Editorial

9 octubre, 2017

“Entretanto ya es la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de ternura real. Y en cuanto llegue la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades”. A. Rimbaud

En la actualidad, adoptar el populismo parece ser la táctica más eficiente para alcanzar el poder institucional. Independiente de la política que encarnan, diferentes proyectos han aprovechado su ventaja: Chávez, Evo, Berlusconi, Macri, Trump, Kirchner y Le Pen. Esto muestra que puede ser utilizada tanto por quienes intentan mantener el statu quo, como por quienes intentan llevar a cabo proyectos transformadores.

La versatilidad del populismo se explica, en parte, porque una de las condiciones que lo hacen posible es el rechazo de la ciudadanía hacia el sistema político en general; y, consecuentemente, hacia cualquier contenido político específico. En este contexto, el éxito del mecanismo debería alertarnos sobre un asunto central: no solo se puede ganar el poder institucional sino que, además, difícilmente dejará espacio para otro liderazgo populista.

Pero junto a la necesidad de posicionarse primero, debemos atender una segunda constatación: así como la urgencia del populismo puede ser una herramienta útil para alcanzar el poder, también puede volverse un enemigo de los proyectos de transformación: El movimiento populista tiende peligrosamente, en caso de éxito, a convertirse en un gobierno incapaz de salir del statu quo e, incluso, de convertirse en una dictadura “educativa” (es decir, que educa al Pueblo para ser democrático).

Lo anterior se explica porque el populismo y la dictadura educativa comparten el mismo supuesto: el pueblo aún no adquiere autoconciencia para actuar, siendo necesario conformarse con el poder institucional para preparar la promesa revolucionaria. Por una parte, el populismo apuesta al avance institucional, gracias al poder conseguido por la movilización que provoca un carisma popular. Y la dictadura educativa apuesta al avance por medio de medidas excepcionales que eduquen al Pueblo, excluyendo todo aquello considerado “contrarrevolucionario” y “antidemocrático”.

El riesgo populista de convertirse en dictadura educativa surge cuando intenta realizar las transformaciones de su programa. Al no haber desarrollado previamente una fuerza política autoconsciente, con capacidad de actuar para que impulse las reformas, estas carecen de fuerza. Las transformaciones, en este caso, no son apropiadas por el Pueblo: no las sienten suyas al faltar identidad entre la fuerza que apoya un carisma y el sentido común hegemónico. De esta manera, si el gobierno populista quiere superar la mera administración del statu quo, deberá recurrir a las medidas excepcionales que permite la posesión legal del poder. Es entonces cuando el supuesto de un pueblo incapaz de actuar se convierte en profecía autocumplida y el populismo se convierte en dictadura.

Para minimizar los riesgos del populismo, una opción es usarlo solamente hasta conseguir el poder institucional; asumiendo las consecuencias de traicionar las expectativas del movimiento. Otra opción es evitar que ese liderazgo se base en el carisma de un mero individuo; y que, en su lugar, se funde en el carisma de una organización que prefigure las transformaciones.

Si bien los desafíos inmediatos del Pueblo pueden ser atendidos gracias a la flexibilidad del instrumento populista, las fuerzas transformadoras debemos mantener el rumbo sin ceder a la ansiedad de lo urgente. Armarse hoy de una ardiente paciencia no es postergar nuestra disputa revolucionaria, sino enfrentarla anticipando la vida que queremos realizar.

 

 

 

 

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