las historias es un elemento importante para la actual crisis nacional en tanto permite la articulación de alternativas políticas. La crisis que vive Chile es en parte importante depositaria de la herencia de la dictadura, así como de la política que impuso a través de su constitución. Por lo mismo, el plebiscito para decidir el mecanismo que se empleará para la nueva constitución es una herramienta fundamental. 


Pero la búsqueda no se agota en eso. Protestas sociales masivas y con características similares a las chilenas han tenido lugar en países con condiciones muy distintas. Un ejemplo fue el caso de Brasil en 2013, cuya constitución fue redactada después de la dictadura por un Congreso Constituyente, y, por lo mismo, no cuenta con las trampas de la chilena. El lema de las protestas brasileñas, curiosamente, también fue que “el gigante había despertado”. Por lo mismo, el caso brasileño no puede explicarse por la presencia del modelo económico tramposamente forjado en la constitución. Tampoco pueden explicarse de esa forma las protestas de Ecuador, el Líbano y Hong Kong. En el mismo sentido, las protestas contra el cambio climático dan cuenta de un descontento más generalizado, no reducible al caso escandaloso de neoliberalismo extremo que opera en Chile.


Por lo mismo, pese a la esperanza que pueda surgir por estos días es necesario tener presente que las verdaderas soluciones al descontento han dejado de habitarnos. Han sido olvidadas en parte a manos de la historia.


Incluso si se aprobase una agenda contundente de medidas sociales y se hiciere justicia por las violaciones a los derechos humanos de parte del gobierno, los problemas del capitalismo no caerán a manos de un voluntarismo nacional. 


Vivimos bajo un modelo de desarrollo que descansa en un crecimiento ilimitado. Pero el crecimiento ciego ha pasado la cuenta. Se trata de un sistema que pese a haber disminuido la pobreza a nivel mundial sigue sin entregar soluciones humanas para las vidas de las personas. Hablamos de un sistema en que el éxito depende de la bonanza material y acumulación inagotable, sin perjuicio de los costos humanos y ambientales que genere. 


Ofrecer una alternativa al capitalismo excede los márgenes del conflicto actual, sin duda. Embarcarse en la travesía de imaginar una alternativa viable capaz de hacer justicia a la dignidad de las personas es difícil. Pero es hora de intentarlo. Las movilizaciones –en Chile y en otros lugares– parecen sugerir, cuando menos, que hay que partir por repensar radicalmente nuestras formas de vida. Empezar a explorar el camino hacia un sistema diferente. Por lo mismo, es especialmente urgente dejar de pensar la historia en términos lineales. Es tiempo de dejar de hablar de la historia y explorar la infinitud de historias que nos rodean. Es hora de revisitar las alternativas que esperan con ansias en los anaqueles del tiempo para ser revividas, espacios que pueden conversar con nuestras prácticas y generar algo distinto: una nueva posibilidad de futuro.[5]


Este paso es importante porque la dicotomía entre el lado correcto e incorrecto de la historia nos mantiene sumidos en un debate cuyos términos están pre-establecidos, del mismo modo en que lo están sus conclusiones. En el corto plazo, por cierto que es fundamental salir de las trampas institucionales que tienen a Chile secuestrado, abordar demandas sociales urgentes y exigir justicia frente a la violación de derechos humanos. Pero así también es importante ampliar el campo de acción, abrir el mapa para encontrar nuevas localidades.


Las últimas semanas en Chile han durado simultáneamente horas y años. Recorramos esos años, esos cabildos, esas marchas, esos espacios colectivos de acción. Recorramos esas horas vividas al filo de la angustia y la esperanza. Construyamos desde ahí un nuevo futuro. No ya desde la historia en singular sino desde la construcción colectiva que hacemos a partir de nuestras historias.

Pie de imágen: Las historias expresan tanto de quienes retratan como de la perspectiva de quien las construye. Renunciar a la posibilidad de explorar historias es renunciar a la construcción colectiva de pasados entremezclados y contentarse en la miopía de una mirada dominante.

Imágen: Nativos y animales del Estrecho de Magallanes, hacia 1605. Disponible en Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-99496.html . Accedido en 18/11/2019.

[1] Koselleck, R. (2004). Futures past: on the semantics of historical time. Columbia University Press.

[2] Arendt, H., & Kohn, J. (2006). Between past and future. Penguin. 48-52.

[3] Arendt, H. 51.

[4] Zerilli, L. M. (2016). A democratic theory of judgment. University of Chicago Press.

"Las últimas semanas en Chile han durado simultáneamente horas y años. Recorramos esos años, esos cabildos, esas marchas, esos espacios colectivos de acción. Recorramos esas horas vividas al filo de la angustia y la esperanza. Construyamos desde ahí un nuevo futuro. No ya desde la historia en singular sino desde la construcción colectiva que hacemos a partir de nuestras historias."

[5] Tomba, M. (2019). Insurgent Universality: An Alternative Legacy of Modernity. Heretical Thought.

Natalia Niedman álvarez es Abogada de la Universidad de Chile, LLM de la Universidad de Chicago y JSD (c) Universidad de Chicago. Teoría Constitucional y Feminismo.