Populismo y el gesto leninista. La urgencia de la idea de vanguardia en tiempos de la izquierda liberal

9 octubre, 2017

Categorías: artículos, Artículos

Este texto presenta una revisión de la conceptualización del populismo desarrollada por Laclau y Mouffe como una lógica política que entrega, en su forma operacionalizada, el “cómo” construir un proceso emancipador, pero que deja indefinido el objetivo de ese proceso. Como bien señala Dussel (2013), toda la discusión actual parece centrarse en cómo construir el proyecto hegemónico. Ante esta falta, el “qué hacer” leninista se reintroduce en toda su urgencia. En este sentido, la forma populista sería una solución provisoria que aplaza el momento de la definición estratégica. Su foco está en el momento de la emergencia de un proyecto político, no en su institucionalización.

Antes de examinar su desarrollo teórico, haremos dos observaciones. Primero, consideramos que constatar la ambigüedad conceptual del populismo y reconstituir genealógicamente los múltiples usos y designaciones que ha tenido desde su nominación inicial es un lugar común. Ese trabajo está hecho. Lo único que nos bastaría señalar es que parte importante de la confusión de sus múltiples usos se debe a la predilección de la ciencia política anglosajona por la taxonomía, y que producto de ese ánimo de clasificación en base a atributos, se termina saturando el concepto sin captar realmente la especificidad de lo denominado “populista”, finalmente diluido en un sinnúmero de regímenes distintos.

Segundo, como bien señalan autores como Svampa (2013) o D´Eramo (2013), nadie se reclama abiertamente populista en el escenario contemporáneo. Si, parafraseando a Bourdieu, los conceptos son terrenos de conquistas políticas, la batalla contra el populismo claramente fue ganada. Quién ganó y cuál es su eficacia política es algo sobre lo que este texto, por cuestión de espacio, no puede ahondar. Por ahora nos sirve señalar que las lógicas del populismo adoptadas de forma difusa en el concierto político chileno son más bien soluciones intuitivas al problema político, que la utilización consciente de fórmulas populistas.

Populismo, sujeto y hegemonía

El “populismo” desarrollado por Laclau y Mouffe nace con Hegemonía y Estrategia Socialista (2004) sin ser nunca nombrado. Aquí, la lógica populista es denominada hegemonía y es construida ante el (aparente) agotamiento del marxismo ortodoxo anclado en una concepción clasista del sujeto revolucionario que nunca llega, o en el fraseo de los autores, de una realización de la posición del sujeto en la estructura productiva que nunca se manifiesta plenamente. El abandono de una posición clasista supone una posición de indeterminación ontológica central: no existe un elemento determinante de la identidad de los sujetos, ni una necesaria realización de la posición que ocupen los sujetos en la estructura productiva en otras dimensiones. La búsqueda por la “determinación en última instancia” provista por el materialismo histórico queda sin efectos, no es posible encontrarla en ninguna parte. La inexistencia de condiciones determinantes de la identidad de los sujetos tiene como consecuencia el carácter inestable de los actores sociales.

¿Cómo ocurre, entonces, esta constitución parcial de la identidad de los sujetos? Thielemann y Figueroa sostienen en su artículo “La encrucijada de Podemos y los límites de su hipótesis populista” que el populismo de Laclau suspende la construcción de sujetos transformadores en pos de una receta electoralista, en una culminación de la disociación de lo político y lo social. Esta aseveración solo puede ser producto de una lectura “diagonal”. El problema no es la ausencia de “construcción subjetiva” sino de la imposibilidad de fijar identidades que sostienen Laclau y Mouffe. Los sujetos son siempre identidades frágiles, móviles en el terreno de la multiplicidad de discursos en las que son construidas y modificadas. La hegemonía, entonces, es el proceso de articulación que fija parcialmente las identidades en torno a estructuras de sentido condensadas por elementos que funcionan como puntos nodales.

Es ya en Razón Populista (2005) que el populismo es propiamente el concepto central, sin finalmente nunca diferenciarse de la forma hegemónica, y en ese sentido, de lo político propiamente tal (Arditi, 2010). El populismo, dirá Laclau, no tiene ni sujeto privilegiado ni ideología precisada, es ante todo una lógica de lo político. Es la manera de construcción de un sujeto particular, el pueblo, a partir de la articulación de una serie de demandas no satisfechas por el sistema institucional. Además, dada su contigüidad, tienen el potencial de articularse a través de una operación hegemónica en que una parte asume ese universal, imposible pero necesario, que las constituya en un posible bloque hegemónico en el poder.

El pueblo como sujeto

Laclau plantea una posibilidad de “pueblo” como construcción de ruptura ya no desde un determinismo ontológico clasista, como señalamos anteriormente, sino más bien como una unidad de convergencia de una heterogeneidad de puntos de ruptura. Ese sería el potencial revolucionario de un “pueblo” construido como figura emancipadora. Ahora bien, suponiendo que efectivamente todos los sujetos sociales que pueden articularse hegemónicamente actúan como puntos de ruptura (lo cual dudamos), ¿con qué rompen efectivamente? La respuesta que se infiere del desarrollo conceptual de Laclau es que rompen con su diferencial constitutivo, en tanto demanda parcial: el feminismo es una unidad de ruptura con el patriarcado; los movimientos antirracistas con los mecanismos de dominación raciales, etc. Pero para que estos puntos de ruptura conformen una “unidad de ruptura” en la estrategia populista es necesario que los antagonismos particulares que los constituyen tengan un relato común, o sea, que sus antagonismos sean re-situables en una estructura general de dominación a ser superada. Esto es, una superficie común de inscripción que proponga superar un estado de dominación general. Nuestra posición es que un horizonte socialista tiene el potencial de conformar esta unidad de ruptura, articulando de manera no contingente las demandas parciales que convergen en este bloque hegemónico.

La idea marxista de la construcción de un sujeto revolucionario (el paso de una clase en sí a una clase para sí) en la propuesta populista está desplazada primero por la incapacidad de fijar una identidad –todas las identidades son parcialmente fijas y mudables en la interacción con otros discursividades– y en segundo lugar por la imposibilidad de precisar un punto de vista privilegiado desde donde generar la revolución, o en otras palabras, de la inexistencia de un actor preciso para hegemonizar una lucha revolucionaria anticapitalista. En ese sentido, la propuesta populista no explicita una superficie de lucha por excelencia, postulando que toda lucha de una cadena equivalencial puede operar como punto nodal de una apuesta anticapitalista.

Sin embargo, el problema de la forma positiva de esta superación del capitalismo no se deriva lógicamente de ninguno de estos puntos o unidades de ruptura entendidas como demandas parciales. Aquí es necesario precisar el sentido que damos a demandas parciales. No es a la singularidad o elemento/parte que se refiere Laclau, sino a la parcialidad de entender los movimientos como parcelas incomunicadas, como unidades constituidas por lucha inconexas sin la interconexión afectiva articulada por la hegemonía populista. Esto es: ¿el feminismo solo lucha en contra de la dominación patriarcal? ¿los movimientos raciales solo se enfrentan a los dispositivos de discriminación racial? Esta cuestión es central en la pregunta por el potencial revolucionario de un bloque de carácter populista, y queda manifiesta la insuficiencia conceptual para responder esta pregunta en el debate entre Zizek y Laclau sobre la “jerarquía de las luchas”. El punto queda claro en la discusión entre ellos dos, en la cual este último pone en duda que puedan existir luchas/demandas propiamente anticapitalistas poniendo como ejemplo las luchas por la reducción de la jornada laboral o el aumento salarial. Nosotros pensamos que justamente la naturaleza de esas luchas es anticapitalista, en el sentido que afecta la tasa de ganancia, por nombrar una de las consecuencias inmediatas. La cuestión fundamental es qué tipo de lucha posibilita las condiciones de pensar en un horizonte social radicalmente distinto al actual orden de la dominación.

Equivalencia de las luchas

Como vimos, el lazo que hace posible la articulación de diversas demandas es su insatisfacción o la incapacidad de ser procesadas satisfactoriamente por el sistema institucional. Su vinculación no es de confluencia de horizontes, sino de mera contigüidad producto de una contingencia (la incapacidad del sistema institucional de procesar esas demandas parciales). El momento populista, la articulación de luchas heterogéneas en un bloque político a través de la universalización de una de ellas como significante vacío, presenta un equilibrio precario en tanto la especificidad de las reivindicaciones particulares nunca desaparece. El problema, una vez más, es el qué hacer. Esto es así en la medida en que el momento de la articulación, de la preparación de la irrupción, está centrado por una primacía de la lógica equivalencial. Esto es evidente en el actual proceso del Frente Amplio en Chile, en donde la ausencia de definiciones claras permite la suma potencial de todo sujeto insatisfecho. En este punto, la dicotomización del espacio político entre los “poderosos y los marginados” tiene plena eficacia constituyente. El problema de la elaboración de un programa de transformaciones queda por supuesto aplazado, no superado. La tensión se reintroduce justamente cuando el bloque hegemónico logra la participación institucional y tiene que dar forma positiva a las anteriores consignas, significantes vacíos de segundo nivel en nuestra nomenclatura. Es en este momento en que las particularidades articuladas por el momento populista reemergen en toda su especificidad, tensionando la frágil estructuración provista por el bloque hegemónico.

La cuestión central, a nuestro entender, es si la irradiación hegemónica, esta vez en un sentido plenamente gramsciano, logra realmente transformar las luchas particulares en un horizonte universal básico que permita sortear las contradicciones entre sujetos sociales heterogéneos o es simplemente una ficción de equivalencia incapaz de soportar un proceso de transformación.

En pocas palabras, la estructura resultante del momento populista es una articulación que funciona como una prótesis provisoria para y solo para la lucha electoral, pero que es completamente insuficiente para un proceso revolucionario si es que la singularidad concreta que objetiviza la función del universal abstracto articulador no contiene un “programa transformador”. Si la permanencia del bloque hegemónico depende de la insatisfacción de demandas particulares y la promesa de su eventual satisfacción, el proyecto populista o i) tiene un propósito acotado de reformas parciales, de asaltar e institucionalizar unas cuantas posiciones en la lógica gramsciana y luego disolverse una vez cumplido su propósito, en el mejor de los casos, o integrarse plenamente en el régimen de la administración de lo existente, en el peor; o bien ii) embarcarse en un proyecto transformador radical en una conformación orgánica de geometría en extremo variable, y por lo tanto, en extremo frágil. El caso sintomático de esta segunda opción es el fenómeno de las clases medias emergentes en los procesos bolivarianos.

Singularidad universal y estrategia socialista

Nuestra diferencia radical con Laclau es precisamente original de la articulación hegemónica. En una estrategia socialista, el “momento” de investidura de la unidad que asume la función universal no recae exclusivamente en el azar de la contigüidad y la contingencia. El “paz, pan y tierra” promovido por los bolcheviques funcionó como dispositivo articulador construido deliberadamente por una singularidad, los bolcheviques, que contaban con un programa generalizado con el cual conducir el proceso revolucionario. Pero los bolcheviques no eran una formación social con una demanda específica, parcial. Su “encuentro” con la función hegemonizadora, aunque nunca controlable, fue construido por la “voluntad” de llegar a ese encuentro. En otras palabras, la función de singularidad universalizadora de las experiencias socialistas no “recae” simplemente en una de las partes, sino que esa función contiene justamente una voluntad hegemonizadora con un programa que desborda de manera abierta un repertorio de demandas parciales. Es la parte que busca ser universal. ¿Significa esto un ejercicio instrumental de las reivindicaciones parciales movilizadas por parte de una vanguardia socialista? Esto es solo así si se entienden los denominados movimientos sociales de forma limitada.

Si la cadena de equivalencia del momento populista es articulada a partir de las organizaciones construidas por las demandas insatisfechas, nos damos cuenta que el problema es un poco más complejo que la mera canalización de un malestar difuso de las masas. En la demanda organizada del movimiento feminista, por ejemplo, no existe una sola orgánica que condense el malestar derivado de la dominación patriarcal, sino una pluralidad de organizaciones compitiendo por la conducción del movimiento. Por un lado, las diferencias políticas dentro del movimiento y, por otro, la insistencia del discurso de la apoliticidad de las reivindicaciones feministas por parte de la institucionalidad internacional y nacional, no permiten enlazar de manera coherente a estas organizaciones entre sí, ni al movimiento feminista con otros movimientos sociales.

La necesidad de la unidad en la lucha por la igualdad de género ha sido latamente debatido en la academia, mas su ausencia en la práctica política se hace evidente ante la falta de acciones coordinadas y/o acuerdos que trasciendan la contingencia. En este sentido, pareciera que el piso mínimo al que adscribimos las y los activistas feministas es la erradicación de la violencia de género, en el sentido estricto del término. Sin embargo, es larga la lista de encuentros y desencuentros entre feministas liberales, radicales, marxistas, postcoloniales, queer, solo por nombrar los polémicos. No es posible aseverar que dentro de esa variedad podría entenderse como un punto común que la violencia de género es estructural o sistémica, o que el patriarcado y el capitalismo están tan íntimamente relacionados en la sociedad actual que intentar distinguirlos parece más bien un ejercicio académico de análisis del discurso que una lectura política de la realidad. Estas ideas han sido sistemáticamente desacreditadas por la influencia de las corrientes post-estructuralista y postmoderna en el feminismo luego del fin de la guerra fría en todo el mundo, y hoy, ante el giro neoliberal, con mayor fuerza. Más allá de si estas diferencias teóricas se traducen o no en el activismo o la militancia feminista en Chile, el hecho de que el movimiento carezca de articulación evidencia la falta y la necesidad de un horizonte común. El triunfo (parcial) del análisis interseccional de la opresión de género, esto es, la idea de que la categorías de raza, clase y género se interrelacionan o coinciden en la lógica opresiva sobre un mismo sujeto, da cuenta de que a lo menos existen condiciones teóricas para dar un salto hacia la integración del movimiento feminista con las otras luchas sociales. El problema sigue siendo que el relato sobre la clase ha sido, paradójicamente, cooptado por el discurso liberal. Así, lejos del sentido marxista del concepto, para el feminismo interseccional la clase coincide con el estatus, el nivel socioeconómico y/o el poder adquisitivo.

En este sentido, la respuesta ya no pasa por seguir acusando al feminismo eurocentrista o al feminismo blanco norteamericano de todos los males de las mujeres del tercer mundo, ni por el afán postcolonial de discutir la representatividad y el quién puede o no puede hablar por quién hasta el absurdo de que nadie pueda decir nada más que en representación de sí mismo. Es necesario que el discurso anti-neoliberal que está ganando terreno en la crítica feminista se contextualice y fije su posición ante el sistema capitalista. Ya sea los términos del “esencialismo estratégico” de Spivak (1998), o en la resistencia des-colonial de Lugones, el rescate de la crítica a la explotación capitalista, en su sentido más amplio, parece indicar el camino hacia la convergencia de las distintas luchas sociales.

Enfatizar la voluntad hegemonizadora de la singularidad con la función universal nos ayuda a pensar también uno de los puntos débiles de la formulación populista: la permanencia del bloque hegemónico. Si el lazo de articulación que hace posible el bloque hegemónico ahora en el poder subsiste a la satisfacción de las demandas parciales, parece en extremo frágil que sea exclusivamente a través del afecto como propone Laclau. Primero, porque potencialmente redunda en una fetichización de la figura del “líder” deslavado de toda determinación concreta (en ese sentido, el peronismo es paradigmático: la figura de Perón ha soportado desde proyectos nacionalistas estatistas hasta la instalación neoliberal).

Tampoco nos parece suficiente la solución de Carlos Pérez (2013) de una irradiación de “comprensión solidaria” que haga posible la mantención de la articulación de la pluralidad. En vez de centrar las posibilidades de mantención de un proyecto político progresista, por no pensar siquiera en uno revolucionario, simplemente en la irradiación de solidaridad, de una insoportable carga voluntarista anclada nada más que en la “esperanza” de comunión permanente, nos parece que la solución vuelve a estar de la mano con la idea de una vanguardia. Lo que es necesario irradiar no es la comprensión de lo justo de cada reivindicación parcial, sino precisamente la comprensión de la imbricación compleja de aquellas luchas. Reintroducir la idea de un programa común no significa obligatoriamente la subordinación de los movimientos sociales bajo el peso de una “línea política” ni tampoco el “fin de la política” entendida como el destierro de conflicto (lo contrario sería rectificar la compulsiva búsqueda estalinista por la unidad eliminado las partes). El gesto leninista (Zizek, 2010), justamente, consiste en ese diálogo, en ese esfuerzo de traducción de una multiplicidad de luchas en torno a un horizonte común para una transformación radical de las formas existentes. Esto implica, entre otras cosas, pensar formas democráticas que permitan el procesamiento de las demandas sociales no desde la lógica de la contención sino de un ejercicio soberano efectivo (pensar el “pueblo” no como una emergencia contingente ante la falla de la legitimidad del bloque dominante sino como un actor plural en el ejercicio activo del poder institucional, su persistencia por sobre la contingencia de la crisis). No se trata de desactivar el conflicto sino precisamente de encontrar una forma institucional que libere todo el potencial constituyente del pueblo en el bloque hegemónico; liberar el concepto “pueblo” de su confinamiento al momento disruptivo (o “irrupción” en Rancière). Esto implica asumir en toda su centralidad las contradicciones en el seno del pueblo, al decir de Mao, por una parte, y pensar la tensión populista entre conflicto e institucionalización, por otro. La solución pasa en parte por la reconversión del carácter “contenedor” de la institucionalidad actual a una forma que posibilite el despliegue creativo de la conflictividad irreductible anidada en el bloque hegemónico. Pero esto no significa la apuesta de una flojera intelectual insoportable de parte de la izquierda nacional que, ante las dificultades obvias de pensar un proyecto radical, un horizonte posible de cambio, prefieren recurrir al mantra democrático del “movimiento natural” de las masas y el espontaneísmo que daría origen a su propia consciencia, al estilo Luxemburgo. Esto, sumado al ejercicio sobreideologizado (y bastante ingenuo) de quienes siendo de izquierda creen que la no identificación expresa/explícita con tendencias políticas de izquierda o derecha les permitirá disputar el poder, atrayendo adeptos con discursos simplistas o vacíos como el ser “una alternativa”, más que colaborar con la construcción de una fuerza política transformadora capaz de efectivamente alcanzar el poder, la socavan.

Sin un horizonte de transformación radical, el ejercicio populista puede, y con frecuencia alarmante lo hace, quedarse en el nivel discursivo y derivar en la “revolución pasiva” señalada por Svampa. ¿Cómo superar la lógica de la revolución pasiva? Sin una estrategia de transformación radical, por ejemplo, de las formas productivas, el proceso democrático radical se expresa en los hechos como una revolución pasiva que moderniza las relaciones de explotación capitalista, haciendo en el mejor de los casos concesiones parciales de economías mixtas. Centrarse exclusivamente en el cómo distrae la atención en el qué es lo que debemos hacer. En tiempos de bancarrotas teóricas y naufragios políticos, el gesto leninista se reinstala en toda su urgencia.

 

Bibliografía

Arditi, B. (2010), “Politics is hegemony is populism?”, in Constellations, 17 (3): 488-497. Extended review article of Ernesto Laclau’s On Populist Reason.

D´Eramo, M. (2013). “El populismo y la nueva oligarquía”. New Left Review, septiembre-octubre.

Dussel, E. (2013). “5 tesis sobre el populismo”. Le Monde diplomatique en español, Nº207.

Laclau, E. y Mouffe, C. (2004) y Estrategia Socialista. Fondo de Cultura Económica: Argentina.

Laclau, E. (2005) La Razón Populista. Fondo de Cultura Económica: Argentina.

Lugones, M. (2011). “Hacia un feminismo descolonial”. La Manzana de La Discordia, 6(2), 105–117.

Perez, C. (2013). Proposición de un marxismo hegeliano. Ediciones Arcis: Santiago de Chile.

Spivak, G. (1998). “¿Puede hablar el sujeto subalterno?”. Orbis Tertius, 3(6), 175–235.

Svampa, M (2013). “La década kirchnerista: populismo, clases medias y revolución pasiva”. Foro LASA.

Zizek, S. (2010). Lenin reactivado. Akal: España.

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