La tragedia populista en América Latina y el olvido de la historia de la Nueva Izquierda radical

8 octubre, 2017

Categorías: artículos, Artículos

Este artículo comienza con una hipótesis sobre el concepto en su realización histórica: el populismo fue una forma política de salida de la crisis oligárquica en América Latina durante el siglo xx, asociada a un proyecto de desarrollo nacional y popular, en que confluyen fuerzas sociales heterogéneas que, precisamente por su debilidad clasista, deben pactar para alcanzar el desarrollo industrial y la redistribución del excedente. Encerrados en ese pacto, se dificulta la posibilidad de que esos intereses subalternos se constituyan social y políticamente de forma autónoma. Que la valoración de esa alianza sea positiva o negativa, interpretada como un modelo de construcción afirmativa o como un sinceramiento de la incapacidad política, es indiferente a dicha definición.

Planteamos que los “momentos populistas” solo han significado un momento de avance para el interés de los subalternos de las clases populares cuando los grupos obreros han logrado mantener o producir grados de autonomía en su movilización política. En ausencia de esta autonomía mínima de clases, sin reconocer una “unidad social básica” antagónica a ciertos intereses del Estado o las clases aliadas –como la burguesía industrial desarrollista– y defender sus intereses con luchas, el populismo ha significado un aumento de la dependencia económica de los sectores populares y la desarticulación de sus nodos. El populismo, sin una subjetividad desconfiada de esa alianza, resultó ser casi siempre subordinación y dependencia económica frente al Estado y las burguesías nacionales, fuese en el Chile de Ibáñez o en el Perú de Fujimori. La reivindicación afirmativa de esta forma política como estrategia, vaciada de cualquier lugar, relación de fuerzas de clase o tiempo específico, no resulta sino en un vaciamiento también de la idea de transformación social, y su reemplazo por una política redundante, en que las contradicciones realmente existente entre las clases –y que llevaron a la crisis a las experiencias de gobiernos de formas populistas, ayer y hoy– son postergadas por la teoría o superadas en hipotéticas maniobras de pequeña política que no superan la retórica.

Proponemos una revisión crítica de las alianzas de clase en el continente americano. Se plantea que el desconocimiento de estas experiencias, accidental o intencionado, permite una revaloración del populismo como novedad estratégica de izquierda en el presente, escondiendo así los trágicos límites de las posibilidades políticas subalternas y de izquierda en un presente sin fuerzas sociales formadas y politizadas.

Populismos y frentes populares en el Cono sur, siglo xx

La teoría social latinoamericana, en sus corrientes más novedosas, entre las que destacan el dependentismo y el marxismo heterodoxo “criollo”, identificaron dos formas de alianza de clases populares en el siglo xx: el Frente Popular y el Populismo. La diferencia entre ambas está demarcada por la autonomía de las clases populares –específicamente la clase trabajadora organizada– respecto del Estado, el interés de los grupos medios funcionarios y el de las burguesías industriales. A su vez, concretamente, la autonomía se expresó en la constitución de partidos de clase autónomos y en la acción de los mismos en la lucha social que conformó la alianza. La carencia de autonomía se daba por la subsunción del interés de los trabajadores en partidos populistas, sometidos a un vago “interés nacional” y acaudillados en un líder carismático.[1] En ningún caso estos tipos ideales se dieron absolutamente, y en los dos casos que destacaremos, Chile y Argentina, aspectos de ambos modelos se dieron en ambas situaciones. Lo que interesa destacar no fue la forma específica del fenómeno populista o de frente popular, sino cómo se jugó el interés de las clases populares en las distintas coyunturas.

En el caso argentino, la base obrera formada en el ciclo industrializador previo a la crisis de 1929, luego de la misma y durante los años treinta, se había ido articulando en torno a una serie de demandas que los acercaron a nuevos trabajadores migrantes del interior del país. Más que un Juan Domingo Perón que politizó a trabajadores sin experiencia política, como destacaron Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, lo que ocurre desde 1930 es una clase obrera organizada que se encuentra en su lucha con la “oportunidad” Perón.[2] Perón, sin la fuerza social de los obreros movilizados y sin el apoyo del Estado en su forma última, el ejército, poco habría podido hacer. Esta alianza entre la iniciativa de Perón en el Estado y la clase obrera organizada, pacta con los propietarios industriales una política desarrollista –el famoso modelo sustitutivo de importaciones– que tuvo por correlato una forma carismática expandida por una inolvidable propaganda. El proceso de 1945 a 1955 en Argentina, permitió la ciudadanización en tanto clase de los obreros argentinos, vale decir, institucionalizó el poder de negociación colectiva que los trabajadores habían ya conquistado de hecho aliándose con Perón y los grupos propietarios industriales. Tras el derrocamiento militar de Perón en 1955, y en palabras del historiador Daniel James, el movimiento obrero, subsumido en los mil brazos diversos del Partido Justicialista y la fragmentada CGT (bajo tutela estatal), se debatió entre la resistencia al capital y a los gobiernos militares y la integración negociada a sus políticas económicas.[3] La década peronista había establecido una forma de alianza política que se volvió prontamente dorada en la memoria popular, y la idea de restaurarla con un retorno de Perón fue la prisión ideológica que contuvo la formación de un partido autónomo de esos intereses subalternos. Lo que se conoce como populismo se comportó como la barrera de contención al ascenso de un movimiento popular. Aunque desde 1955 y hasta 1973, la clase obrera argentina realizó acciones violentas y radicales esperando la restauración, esto no permitió a la izquierda superar la posición marginal o subordinada en el interior del movimiento peronista. Con las revueltas de fines de los años sesenta se demostró que este movimiento había agudizado su autonomía, relegando la restauración peronista a un lugar secundario respecto de la realización del interés de clase. Al retornar Perón al poder, en 1973, esta radicalización obrera y popular no se detuvo. El populismo había sido más bien una idealización de la restauración peronista, y no una estrategia de lucha para el presente de esos obreros. Muchas de las bases obreras del peronismo se pasaron a grupos que pregonaban la ruptura del pacto con la burguesía nacional y un movimiento popular obrerista, como Montoneros, dentro del peronismo, y el PRT-ERP, que eran marxistas. Estos grupos, que practicaron la lucha armada, así como el activismo obrero radicalizado y de masas, acumularon políticamente en las bases peronistas, superando la burocracia sindical y del PJ, sobre todo con la crisis económica de 1975. Este proceso de autonomía obrera de masas se detuvo sin alcanzar a madurar ni a incluir a la totalidad de la clase trabajadora, siendo desbaratado por el golpe de Estado en 1976.

¿Qué pensar de esta estrategia? Que la exacerbación clasista del polo popular, bajo conducción del movimiento obrero más radicalizado, llevó a una tensión insoportable la alianza de clases populistas. Soportar el interés obrero le significaba ajustar demasiado la tasa de ganancia a los propietarios, a la vez que el Estado se sentía amenazado por el poder obrero, el descontrol de cierta izquierda armada y la crisis económica. La alianza de clases peronista, exitosa mientras la economía le permitió avanzar, se reventaba por la construcción subjetiva de un actor clasista –los obreros y las clases populares–, poniendo en riesgo el interés de sus aliados, y con él, el pacto social mismo. El ejército actuó antes, con complacencia de las capas medias y los propietarios.

En Chile es otra historia aunque de similar tragedia. A partir de la reunificación del sindicalismo en la CTCh en 1936 y tras años de represión y masacres como las de Ranquil en 1934, la ilusión de un nuevo tipo de gobierno se instaló, y la izquierda y los sindicatos aceptaron la alianza con otras clases. El Frente Popular, que contenía una alianza entre el centro radical y la izquierda marxista y obrera, en el gobierno rápidamente rompió las ilusiones con los obreros, a pesar de que la izquierda creció políticamente. Pedro Aguirre Cerda se negó a dar luz verde a una ley de sindicalización campesina impidiendo a los obreros acrecentar la fuerza de los trabajadores en la alianza social. En 1947 la presidencia radical de González Videla terminó de romper la alianza de obreros e izquierda con el centro y las capas medias. Apoyado en la derecha y el PR instauró la conocida Ley Maldita, que proscribió a los comunistas y sirvió para reprimir al sindicalismo militante.

Con la represión de fines de los años cuarenta, la militancia de los sectores populares empezó a radicalizarse. La confianza de las franjas organizadas del movimiento obrero en la legalidad y las instituciones se fue deteriorando. Renació una vez más la desconfianza popular en la clase política. El clasismo, antes que la ideología, fue abriéndose paso como principal factor de identidad entre la diversidad popular. Con un discurso bipolar –populista se diría hoy– en que el pueblo se encontraba en el extremo positivo, Ibáñez volvió a la presidencia en 1952 apoyado en las clases populares. Con la fundación de la CUT y tras un primer intento de Ibáñez por controlarla, el movimiento obrero, perseguido por la ley en las fábricas y en sus partidos, se reconstruyó con rasgos de autonomía y radicalidad práctica que se harían permanentes y problemáticos políticamente para la izquierda. Ibáñez reprimió las huelgas obreras de 1954-55-56 y aplicó medidas económicas antipopulares, quebrando la alianza populista en pocos años. Su evidente intento por imitar a Perón no superó la mera propaganda, y se subordinó rápidamente a la iniciativa de los propietarios industriales y a la banca nacional. Empezó así un nuevo esfuerzo, a decir del historiador Marcelo Casals,[4] de construcción estratégica en el alba de la revolución. Esta vez mediaron más de quince años entre el ascenso del movimiento popular y la llegada al gobierno de una fuerza que representaba su interés, años marcados por radicales movilizaciones de masas y varios episodios de sanguinarias represiones. La década de 1960 exacerbó en los obreros el clasismo belicoso, antagonista, poco dado a negociar y acostumbrado a imponer por la vía de los hechos su interés. Las dos vías que diseñó precariamente la izquierda como estrategias de desarrollo de la fuerza política y social que se representaba en la Unidad Popular, se construyeron bastante determinadas por la radicalidad de la lucha popular de obreros y pobladores urbanos, adjudicándole un rol central al movimiento popular. Pero también requerían la participación de los sectores medios progresistas, y con el avance del gobierno de Allende y la Unidad Popular, entre 1970 y 1973, las diferencias entre ellos y un radicalizado movimiento popular se hacían insostenibles. La posibilidad de una alianza populista se quebró entre el avance expropiatorio de la izquierda y sus bases clasistas, y la respuesta violenta del Golpe de Estado, el terrorismo y exterminio de la izquierda y las dirigencias populares.

Nuevamente, la autonomía y maduración del interés de clase, es decir, la formación más o menos acabada de una subjetividad clasista, atada a una realidad económica concreta e ineludible para esos sujetos, hacía imposible la alianza populista. La crisis de la UP y del intento de la Unidad Popular por pactar con la DC, se nos presenta como la imposibilidad de la alianza populista como método para frenar un frente popular radicalizado. En el caso actual, como ejemplo también de que tampoco vale la primera como placebo político ante la imposibilidad presente de producir lo segundo.

Populismos del siglo xxi: ¿Alianzas de clases sin clases?

Otra ausencia en el análisis de quienes reivindican hoy el populismo se encuentra en los diversos gobiernos denominados populistas en las últimas décadas. Estos gobiernos rearticularon grupos pobres con intereses propietarios nacionales, en un primer momento de derecha y desde comienzos del presente siglo, con un discurso de izquierda.

En los años noventa del siglo pasado, diversas experiencias de derecha fueron conceptualizadas como neopopulistas. Este modelo de desarrollo que usó de laboratorio el continente fue diametralmente distinto al de los años de la industrialización sustitutiva, e impulsó planes de liberalización financiera y comercial de sus economías, privatización industrial, flexibilización de las relaciones laborales y privatización de la seguridad social. Se recortaron los programas sociales redistributivos y también la cobertura social a los sindicatos y asociaciones profesionales. Todo esto se acompañó de programas focalizados en sectores marginales, lejanos a las asociaciones tradicionales, y que le dieron fuerza popular de base a estos gobiernos. Entre estos destacan el Perú de Fujimori, el México de Salinas de Gortari, los gobiernos de Menem en Argentina y de Bucaram en Ecuador. Hacia finales de la década, tanto el agotamiento de este modelo como la resistencia de los actores tradicionales –como sindicatos y organizaciones populares–, demostraban que la alianza nuevamente era imposible y que la fricción era insoportable. El menemismo terminó en el corralito y la crisis de diciembre de 2001. El resto se desmoronó entre la crisis económica de comienzos del milenio y el acoso de los movimientos populares.

El ascenso de los gobiernos progresistas en el continente es un ciclo que recién termina. Comenzado hace apenas un par de décadas, ya se discute si su crisis actual es terminal o solo temporal. Estos gobiernos integraron una nueva alianza social que tomaba rasgos populistas, y así se los presentó la prensa oligárquica del continente. En ellos se revirtieron ciertas medidas neoliberales y se reconfiguraron en algunos casos alianzas nacional-populares. Independiente de la crítica a estos gobiernos, vale destacar que entre los considerados como más radicales, el desarrollo político no pudo escapar, tras un primer momento de movilización popular constituyente, a la tragedia de los populismos y la crisis de su alianza por “exceso de éxito”.  En países como Venezuela, Argentina o Bolivia, vale decir en donde los grupos populares parecieron tener mayor incidencia en los gobiernos, el neoliberalismo fue revertido a una modalidad próxima a la nacional-popular en clave populista, en la que las clases y grupos sociales organizados fueron nuevamente clientelizadas, o desarticuladas en formas mesocráticas. Hoy, mientras Venezuela enfrenta una grave crisis general, en Argentina cabalga la restauración neoliberal y en Bolivia, el MAS y Evo Morales ven reducirse sus bases de apoyo. Parece que la estrategia de alianza popular amplia alcanza sus límites, esta vez no por maduración de una subjetividad de clase, sino por la maduración de una subjetividad negativa de las formas populistas. Sostenido en el auge de las materias primas en la primera década del presente siglo, la crisis reciente de las mismas demuestra la incapacidad de los gobiernos progresistas al tratar de mantener la alianza que los fundó. Se ven rajados entre el creciente interés clientelar de bases populares y de una burguesía nacional, ambos dependientes de unos muy disminuidos afluentes de divisas.

Pero a pesar de esto, en la nueva izquierda ibérica, de mucha admiración nacional, no se toma en cuenta casi ninguno de estos límites una y otra vez alcanzados en las experiencias de alianzas de clase progresistas en el continente.[5] Mientras, en los recientes eventos del debate político de Podemos, la disputa entre los rostros principales del partido esconde fuertes pugnas por las recientemente adquiridas plazas laborales en la burocracia del Estado. El interés social del 15M, basado entre sectores medios precarizados y en vías de proletarización y viejos actores sociales obreristas, todos incapaces de constituir una clase en forma, tras la conversión de su vanguardia política en partido electoral de masas, comenzó a fracturarse. La grieta divide el interés inmediato de los grupos sociales populares en las bases de Podemos y las necesidades de reproducción electoral de la nueva franja de parlamentarios, concejales, asesores, entre otros, que militan en dicho partido. Podemos, al construirse como partido sobre ninguna subjetividad de clase madura, es rápidamente subordinado al interés de sus militantes políticos y funcionarios estatales. En ausencia de un anclaje de clase, los militantes salarizados por la política son el carácter social del partido. Esto, que puede leerse como una crítica, es más bien la constatación de una tragedia que también afecta a la política chilena: la imposibilidad en el presente de construir partidos políticos expresivos de las luchas populares ante la patente ausencia de una subjetividad de esas clases populares que determine activamente el interés de ese partido.

Cierre

El desprecio de la izquierda actual por el acerbo teórico construido en el continente en el siglo pasado la hace débil. Mientras abraza el concepto de populismo, desconoce, por ejemplo, el de sociedad abigarrada, levantado por Lenin y reactivado para la realidad sudamericana por el boliviano René Zavaleta Mercado. Este concepto describe un movimiento popular posible de constituir que, a diferencia de la propuesta populista, no elude la diversidad de clases y grados de constitución de sujetos modernos en la política latinoamericana. Más bien, la enfrenta reconociendo la base material –económica e histórica– que hace comunes intereses que a primera vista se ven distantes. El caso de Zavaleta Mercado es complementario al desprecio por una historia que muestra cómo el postergar tanto el problema del necesario anclaje de clase para la política transformadora –como los dramáticos límites de las alianzas de clases contradictorias–, solo aumenta la profundidad de la derrota y retroceso de los sectores populares.

Así, no se trata de esperar hasta contar con la absoluta claridad teórica que permita no cometer los errores del populismo o el Frente Popular, pues sería imposible e inmovilizante. Se trata de asumir que su propuesta tiene límites que han sido terriblemente experimentados por los revolucionarios del pasado. Tampoco se plantea aquí la imposibilidad de una alianza de clases, pero sí de asumir que esta conlleva fricciones que deben enfrentarse políticamente y que su inevitable ruptura debe prepararse políticamente. La teoría populista que defienden las izquierdas actuales, en Chile o España da igual, poco o nada se hace cargo de estas cuestiones, y su irresponsabilidad con el futuro de su estrategia como con el pasado reciente de los progresismos latinoamericanos, resulta peligrosa para quienes encuentran allí una esperanza de reforma social. Plantearse este problema, a estas alturas trágico para las izquierdas de todo tono, resulta hoy de primera urgencia política.

 

[1] Sobre estas interpretaciones y otras construidas para el fenómeno populista ver, Giorgio Boccardo, “Crisis política en américa latina: ¿agotamiento de los populismos?”. Cuadernos de Coyuntura, 4:14, septiembre 2016, 42-51.

[2] Miguel Murmis, juan Carlos Portantiero, Estudios sobre los orígenes del peronismo (Buenos Aires, Siglo XXI, 2011, 2011).

[3] Daniel James, Resistencia e Integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina (Buenos Aires, Siglo XXI, 2013).

[4] Marcelo Casals, El alba de una revolución. La izquierda y el proceso de construcción estratégica de la “vía chilena al socialismo”. 1956-1970. (Santiago, Lom, 2010).

[5] Francisco Figueroa, Luis Thielemann; “La encrucijada de Podemos y los límites de su hipótesis populista”. Cuadernos de Coyuntura, 3:10, octubre 2015, 49-58.

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