Populismo para todos

9 octubre, 2017

Categorías: Crónica

Antonia Orellana

Al cierre de esta edición de Trama se emitieron los primeros capítulos de la franja electoral para las primarias presidenciales. En las reacciones inmediatas “populismo” apareció en cientos de menciones en Twitter en Chile. Los partidarios de Felipe Kast publicaron en masa destacando que tenía propuestas concretas y sin populismo. Los piñeristas, por su lado, señalaban que el ex presidente había “desenmascarado” el populismo del resto de los contendientes y, por otro lado, que Beatriz Sánchez sólo contaba con buenas intenciones y, de nuevo, populismo. El mismo apelativo corrió para Mayol y, desde la izquierda, contra Ossandón.

Según la socialdemocracia europea de la Troika, pero también Pablo Iglesias, Donald Trump es populista. En la “cuna de la democracia”, Grecia, tanto Amanecer Dorado –partido político neonazi– como la izquierda de Syriza y la Unidad Popular son identificados de populistas. Fujimori, Menem, la política de puertas abiertas a la migración, incluso el diputado PPD Daniel Farcas y sus proyectos de ley: todos populistas.

Como dice el argentino Ezequiel Adamovsky, hoy “populismo” puede referir a una familia de ideologías, una variedad de movimientos políticos, a un tipo de régimen, estilo de gobierno, a un modelo económico, a una estética o a un tipo particular de apelación política, e incluso una estrategia de legislación penal. Agrega el historiador Joaquín Fernández que también se usa indiscriminadamente como sinónimo de demagogia, del demos y el ágo que un día significaron “conducir al pueblo” pero hoy, lejos de la etimología, involucra ofertones electorales.

Buena parte de la confusión para nombrar como populismo algo que acecha por todos los flancos y es peligro de unos y otros viene del hecho de que fue un término académico, categoría analítica, antes de ser un adjetivo de uso común que se le puede achacar tanto a José Antonio Kast, Podemos o Cristina K según quién habla. Y pese a la omnipresencia de la amenaza populista aún no aparece el movimiento que se autodefina como tal.

En su origen ruso narodnichestvo, “populista” fue masificado por el movimiento socialista internacional anterior a 1900 como una palabra despectiva para referirse a los anti-intelectualistas rusos, quienes creían que los socialistas debían extraer el grueso de sus planteamientos del saber y sentir popular. La fundación en 1891 del “People’s Party”, el partido del pueblo, en Estados Unidos, creó el vocablo en su expresión anglosajona. Pese a eso, no fue de uso común en el comentario y análisis político hasta aproximadamente 1950.

Dos décadas después, populismo ya podía usarse en forma disímil para referirse a un movimiento social o político concreto, un estilo de liderazgo personal, un gobierno o régimen político o un discurso resentido contra la élite establecida. En todos los casos tiene connotación negativa. Recién en los años 80, entonces, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe plantearon en Hegemonía y Estrategia Socialista una posible teoría y comprensión del populismo para las izquierdas, especialmente las latinoamericanas.

Apareció, entonces, una reivindicación positiva del populismo, aún circunscrita a los círculos académicos asociados al estudio de esos autores, la historiografía que analiza nuevamente fenómenos antiguos y los teóricos de algunas coaliciones calificados como populistas. Aún no aparece, sin embargo, una colectividad política que diga sin más “sí, somos populistas”, porque sigue teniendo una connotación negativa.

La excepción podría estar en la llamada “alt-right” o nueva derecha. Así vemos, por ejemplo, cómo en el debate radial de las primarias de Chile Vamos Manuel José Ossandón recogió el guante de quienes lo acusan de populismo, diciéndole a Felipe Kast y Sebastián Piñera que “el populista de derecha le dice a la derecha que abra los ojos”.

 

Un mito republicano

 

El 17 de julio de 1951 Salvador Allende se retiró indignado de la sesión del Comité Central del Partido Socialista Popular. Allende perdió la definición presidencial por seis votos contra cuatro: el PSP apoyaría a Carlos Ibáñez del Campo, decisión impulsada por históricos dirigentes como Clodomiro Almeyda o Aniceto Rodríguez. Allende les señaló antes del portazo que “la historia le daría la razón”.

Para Allende, Carlos Ibáñez del Campo era un “líder popular de última hora”, alguien poco confiable ya que “como único capital exhibe un desprecio total por los programas”. Calificó de absurda la decisión del PSP, criticando que “los sectores que a Ibáñez son revoltosos y heterogéneos. Es imposible conciliar los intereses del latifundista agrario con los del campesino socialista”.

Nunca le dijo populista, eso sí. La palabra no se usaba mucho. Décadas después hay consenso entre los historiadores para apuntar a Ibáñez del Campo como tal. Mayoritariamente, en la ciencia política dicen que el caldo de cultivo del populismo tiene como ingredientes principales a partidos políticos débiles y carentes de fundamentos doctrinarios. Entonces, según esa noción, como Chile tendría una extensísima tradición republicana y de sistema de partidos el populismo no habría sido mayormente importante.

La evidencia histórica contradice el sentido común y muestra que algunos elementos que se consideran como “inéditos” del escenario actual, como la apatía ante los referentes institucionalizados de representación ciudadana o la crítica moral al establishment político –esa que hoy cierta élite liberal insiste en llamar “buenismo” por redes sociales– estaban presentes y marcaron esos años.

“Conocer al ibañismo puede ayudarnos a comprender mejor algunos aspectos de nuestra cultura política que en la actualidad son tomados por novedosos, pero que tienen una raíz profunda”, señala el historiador Joaquín Fernández Abara en uno de sus libros. Según el académico, especializado en ese periodo, el populismo penetró profundamente en la historia reciente chilena a principios de siglo, especialmente en la izquierda y el caso paradigmático es el de Ibáñez del Campo.

Es evidente que hay ciertas similitudes, como la apatía y la crítica a lo que hoy se ha llamado duopolio. Al igual que en los años de ascenso de Ibáñez del Campo, hoy los partidos políticos no tienen fundamentos doctrinarios fuertes: en el caso de que existan han sido sobrepasados por la dinámica política y las lógicas transicionales hace rato. Pero pese a que hay consenso académico para calificar a Ibáñez del Campo de populista, no ocurre lo mismo para definir qué es el populismo hoy.

“Como categoría o adjetivo que busca caracterizar un proyecto o estrategia política, en forma esencialmente peyorativa, populismo no sirve de mucho o de nada”, advierte la académica María Eugenia Domínguez, explicando que “es un gran comodín para señalar adversarios sin nombrarlos como tales, usado preferentemente por el neoliberalismo y los sectores reaccionarios para construir cucos”.

Para el historiador Joaquín Fernández asistimos a una expansión extrema del término que ha terminado por devaluarlo. “Esto ha sucedido especialmente desde la década de 1990, con la emergencia de liderazgos de masas y personalistas, pero a la vez de carácter monetarista que fueron tildados como “neopopulistas”.

El problema, continúa Fernández, es que los usos de populismo que lo asocian directamente a caudillismo, demagogia y políticas fiscales expansivas, de crecimiento del aparato público o de un alto gasto social “están cargados de sesgos normativos que dificultan una comprensión de la realidad estudiada y, en segundo lugar, lo transforman en un concepto omnicomprensivo, que de incluir una diversidad tan grande de fenómenos termina por ser poco preciso”.

En su mirada, “es necesario volver a una definición más acotada, que nos permita identificar a determinados tipos de movimientos y regímenes de acuerdo a sus patrones y similitudes en momentos históricas más precisos. Al respecto creo que los elementos clave son la combinación de un carácter democratizante, y antioligárquico, pero a la vez antiliberal y nacionalista”.

Mientras tanto en los recovecos de la academia crítica, aún se discuten los alcances del populismo de Laclau, en especial lo esbozado en el último libro que publicó en vida, La razón populista (FCE, 2005). La crítica coincide, además, con un momento de crisis de los proyectos latinoamericanos que enfrentaron por años la calificación amplia de populistas.

“El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal, sino el populismo. No se trata de una ideología, sino de una epidemia viral”, declaró el Nobel peruano Mario Vargas Llosa al lanzar el 9 de junio pasado su libro El Estallido del Populismo (Planeta, 2017), donde quince autores ligados a la derecha latinoamericana meten al mismo saco a Lula, Michelle Bachelet, Evo Morales, Daniel Ortega y, cómo no, Fidel Castro, que según Yoani Sánchez sería “el producto más acabado del populismo y del nacionalismo cubanos”.

Tironeada y adjudicada por y para unos y otros, entonces, queda por saber si la historiografía logrará rescatar al “populismo” como categoría de la omnicomprensión y la polisemia extrema. También si la ciencia política y los analistas se atreverán a recordar algunas palabras perdidas en el baúl de la historia que se había acabado, como fascismo, cuando habla de populismo de derechas.

En la hoy poco popular academia postmarxista aún no se resuelve el rendimiento actual de la tesis de Laclau, si fue o es útil el abandono de la clase por el pueblo. Mientras tanto la palabra seguirá siendo usada como todo y nada.

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