Populismo y proyecto alternativo al neoliberalismo

8 octubre, 2017

Categorías: artículos, Artículos

El populismo de Laclau y Mouffe

Lo primero que viene a la mente a la hora de embarcarse a discutir sobre populismo es lo complejo que esto resulta. Parece curioso comenzar un artículo de discusión teórico política haciendo esta constatación, ya que lo habitual sería empezar dando una primera definición o explicación del tópico a tratar. Es justamente esto último lo que nos conduce a describir esta labor como dificultosa: el populismo, siguiendo las palabras de Ernesto Laclau, es uno de los conceptos que han sido más ampliamente usados en el análisis político contemporáneo, pero al mismo tiempo es uno de los que han sido definidos con menor precisión. “Populismo” es un concepto elusivo y recurrente a la vez; suele ser descrito como un concepto cargado de vaguedad. No obstante, hay que tener presente que la vaguedad no es respecto a la importancia de su función atributiva, sino que respecto del contenido de tal atribución. Esto último se manifiesta en la enorme variedad de movimientos políticos que son subsumidos bajo esta etiqueta. En este artículo, sin embargo, entraremos de lleno a discutir lo que consideramos más relevante para la izquierda hoy. Nos referimos a los planteamientos del mismo Laclau y de Chantal Mouffe sobre populismo y su defensa de la necesidad de un “populismo de izquierda”.

Laclau, frente a los intentos fallidos por determinar la voz populismo, busca un enfoque alternativo. Ya no define populismo de acuerdo a ningún contenido particular o a una determinada base social o actor político. El populismo, para Laclau, es una lógica de acción política, dando de esta manera una definición formal. Como el populismo no se liga a ningún contenido particular ni a ningún actor determinado, existen múltiples variaciones populistas, ligadas a distintas posiciones ideológicas.

Mouffe es una firme defensora de un “populismo de izquierda”: integrador y que busque la revitalización de las instituciones democráticas. Este populismo sería, según ella, la única posibilidad de frenar el avance de los “populismos de derecha” en Europa. La preocupación, para Mouffe, es quién inventa el pueblo y cuál es el adversario de dicho pueblo: sean “las oligarquías”, –en su variante de izquierda–, sean los inmigrantes o alguna minoría de “los de abajo”, –en su variante de derecha–. La distinción entre ambos populismos no siempre es clara, pero las circunstancias nacionales parecieran determinar la posibilidad de auge de una u otra alternativa (al auge de los populismos de derecha en el norte de Europa habría que oponer el auge de los populismos de izquierda en el sur del viejo continente).

¿Cuándo podemos hablar de populismo? A grandes rasgos, para Laclau, “la ruptura populista ocurre cuando tiene lugar una dicotomización del espacio social por la cual los actores se ven a sí mismos como partícipes de uno u otro de dos campos enfrentados. Implica la equivalencia entre las demandas insatisfechas, la cristalización de todas ellas en torno de ciertos símbolos comunes y la emergencia de un líder”.

[1] De esto se desprenden tres ideas: el antagonismo como constitutivo de lo político; la relevancia de la articulación política en un escenario marcado por la heterogeneidad social y la figura del líder como cemento que forma el pueblo.

Las dos primeras ideas son, quizás, el mayor aporte del populismo. En una época como la nuestra, marcada por el consenso neoliberal y la reducción de la política a la administración del mismo, relevar el antagonismo y la disputa de proyectos es central. Por su parte, en medio de una heterogeneidad creciente, de la complejización de la estructura social, y de la dureza de la derrota del siglo xx, para la izquierda la tentación de abordar sólo luchas parciales es extremadamente fuerte. En ese escenario, la reposición de una cierta idea de totalización en la cual se puedan inscribir estas luchas es imprescindible. Este objetivo debiera ser compartido por cualquier fuerza de orientación socialista. Sin embargo, la forma de construcción del pueblo encarna una serie de dificultades que vale la pena discutir antes de sumarse demasiado apresurada y entusiastamente a la defensa e implementación de una estrategia populista o, más bien, de la táctica populista.

La compleja construcción del sujeto popular

Para Laclau y Mouffe, el sujeto revolucionario deja de ser un sujeto con carácter necesariamente de clase. Por el contrario, sostienen que la teoría marxista fracasa pues la estructura social se va complejizando, predominando una alta heterogeneidad social. El sujeto político de la izquierda, entonces, no estaría dado por una posición objetiva en la relación de explotación capitalista, sino que se construye en el discurso, a través de la articulación política.[2] En ese escenario, abogan para que la pluralidad de demandas, que surgen de los múltiples antagonismos de lo social, sean articulados en una cadena equivalencial que, a su vez, derive en la construcción de un pueblo. En esa relación equivalencial “las demandas no comparten nada positivo”[3] a priori, sino que “lo que les otorga un vínculo equivalencial inicial y débil es tan solo el hecho de que todas reflejan un fracaso parcial del sistema institucional”[4] por satisfacerlas o integrarlas.

En esta pluralidad comienzan los problemas de la apuesta populista. Laclau señala que la vaguedad en el populismo, derivada de la vacuidad de los significantes que articulan la cadena equivalencial, “no es resultado de ningún subdesarrollo ideológico o político, simplemente expresa el hecho de que toda unificación populista tiene lugar en un terreno social radicalmente heterogéneo”.[5] Sólo un significante lo suficientemente vacío puede servir para ser llenado de múltiples significados, en este caso de demandas insatisfechas. Ese significante, en tanto nombre que constituye la identidad, “va a ejercer una atracción irresistible sobre cualquier demanda vivida como insatisfecha y, como tal, como excesiva y heterogénea con respecto al marco simbólico existente(…) es finalmente incapaz de determinar qué tipo de demandas entran en la cadena equivalencial”.[6] Esto tiene como consecuencia, según señala Laclau, “una ambigüedad ideológica necesaria”.[7]

Esta incapacidad de controlar qué es lo que queda dentro y lo que queda fuera de la cadena equivalencial muestra por qué el populismo de derecha y de izquierda no se alejan tanto, independientemente de las intenciones de quienes empujan inicialmente la constitución del sujeto popular. Renunciar a definiciones ideológicas conlleva el riesgo de que el pueblo inventado (en el sentido de ser previamente inexistente) derive en algo completamente distinto a lo esperado. A la posible deriva derechista se suman, a nuestro juicio, dos posibilidades más. En primer lugar la posibilidad de colapso de la cadena equivalencial, de la forma en que describe el mismo Laclau en La Razón Populista el efímero regreso de Perón al poder. En este caso, el retorno de Perón estaba sostenida por “peronistas de izquierda y derecha”, pero ya en el gobierno las demandas de unos y otros develaron su heterogeneidad irreconciliable, provocando el rápido colapso del nuevo gobierno. La segunda posibilidad es que el horizonte buscado por el pueblo sea demasiado acotado. En la medida de que la articulación no se hace en torno a un proyecto positivo de superación del régimen, ni sobre una base social determinada, sino que es una apelación a un sujeto previamente inexistente y aún amorfo, la posibilidad de que la construcción populista se transforme sólo en la vehiculización del acceso al poder de una nueva élite está a la orden del día. Esto debido a que no hay un bloque de poder alternativo con capacidad de constituir un nuevo bloque histórico.

En ese mismo sentido, otro problema que enfrenta el populismo es el tránsito del momento destituyente a un momento constituyente, es decir, de la impugnación del sistema a la postulación y construcción de uno alternativo. Al ser la cadena equivalencial una en la cual las demandas tienen en común su insatisfacción, mas no una coherencia de contenidos, el tránsito hacia la institucionalización de procesos cuando se accede al gobierno requerirá, necesariamente, optar entre distintas alternativas. Como bien apunta Iñigo Errejón, “el ejercicio del poder obliga a optar. Y cuando optas se fragmentan las coaliciones muy amplias, que se fraguaron en un sentido destituyente. Era más fácil fraguar coaliciones muy amplias contra los gobiernos neoliberales del empobrecimiento, pero cuando uno tiene que gobernar las coaliciones se fragmentan. Ahora hay que asignar recursos públicos y establecer prioridades y eso siempre divide”.[8] Esas opciones no están completamente abiertas, sino que se delimitan por la identidad popular constituida previamente y de acuerdo a los sectores se han vuelto hegemónicos al interior del bloque popular. Aquí volvemos nuevamente sobre la posibilidad del horizonte acotado de la construcción populista. Adicionalmente, cabe señalar que las dificultades que han tenido algunos de los gobiernos latinoamericanos para cambiar su matriz productiva se deben, en alguna medida, a esto, ya que al no existir un proyecto global que articule y oriente estratégicamente el proceso, no ha habido capacidad (y en algunos casos claridad) para resistir las presiones de distintos sectores por redistribuir la renta lo más rápido posible, lo que ha conllevado la disminución de los recursos que permitan construir un modelo de desarrollo alternativo que haga esa redistribución sustentable en el tiempo e irreversible (al menos relativamente).

Un tercer problema del populismo es la centralidad del líder como aquel que constituye al pueblo. La preponderancia que tienen los liderazgos carismáticos en los procesos de la década ganada en Latinoamérica es imposible de negar. Sin embargo, esto abre una tensión entre la democratización que produce la irrupción plebeya cristalizada en la figura del líder y la dificultad del pueblo de constituirse en un sujeto que aproveche esas nuevas opciones democráticas. Señala Errejón, a propósito de estos procesos, que “una vez que se produce este acceso al poder, llevan a cabo un movimiento de expansión de la soberanía popular (…) aumenta el conjunto de cosas que pueden ser decididas por los muchos”.[9] Pero, si la organización de los “muchos” no está efectivamente constituida, ¿puede ser realmente efectiva aquella profundización democrática? Algunos de los “gobiernos populistas” latinoamericanos[10] han emergido ahí donde la sociedad civil era más débil. A mayor debilidad de la misma, mayor importancia de la figura del líder populista. Para poder construir bases de apoyo una vez alcanzado el gobierno por la vía electoral, han construido organización de sectores populares desde arriba, pero esta organización es por tanto, en mayor o menor medida, dependiente del aparataje estatal y de la permanencia de las fuerzas populares dentro del Estado. Se configura, de esta forma, una organización popular clientelista y subordinada, con escasos niveles de autonomía e incapaz de resistir por sí sola los embates de las fuerzas que empujan la restauración neoliberal. Por ello, la irreversibilidad de los procesos parece difícil de asegurar en esas condiciones. Al ser desplazados los gobiernos populistas del Gobierno, los esfuerzos por desmantelar todo avance alcanzado por parte de los restauradores no tienen una oposición con capacidad de frenar dicha agenda, como lo muestra el caso argentino luego de la derrota del kirchnerismo y el triunfo de Macri.

Pero quizás el problema más importante del populismo es su carencia de un sujeto revolucionario. Como ya sabemos, los defensores del populismo descartan la centralidad de la contradicción capital-trabajo. Empujan, por el contrario, la articulación de una serie de puntos de ruptura. Ahora, ¿cuáles de esos puntos deben priorizarse?, ¿qué tipo de demandas son aquellas en torno a las cuales debe construirse el pueblo para tener un horizonte de superación del capitalismo? Estas preguntas quedan sin respuesta y acentúan el riesgo de extravío ideológico que significa la adopción de la táctica populista.

El “momento populista” en Chile: alcances de la crisis y directrices para el nuevo ciclo político

Laclau y Mouffe se basan en varios de los conceptos gramscianos. En ese sentido, describen como una crisis orgánica aquella en la que se da un “debilitamiento generalizado del sistema relacional que define las identidades de un cierto espacio social o político y que, en consecuencia, conduce a la proliferación de elementos flotantes”,[11] lo que aumenta la intensidad de la lucha hegemónica y la disputa por el sentido de esos significantes flotantes. La crisis significa, entonces, una apertura a la posibilidad de una salida populista y, en la medida de que sea exitosa esa apuesta, un “momento populista”. Para nadie es un misterio que Chile vive una aguda crisis de representación, por lo cual adentrarse en el carácter de esta crisis resulta imprescindible para definir nuestra iniciativa política.

¿Qué tipo de crisis tenemos en Chile? Paulatinamente desde el término del régimen dictatorial, la desafección hacia el sistema político se ha ido acrecentado. La apuesta concertacionista por la gobernabilidad y la consecuente desmovilización de los sectores que habían empujado el término de la dictadura ha ido generando una profunda desconexión entre lo político y lo social. La democracia pactada fue concebida de tal manera que sólo los intereses del empresariado tuvieran prioridad para ser atendidos por el orden estatal, dejando a amplios sectores excluidos. La renovación socialista junto con la marginalización de actores como el Partido Comunista, dejó huérfanos de representación a los sectores populares. La abstención electoral alcanza ya máximos históricos. Junto con ello, la actividad política se desprestigia cada día más por el destape de múltiples casos de corrupción o de develamiento del estrecho vínculo entre el mundo empresarial y político.

Por su parte, la hegemonía neoliberal durante el último tiempo se ha ido paulatinamente resquebrajando. Las masivas movilizaciones desde el 2006 a la fecha son expresivas de un lento movimiento subterráneo que socava las bases en las cuales se sustenta el modelo posdictatorial y dificultan la posibilidad de producir legitimidad del neoliberalismo. Sin embargo, los golpes aún se resisten e, incluso más, las mismas demandas de los nuevos movimientos sociales pueden ser procesadas bajo lógicas neoliberales con un resultado no completamente insatisfactorio para quienes pretenden cerrar el conflicto (la gratuidad vía voucher es el ejemplo más claro de cómo una propuesta de este tipo puede desorientar y desmovilizar al movimiento estudiantil y, en alguna medida, redefinir los términos en los cuales se discute la reforma a la educación superior). El sentido común neoliberal –aquel que preconiza la solución privada o individual de problemas públicos o que desconfía profundamente de la política como actividad que, a través de la organización colectiva, logre cambiar las condiciones de vida– no ha sido desplazado completamente y los sujetos siguen pensando y pensándose a sí mismos bajo sus términos.

De este pequeño análisis, podemos extraer algunas conclusiones sobre los márgenes en los cuales debe situarse una estrategia de salida al neoliberalismo para el caso chileno. Consideramos que es efectiva la existencia de un posible “momento populista” en Chile en el sentido de que hay un desacople entre los representados y sus formas de representación institucional tradicionales. De eso, sin embargo, no se deriva necesariamente la adopción del populismo como táctica por parte de la izquierda. Por el contrario, una iniciativa en esa dirección corre severos riesgos de desperfilamiento en la medida de que sea una amplitud vacía de contenido; que no prioriza en sectores a los cuales apela el objetivo a alcanzar y oriente los esfuerzos de las fuerzas socialistas. Puede suceder que dicha amplitud sea exitosa en acceder a ciertas posiciones de poder, pero llevará atado un extravío político que a la postre puede transformarse en que dichas fuerzas y “sus” avances no signifiquen un cambio de régimen, sino que una oxigenación del modelo vía recambio de élites.

Entonces, ¿cómo avanzamos? En primer lugar, sin renunciar a la política. Corren tiempos de rechazo hacia la política. Pero dicha crítica debe ser interpretada como una crítica a este régimen político excluyente y no a cualquier tipo de política. En ese sentido, parece peligroso que las alternativas presidenciales más importantes de la izquierda, centro izquierda o de “coaliciones ciudadanas” pareciera que se adecúan a los términos legítimos de hacer política en la era despolitizada del neoliberalismo. Esto es, política como espectáculo mediático que interpele a los electores como consumidores de un producto, tal como en cualquier otro mercado. La desafección y la despolitización, que deriva en condiciones mucho más complejas para empujar transformaciones, no se combate sólo con una buena estrategia electoral que permita en el mejor de los casos (o quizás en el peor) acceder al gobierno. De lo que se trata es de construir poder real, de ese que descansa en la organización y no sólo en el voto.

En segundo lugar, la crisis y la apertura relativa de la política que esto conlleva, nos empuja a intentar redefinir el campo de disputa como uno de gran política, es decir, de disputa de proyectos alternativos y globales de sociedad. En paralelo a los ritmos que nos impone la política dibujada desde quienes hoy mandan, la izquierda debe ser capaz de impulsar un proyecto de sociedad alternativo. Para que este proyecto sea viable, se requerirá de un proceso largo de acumulación y construcción de poder. Esto puede parecer algo desalentador, pero no por ello menos cierto. Sin embargo, tampoco de esta constatación se concluye que en el intertanto no hay nada que hacer. Por el contrario, para que la salida al neoliberalismo sea posible, debe ir avanzando posiciones que permitan ir construyendo espacios por fuera de las lógicas de mercado, de tal manera de ir modificando la cancha en la cual se juega el partido, fortaleciendo sujetos que efectivamente tengan capacidad de defender con consistencia dichos avances y empujando otros.

En tiempos en que la izquierda aún intenta recomponerse de su derrota histórica, la tentación populista pareciera ser demasiado fuerte. Y es cierto que, tal como señalara Fernando Atria, hoy los socialistas no tenemos un punto de llegada definido en la forma de una “X” en el mapa. Atria apunta que “el socialista no tiene hoy una respuesta a la pregunta de cómo organizar la sociedad sin capitalismo; pero sabe en qué dirección moverse, y lo que significa estar buscando y construyendo permanentemente una racionalidad distinta y superior al capitalismo que signifique ir en la dirección de una distribución justa de la riqueza, de la desalienación del trabajo, del reconocimiento de derechos sociales universales, de la sustentabilidad medioambiental. Lo que guía a los socialistas es la construcción de espacios productivos, sociales y culturales donde esta racionalidad pueda desarrollarse; donde las personas comiencen a vivir y relacionarse de un modo distinto: de un modo socialista”.[12] No tenemos mapa pero sí tenemos, de esta forma, un criterio que nos permite saber cuándo avanzamos y cuándo retrocedemos. Una brújula que orienta nuestra dirección de movimiento. Aquello de seguro será mejor que navegar en aguas turbulentas sin saber hacia dónde vamos, porque aunque no lo busquemos, podemos terminar aún más lejos de nuestro destino.

 

[1] Laclau, Ernesto. La deriva populista y la centroizquierda latinoamericana. En [http://nuso.org/media/articles/downloads/3381_1.pdf].

[2] Para una profundización de este punto, ver Laclau, Ernesto y Mouffe, Chantal. Hegemonía y Estrategia Socialista.

[3] Laclau, Ernesto. La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2013. p. 125.

[4] Ibid. p. 139.

[5] Ibid. p. 128.

[6] Ibid. p. 140.

[7] Ibid..p. 140.

[8] Errejón, Iñigo. Estados en transición: nuevas correlaciones de fuerzas y la construcción de la irreversibilidad”: (en https://marxismocritico.com/2014/04/25/estados-en-transicion/).

[9] Op. Cit. Errejón.

[10] No pondremos en duda  esta denominación durante este artículo, aunque no cabe duda de que eso da para una larga discusión.

[11] Laclau, Ernesto y Mouffe, Chantal. Hegemonía y Estrategia Socialista.

[12] Atria, Fernando. “¿Qué es socialismo hoy? Extracto publicado en La Segunda. 17/01/17.

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