Movilización populista: un arma de doble filo

9 octubre, 2017

Mientras que la historia de América Latina ha estado marcada por el surgimiento y la caída de diversos populismos con controvertidos legados, es solo en las últimas décadas que fuerzas populistas han comenzado a ganar terreno en Europa. Es por ello que recientemente se ha venido gestando un nutrido debate académico en el mundo europeo respecto a cómo comprender el populismo y estudiar su ambivalente relación con la democracia. Curiosamente este debate ha tenido poca llegada al mundo intelectual latinoamericano, el cual está muy influenciado por la obra de Ernesto Laclau.[2] En este breve ensayo me interesa plantear que es preciso establecer un diálogo entre la postura teórica de Laclau y los estudios de naturaleza comparada que se han venido desarrollando en Europa en el último tiempo, ya que este diálogo nos permite comprender de mejor forma las oportunidades y los riesgos que se abren al momento de movilizar al electorado mediante el populismo. De hecho, interesa dejar planteado que el populismo trae consigo muchos más perjuicios que beneficios para la democracia y, por lo tanto, movilizar en base al populismo constituye un arma de doble filo.

¿Qué es el populismo?

La teoría sobre el populismo de Ernesto Laclau rompe con viejos esquemas. Para comprender su novedad es preciso recordar que el pensamiento latinoamericano sobre el populismo se ha visto marcado por dos grandes obras. Por un lado, Gino Germani[3] planteó en su momento que el populismo emergió en varios países de la región debido a la rápida migración del campo a la ciudad, la cual terminó por generar grupos sociales en una situación de orfandad política que fueron fácilmente movilizados por líderes carismáticos, quienes generaron procesos de inclusión pero a expensas del respeto de los procedimientos democráticos. Por otro lado, Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto[4] argumentaron décadas atrás que la irrupción del populismo latinoamericano obedecía a la formación de un régimen político que descansó en una alianza multi-clasista, la cual no buscó erradicar al capitalismo sino que más bien generar nuevas políticas de redistribución sustentadas por un Estado desarrollista. La novedad de Laclau radica en que elabora una teoría del populismo que pone escaso énfasis en dimensiones estructurales (por ejemplo, la migración campo-ciudad en el caso de Germani o la formación de alianzas multi-clasistas en el caso de Cardoso y Faletto), sino que más bien resalta la capacidad de los actores para construir un relato que facilita la movilización de grandes segmentos de la población cuyas ideas e intereses tienen escaso peso en el espacio político.

En base a una lectura crítica de la teoría marxista y una reinterpretación de Gramsci, Laclau postula que el populismo debe ser entendido antes que nada como una práctica discursiva que defiende una lucha en contra del bloque de poder establecido y simultáneamente propone la construcción de un sujeto colectivo emancipador. Visto así, el populismo es definido como un discurso político que busca articular variadas demandas particulares en torno a un mismo paraguas, el cual descansa en la identificación de “una elite” que actúa maliciosamente en contra de los intereses del “pueblo”. Esta teoría plantea entonces que la práctica discursiva populista se caracteriza por seguir una lógica determinada: primero se establecen vínculos entre distintas demandas ciudadanas, luego se construye una identidad común gracias a la caracterización de un enemigo en común (“el establishment”) y finalmente se produce una emocionalidad positiva hacia un nuevo liderazgo que encarna los intereses del “pueblo”.[5]

Si bien la perspectiva de Laclau es novedosa para comprender el populismo, es problemática al momento de comprender la relación entre populismo y democracia. A juicio de Laclau, sin populismo no hay democracia, puesto que el populismo es lo que permite construir un sujeto colectivo que busca la emancipación. Por lo tanto, otras formas de movilización y organización política no hacen más que perpetuar el statu quo. ¿Acaso no existen entonces prácticas discursivas no populistas que efectivamente ayuden a combatir las desigualdades y promover así una democratización de la democracia? Por cierto que sí, pero la teoría de Laclau ofrece pocas herramientas para comprender estas otras alternativas.

Para entender de mejor manera parte de los problemas de la teoría elaborada por Laclau es preciso considerar la literatura contemporánea sobre el populismo en Europa, la cual no toma a priori partido a favor o en contra del populismo y, por lo tanto, busca estudiar cuáles son los impactos –tanto positivos como negativos– de las fuerzas populistas sobre la democracia. Cas Mudde, uno de los académicos que más aportes ha realizado al debate, propone una definición de populismo similar a la de Laclau, esto es, en base a su dimensión discursiva. No obstante, a diferencia de Laclau, se enfoca en elaborar investigaciones empíricas sobre fuerzas populistas. La obra de Mudde argumenta que el populismo debe ser comprendido como una ideología política que se caracteriza por plantear no solo que la sociedad está escindida entre dos grupos antagónicos, “el pueblo íntegro” versus “la elite corrupta”, sino que también es preciso defender la soberanía popular de manera irrestricta.[6] Desde este ángulo, el populismo es una ideología política con un marcado tono moral y maniqueo: existen buenos y malos. Se trata de un discurso que concibe al “pueblo” como una comunidad homogénea que se distingue por su integridad, mientras que presenta a la “elite” como una entidad deshonesta que está solo interesada en su propio provecho y por lo mismo es que plantea que nada ni nadie puede estar por sobre de la soberanía popular.

Al mismo tiempo, es importante destacar que existen dos opuestos conceptuales al populismo: elitismo y pluralismo. El elitismo es la imagen inversa del populismo, ya que postula que “el pueblo” es una masa amorfa y peligrosa que se deja llevar por sentimientos antes que por la razón, mientras que “la elite” es concebida como un reducido número de sujetos, quienes debido a su superioridad intelectual y moral, deben estar a cargo del gobierno. No hay mejor ejemplo de elitismo que el pensamiento tecnocrático. Por su parte, el pluralismo se opone tanto al elitismo como al populismo, ya que no cree en la distinción moral entre “la elite” versus “el pueblo”. Lo propio del pluralismo radica en pensar que la sociedad está compuesta por una gran diversidad de individuos y grupos. Desde este ángulo, la heterogeneidad es un beneficio antes que un perjuicio y la política debe enfocarse en la continua búsqueda de acuerdos para intentar representar las ideas e intereses del conjunto de la sociedad.

¿Qué implicancias tiene la conceptualización de populismo que nos ofrece Cas Mudde y que también es elaborada por otros autores[7]? En primer lugar, esta conceptualización nos enseña que el populismo es un tipo de discurso político entre otros y que su impacto sobre la democracia es una pregunta empírica antes que teórica. En otras palabras, es preciso analizar caso a caso si la irrupción de fuerzas populistas termina teniendo un impacto positivo o negativo sobre el régimen democrático. En segundo lugar, esta conceptualización nos indica que el pluralismo es una práctica discursiva alternativa al populismo, la cual no descansa en categorías morales, sino que más bien plantea que la soberanía popular es un proceso en constante evolución. Por lo tanto, es imposible que una única voz sea capaz de establecer de manera taxativa cuales son los designios del pueblo. En tercer y último lugar, esta conceptualización nos ayuda a reconocer variados tipos de populismo, los cuales se distinguen fundamentalmente por las definiciones que se elaboran respecto a quienes forman parte de “el pueblo íntegro” y “la elite corrupta”. Mientras los populismos de derecha tienden a elaborar una concepción xenófoba respecto a quienes son los miembros del pueblo y critican a la elite tanto por su multiculturalismo como multilateralismo, los populismos de izquierda normalmente descansan en una retórica socialista bajo la cual el pueblo está compuesto por todos quienes son excluidos y la elite es concebida como un conglomerado de actores que controlan el capital financiero y que se alían con ciertos grupos políticos para instaurar un modelo de desarrollo que favorece a unos pocos.[8]

Movilización populista

Hasta ahora hemos visto que el populismo debe ser comprendido como una ideología política que descansa en la distinción moral entre “el pueblo íntegro” versus “la elite corrupta” y que al mismo tiempo defiende de manera irrestricta la soberanía popular. Ahora bien, ¿quiénes son los actores que hacen uso de esta ideología para movilizar a la ciudadanía? A grandes rasgos, es posible identificar tres tipos de actores que recurren al discurso populista: líderes personalistas, movimientos sociales y partidos políticos.[9] Revisemos a continuación las particularidades de cada uno de estos actores.

A veces sucede que líderes personalistas recurren a la ideología populista para proyectarse como los únicos representantes legítimos del pueblo. Este tipo de líderes intentan desarrollar un vínculo directo con la ciudadanía y, por lo tanto, normalmente prescinden de toda organización intermediaria. Se trata de un patrón de liderazgo que es recurrente en América Latina. Basta pensar en los casos de Juan Domingo Perón en Argentina y de Alberto Fujimori en el Perú, dos ejemplos que se caracterizaron por mostrar escaso respeto por los procedimientos democráticos (mientras Perón tuvo escasa tolerancia a la oposición, Fujimori llegó a cerrar el parlamento). De hecho, los liderazgos populistas de carácter personalista por lo general tienden a concentrar gran cantidad de poder, lo cual tiene efectos bastante perversos sobre la democracia. Dado que el líder populista acumula todas las atribuciones, terminan por desaparecer las instituciones que pueden ejercer funciones de control frente a las arbitrariedades del líder. El caso de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela es un claro ejemplo de cómo figuras populistas personalistas pueden terminar eliminando los espacios democráticos y llevar a la consolidación de un régimen competitivo-autoritario.[10]

Bajo ciertas circunstancias, es posible que emerjan movimientos sociales que hacen uso del discurso populista. Este patrón de movilización es un tanto inusual, ya que los movimientos sociales por lo general buscan movilizar a un segmento determinado de la ciudadanía (por ejemplo, estudiantes, trabajadores o mujeres). Lo propio de un movimiento social de corte populista es que se basa en un relato que distingue en “el pueblo íntegro” y “la elite corrupta” para congregar a todos aquellos ciudadanos que están fastidiados con la situación política en curso.[11] Normalmente se trata de movimientos sociales que son más bien pasajeros, pero que pueden tener un impacto importante en la agenda política de un país e incluso pueden ayudar a dar vida a nuevos liderazgos políticos. Por ejemplo, producto de la crisis financiera de los años 2008 y 2009, Estados Unidos experimentó la emergencia de dos movimientos sociales populistas: por un lado, el Tea Party con una agenda de derecha radical que posteriormente fue recogida en parte por Donald Trump y, por otro lado, Occupy Wall Street con un programa de izquierda radical que más tarde tuvo una importante influencia sobre la candidatura de Bernie Sanders.

Por último, también es posible que partidos políticos recurran a la ideología populista para representar las ideas e intereses de determinados segmentos del electorado. Para ganarse un espacio en la arena electoral, los partidos populistas buscan politizar determinados temas que, deliberadamente o no, han sido omitidos por los partidos establecidos. Se trata de organizaciones políticas que muchas veces generan una sólida institucionalidad y que usualmente logran construir un bastión electoral a nivel local o regional, desde donde luego intentan expandir su influencia a lo largo y ancho del territorio nacional. Es justamente en Europa donde hoy en día existen una gran cantidad de partidos políticos populistas y la gran mayoría de ellos elaboran una agenda de derecha radical.[12] Dichos partidos no solo argumentan que es necesario disminuir el número de extranjeros y que quienes se instalan deben asimilarse a la cultura nacional, sino que también plantean que las elites establecidas en el poder son aliados de la población extranjera que llega a Europa. El argumento usual consiste en señalar que el empresariado se beneficia de la inmigración, ya que así se pueden mantener los salarios bajos. Por su parte, las elites políticas supuestamente buscan ganar nuevos votantes mediante la incorporación de inmigrantes que al verse beneficiados por el Estado de Bienestar terminarán apoyando a los partidos establecidos.

Jugando con fuego

Los sistemas democráticos a lo largo del mundo están enfrentando una serie de desafíos. Sin duda alguna, parte importante de los problemas actuales radica en la capacidad del capital financiero para reducir el margen de maniobra de los actores políticos, a tal punto que muchas veces existen pocas diferencias entre los partidos de centro-derecha y de centro-izquierda. En otras palabras, la excesiva convergencia ideológica entre los partidos establecidos y su colonización por parte de la economía han llevado a que la democracia se vea asfixiada, sobre todo cuando se trata de combatir la desigualdad y establecer límites al poder al capital.[13] Frente a esta situación, cabe preguntarse si acaso el populismo es una respuesta adecuada para combatir los desafíos que las democracias experimentan el día de hoy. En efecto, Chantal Mouffe,[14] quien ha colaborado extensamente con Laclau, ha planteado que bajo ciertas circunstancias el populismo es una estrategia valiosa para combatir la oligarquización de la democracia y luchar por la justicia social. A juicio de ella, no tenemos entonces que demonizar al populismo, sino que pensar más bien cómo puede ser utilizado de una manera provechosa.

En cierto sentido, Chantal Mouffe tiene razón, en cuanto su propuesta nos ayuda a entender que el populismo es parte de la democracia. Se trata de una reacción en contra de quienes ejercen puestos de poder debido a su incapacidad para comprender y procesar las preocupaciones de la ciudadanía. Mientras menos representados se sienten los votantes, mayor es la posibilidad de que aumente la demanda por populismo. A su vez, el surgimiento de fuerzas populistas no siempre trae consigo un colapso del régimen democrático, puesto que suele desencadenar lo que ha sido denominado como un “proceso de destrucción creativa”. La irrupción de actores populistas obliga a reaccionar a los partidos políticos establecidos y a las instituciones democráticas, de modo que de forma gradual se va produciendo un reacomodo del espacio político. Ciertas fuerzas desaparecen, nuevas emergen y algunas se redefinen.

Es erróneo pensar entonces que el populismo inevitablemente tiene consecuencias negativas. Análisis empíricos comparados dan cuenta que el populismo también puede generar efectos positivos sobre el sistema democrático.[15] Por un lado, dado que el populismo moviliza el descontento de sectores sociales que se sienten abandonados, se trata de un discurso que promueve la integración política de dichos sectores. De hecho, en varios países del mundo ha subido la participación electoral gracias a la irrupción de fuerzas populistas. Por otro lado, mediante la politización de temas que, deliberadamente o no han sido obviados, por los partidos políticos establecidos, estos últimos se ven forzados a repensar sus agendas programáticas y ofrecer nuevas propuestas para intentar canalizar los pareceres de una parte importante de la ciudadanía. Así, por ejemplo, nadie dudaría que la irrupción de fuerzas populistas como Podemos en España o el Partido de la Independencia en el Reino Unido (UKIP) han generado un amplio debate respecto a cuáles son las prioridades que debe tener el gobierno.

Ahora bien, Chantal Mouffe y los seguidores del pensamiento de Laclau se equivocan cuando plantean que la llegada al poder del populismo necesariamente es beneficiosa para la democracia. El problema de fondo es que detrás de la mirada romántica del populismo subyace una concepción que ve en la elite la fuente de todos los males y en el pueblo una comunidad imaginada que posee puras bondades. Al tratarse de un discurso moral y maniqueo, no solo dificulta la posibilidad de lograr acuerdos sino que también le otorga legitimidad únicamente a quienes son catalogados como los supuestos representantes del pueblo[16]. Es por ello que se termina por instaurar una lógica de desconfianza hacia los actores establecidos y esto afecta fuertemente el modelo de democracia liberal que busca salvaguardar al pluralismo. Cabe indicar que la democracia que hoy en día conocemos es “liberal” en el sentido que descansa no solo en la realización periódica de elecciones libres y limpias, sino que también en la existencia de instituciones autónomas que no son elegidas ni controladas directamente por la ciudadanía (basta pensar en bancos centrales, tribunales constitucionales y un sinfín de organismos internacionales).

A su vez, el pueblo que imaginan los populistas no está compuesto por distintos individuos y grupos con pareceres disímiles, sino que se trata de una colectividad con una voluntad clara que es intocable e innegociable. No es casualidad entonces que la emergencia del populismo dificulta el logro de consensos y fomenta la polarización, puesto que ceder es tratado como sinónimo de rendición y los adversarios son vistos como enemigos perversos. De hecho, cuando las fuerzas populistas llegan al poder, es bastante usual que pongan particular hincapié en la necesidad de implementar reformas constitucionales para eliminar o intervenir aquellas instituciones autónomas que no son elegidas ni controladas directamente por la ciudadanía. Sin duda alguna que esto tiene efectos perversos sobre el sistema democrático, ya que puede llevar a la eliminación de toda fuente de disenso y a una severa restricción de los derechos de las minorías. Ejemplos contemporáneos al respecto podemos encontrar tanto en las reformas constitucionales llevadas a cabo por populistas de izquierda (Rafael Correa en el Ecuador[17]) o por populistas de derecha (Viktor Orbán en Hungría[18]).

A modo de cierre, volvamos entonces a la pregunta central del debate actual: ¿es el populismo una respuesta adecuada para combatir los desafíos que las democracias experimentan el día de hoy? Me inclino a decir que no. Activar los sentimientos populistas que existen a nivel de la ciudadanía es un arma de doble filo. Si bien es cierto que a través del populismo se logra movilizar a sectores sociales que se sienten excluidos, el costo que esto trae consigo es el establecimiento de un lenguaje moral que seriamente dificulta la posibilidad de realizar un proceso de deliberación democrático. Mientras los actores populistas se encuentran en la oposición, tienden a primar los efectos positivos, ya que las fuerzas políticas establecidas se ven forzadas a repensar sus agendas programáticas y volverse más receptivos a las demandas de la ciudadanía. Pero cuando los actores populistas obtienen el poder, comienzan a primar los efectos negativos, ya que rápidamente la oposición es vista como una entidad inmoral que debe ser perseguida e incluso reprimida. Cuando esto sucede, el régimen democrático fácilmente se puede agrietar, dando paso a la arbitrariedad propia de un autoritarismo en nombre del “pueblo”. En otras palabras, los populismos –tanto de derecha como de izquierda– suelen plantear preguntas correctas, pero usualmente ofrecen respuestas que son controvertidas y problemáticas. Dado que la instalación del discurso populista en el espacio público conlleva una polarización política de naturaleza moral, el dialogo democrático se vuelve particularmente difícil y a veces prácticamente imposible.

 

 

[1] Parte de las ideas acá desarrolladas se basan en un artículo previo del autor titulado “Populismo en Europa: ¿destrucción o refundación de la democracia?”, publicado en Vanguardia Dossier, número 64, abril/junio 2017.

[2] Ernesto Laclau (2007): On Populist Reason. Londres: Verso.

[3] Gino Germani (1962): Política y sociedad en una época de transición: de la sociedad tradicional a la sociedad de masas. Buenos Aires: Paidos.

[4] Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto (1967): Dependencia y desarrollo en América Latina. México D.F: Siglo XXI.

[5] Ernesto Laclau (2005): “Populism: What’s in a Name?”, en Populism and the Mirror of Democracy, editado por Francisco Panizza. Londres: Verso, pp. 32-49.

[6] Para una descripción más detallada de esta definición, ver Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (2013): “Populism”, en The Oxford Handbook of Political Ideologies, editado por Michael Freeden, Marc Stears y Lyman Tower Sergeant. Oxford: Oxford University Press, pp. 493-512.

[7] Ver, por ejemplo, Kirk Hawkins (2010): Venezuela’s Chavismo and Populism in Comparative Perspective. Cambridge: Cambridge University Press.

[8] Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (2013): “Exclusionary vs. Inclusionary Populism: Comparing Contemporary Europe and Latin America”, Government & Opposition, 48(2): 147-74.

[9] Al respecto ver Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (2017): Populism. A Very Short Introduction. Nueva York: Oxford University Press, capítulo 3.

[10] Kirk Hawkins (2016): “Responding to Radical Populism: Chavismo in Venezuela”, Democratization, 23(2): 242-262.

[11] Paris Aslanidis (2016): “Populist Social Movements of the Great Recession,” Mobilization: An International Quarterly, 21(3): 301-321.

[12] Cas Mudde (2007): Populist Radical Right Parties in Europe. Cambridge: Cambridge University Press.

[13] Wolfgang Streeck (2014): Buying Time. The Delayed Crisis of Democratic Capitalism. Londres: Verso.

[14] Chantal Mouffe (2016): “El momento populista”, publicado en Democracia Abierta (21 de noviembre).

[15] Ver, por ejemplo, Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (editores) (2012): Populism in Europe and the Americas: Threat or Corrective for Democracy? Cambridge: Cambridge University Press.

[16] Cristóbal Rovira Kaltwasser (2014): “The Responses of Populism to Dahl’s Democratic Dilemmas,” Political Studies, 62(3): 470-487.

[17] Carlos de la Torre y Andrés Ortíz Lemos (2016): “Populist Polarization and the Slow Death of Democracy in Ecuador,” Democratization, 23(2): 212-241.

[18] Agnes Batory (2016): “Populists in Government? Hungary’s ‘System of National Cooperation’,” Democratization, 23(2): 283-303.

Síguenos