APOGEO Y CRISIS DE LA COP25 Y EL NEOLIBERALISMO EN CHILE

ESCRITO POR: EZIO COSTA CORDELLA 

"Con la decisión, se erosionó la posibilidad de darle una visión latinoamericanista a la COP, mostrando desde esta región del mundo como es que los saberes tradicionales de indígenas y campesinos, así como el apego de los pueblos con sus territorios, podrían contribuir a combatir la crisis climática y ecológica. Se perdió en parte también, la posibilidad de exhibir al mundo los problemas de derechos humanos relacionados con el medio ambiente, que existen en Chile."

La COP25 en Chile

Recordemos que la COP25 sería originalmente organizada por Brasil, pero, a menos de un año del encuentro, decidió no realizarla. La ideología del presidente Bolsonaro le impide ser parte de la solución a un problema global, por lo que aduciendo cuestiones económicas, renunció a la organización y a la presidencia de la COP. Chile tomó la posta, siendo, para todos, una decisión tan sorpresiva como valorada. La COP se mantenía en Latinoamérica y se generaba un escenario favorable para las demandas ambientales en Chile y la región.  

A comienzos de noviembre fue lamentable escuchar que la COP25 no se realizará en Chile. Lejos de lo que se podría pensar, esto no fue un gran golpe para el gobierno ni un acierto económico. La suspensión no significó ni reorientar sus prioridades, ni ahorrar. Por el contrario, la plata ya estaba invertida y los equipos que estaban a cargo de la negociación siguen estándolo.

Sin embargo, la suspensión de la COP25 tuvo importantes consecuencias. Además de la  pérdida económica para el sector hotelero, de turismo y de servicios en general, así como para la golpeada diplomacia chilena, se perdió en parte la oportunidad de masificar los temas climáticos y ambientales en Chile. Con la decisión, se erosionó la posibilidad de darle una visión latinoamericanista a la COP, mostrando desde esta región del mundo como es que los saberes tradicionales de indígenas y campesinos, así como el apego de los pueblos con sus territorios, podrían contribuir a combatir la crisis climática y ecológica. Se perdió en parte también, la posibilidad de exhibir al mundo los problemas de derechos humanos relacionados con el medio ambiente, que existen en Chile.

Pero nuestra preocupación también avanzó por otro carril. En medio de la primavera chilena, que el presidente señalara que un mes después de su decisión no existirían las condiciones para realizar el evento, quería decir que no pensaba que las demandas ciudadanas serían escuchadas en un mes. Va casi la mitad de ese mes, y efectivamente vemos que la situación está lejos de mejorar. Preocupante, además, porque la realización de la COP25 ponía los ojos del mundo sobre Chile, en un período en que es muy necesaria esa mirada externa, para combatir las violaciones a Derechos Humanos, y también para entender mejor lo que está pasando entre nosotros, cuando muchas veces nuestros sesgos nos impiden pensar con claridad.

Por último, y no menos importante, nos preocupaba qué significaría esto para el proceso de negociación. Afortunadamente Madrid reaccionó rápidamente y realizará la reunión en las mismas fechas en que estaba originalmente planeada. No todas las organizaciones que vendrían a Chile podrán ir a Madrid, pero al menos el proceso internacional, extremadamente necesario en estos días, se mantiene.

La crisis social es también ecológica.

A pesar de que las dificultades para realizar la COP25 luzcan como hechos particulares, pareciera que la complejidad que ha tenido la gestión de este evento y la crisis social que se vive en diversas partes del mundo, incluyendo especialmente a Chile, pueden tener una relación. La crisis social es también una crisis ecológica y es importante subrayar algunas de las variables por la que ella avanza.

La destrucción del medio ambiente y de los bienes comunes tiene una raíz inequívoca en el sistema político-económico en el que vivimos. La matriz de extracción-producción-consumo ha significado mermar la capacidad de los ecosistemas para albergar la vida y ha puesto en tensión a las comunidades con su soporte más esencial. Al mismo tiempo, hay un problema con la manera en que se distribuye el poder en las diversas estructuras que soportan nuestra vida social.

En el marco de la globalización neoliberal, dichas estructuras tienden a entregar mucho más poder a quienes quieren consolidar modelos de extracción de recursos en países como el nuestro, en desmedro de otros modos de vida. Como dice Bordoni, es la economía la manera en que se controla al individuo actualmente, generando una fuerte desigualdad y privación de los derechos fundamentales de una parte de la población en favor de una minoría privilegiada. (Bordoni y Baumann, 2015. P.177)

El choque es y ha sido inevitable, principalmente porque no se ha hecho mucho por evitarlo. Las calles gritan ahora, que el neoliberalismo nació y morirá en Chile, mientras en un acto de cierta claridad, un encapuchado se refiere (en uno de los tantos videos que circulan) a la destrucción de los bancos y supermercados como la destrucción del gobierno. Claridad, porque es muy similar al Estado Neoliberal que describe Harvey, como un favorecedor de la propiedad, del clima de inversión y de la solidez del sistema financiero, por sobre los derechos colectivos, el bienestar de la población o la protección del medio ambiente. (Harvey, 2005. Pp.79-80)

Más allá de la exactitud de decir que el neoliberalismo nació en Chile, y más allá de la incertidumbre sobre si efectivamente morirá acá, lo claro es que la primavera chilena parece estar destinada a, al menos, asestarle un buen golpe. Somos un alumno aventajado de este sistema y se han desnudado ahora todas sus falencias a propósito de la exclusión, de la desigualdad y de la destrucción de lo común: las redes comunitarias y el medio ambiente. 

La crisis social tiene entre sus causas la injusticia que significa la existencia de zonas de sacrificio o la regulación privatista de las aguas. Tiene entre sus causas una matriz de desarrollo económico que se basa en la extracción y que, por lo tanto, no sólo depende de la constante destrucción ambiental, sino que además dificulta la movilidad social (Scheneider, 2013). El neoliberalismo produce una distribución del poder y las oportunidades que se parece demasiado a la distribución del capital, generando una intolerable concentración y posibilidades de abuso.

A pesar de las constantes advertencias desde los territorios y la sociedad civil sobre la necesidad de repartir mejor el poder para evitar el abuso, ello no ha sido escuchado y por el contrario, se ha profundizado en un modelo avasallador. Pensemos en lo que significa, por ejemplo, que la regulación permita e incluso favorezca la instalación de proyectos que pueden llegar a secar ríos por completo en algunos tramos, dejando sin agua a personas y ecosistemas. La no firma del Acuerdo de Escazú es una muestra clara de esta línea y la escasa voluntad de repartir adecuadamente el poder, incluso mediante herramientas que si bien no son muy poderosas, al menos significan un reconocimiento.

La negociación de cambio climático intenta frenar los efectos que el sistema económico y político global ha tenido sobre el medio ambiente, poniendo algunos requisitos y trabas para la destrucción ambiental (por eso Brasil no quiso albergar el evento y USA ha anunciado su salida del Acuerdo de París), pero no lo hace de manera suficientemente veloz. Mientras los científicos advierten de efectos irreversibles y exponenciales si no detenemos las emisiones de gases de efecto invernadero en los próximos 11 años (IPCC, 2018), los acuerdos políticos no ponen ni de cerca la misma urgencia.

Ni el llamado urgente del Secretario Ejecutivo de la ONU, ni la valiente arremetida de los más jóvenes, han logrado cambiar el escenario. Pero quienes llenan las calles de Chile, y también en otras partes del mundo, tienen claro que uno de los ejes esenciales para cambiar el sistema y asegurar su futuro, es la lucha contra la crisis climática y ecológica. También saben que eso no se conseguirá simplemente con medidas sociales,  pues los modelos económicos utilizados hasta hoy, y especialmente los Estados Neoliberales, ya lo dijimos, suelen girar la cuenta contra el medio ambiente, contra el futuro.

Si el neoliberalismo morirá en Chile, entonces tendrá que nacer un nuevo sistema y ese no puede ser sino un sistema que asegure la armonía entre las personas que componemos la comunidad, pero también entre nosotros y el medio ambiente. La Cumbre Social por la Acción Climática, la COP paralela que se llevará a cabo entre el 2 y el 12 de diciembre en el Centro Cultural Tío Lalo Parra de Cerrillos, se mantiene en pie y fortalecida. No sólo debemos discutir sobre los ejes de la acción climática global, sino también sobre el futuro que el pueblo de Chile quiere darse. Tenemos la oportunidad de avanzar hacia un nuevo sistema y nos espera un desafío gigantesco. Por primera vez en mucho tiempo, no es el fin del mundo lo que parece más posible. 

Referencias

Bordoni, C.  y Baumann, Z. (2015). Stato di crisi, Einaudi. 
Harvey, D. (2005) Una Breve Historia del Neoliberalismo.Oxford University Press.
IPCC. Informe Especial del IPCC sobre los impactos de un calentamiento global de 1,5°C y las sendas de emisión relacionadas. 
Schneider, B. R. (2013). Hierarchical Capitalism in Latin America. Cambridge University Press.

EZIO COSTA CORDELLA. 

Abogado y Académico de la Universidad de Chile. Msc. en Regulación, LSE. Investigador del Centro de Regulación y Competencia (RegCom) y Director  Ejecutivo de la ONG FIMA.