El populismo como concepto pop: Reflexiones para superar la discrecionalidad conceptual y disputar el sentido común

8 octubre, 2017

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Populismo y populismos

El estudio del populismo se caracteriza por la dificultad para definirlo con claridad, tanto desde la academia como desde sentido común, ya sea en términos conceptuales, ideológicos o históricos. Más aún, presenta una ambivalencia tal que trae implícito el riesgo de asumir a priori posturas polares, ya sea a favor o en contra, dependiendo de su valoración como régimen que expande o contrae la democracia y la participación social.

Si bien es posible ubicar su origen conceptual en los movimientos rurales de fines del siglo xix en Rusia y Estados Unidos, durante el siglo xx el populismo fue considerado un fenómeno característico de América Latina asociado a los procesos de modernización capitalista incompletos y al surgimiento de una sociedad nacional-popular. Más recientemente, el populismo se ha conceptualizado desde una mirada global, entendido como una lógica de acción política (Frei y Rovira, 2008), en un contexto de crisis económica y de iniciativas que desde fuera de los partidos tradicionales apelan a conducir políticamente un escenario social de malestar con las instituciones.

Quizá por ello la noción de populismo ha debido sobrellevar una carga negativa, ya que se presenta como una amenaza a la democracia liberal y su sistema de representación. En ese sentido, aparece vinculada a quiebres democráticos o a fuerzas políticas que vienen de alguna manera a subvertir las lógicas del sistema de representación popular. Generalmente, si se quiere desacreditar un proyecto, una política o una candidatura, se le tilda de populista.

Ernesto Laclau ha venido a renovar la discusión sobre populismo. El autor señala que el concepto de populismo se puede entender como un modo de construir lo político desde la articulación de demandas diferenciadas pero equivalentes en la sociedad (Laclau, 2005). De esta forma, existiría una pluralidad de antagonismos (no solo desde una base económica) que pueden ser conducidos de manera unificada a partir de la idea de la contradicción élite-pueblo, que viene de alguna manera a reemplazar el concepto marxista de lucha de clases.

Desde esta perspectiva se cuestiona la carga peyorativa atribuida tradicionalmente al populismo, entregándole incluso una capacidad de apertura democrática, en la medida que esté vinculado a fuerzas populares transformadoras y no a sectores hegemónicos. La emergencia de fuerzas transformadoras como sujeto del populismo depende, en gran medida, de la apelación a un discurso que busca ser convocante respecto de un malestar heterogéneo.

Para Laclau, el contexto sociohistórico en que el populismo puede surgir como forma de construcción de lo político o momento populista, está dado por las condiciones de desafiliación popular respecto del sistema de representación política imperante, sumado a la incapacidad de las elites dominantes de decodificar las demandas que, aunque diferentes, se aglutinan simbólica y discursivamente en una oposición vertical respecto a esta élite y de dar respuestas a esta suma de demandas a través de las instituciones mandatadas para este fin. El momento populista en estos términos se presenta como oportunidad para las fuerzas de transformación social de procesar los componentes de la crisis y generar un momento de apertura política que permita la disputa del Estado.

Experiencias populistas en Chile y América Latina. ¿Qué tienen de populares?

En la historiografía nacional, el estudio del populismo no ha sido un tema muy recurrente. Por el contrario, la representación del sistema político chileno desde una supuesta estabilidad institucional (que lo distinguiría de la mayoría de los países de América Latina), ha ayudado a no conceder mayor atención sobre aquellos momentos en la historia política que tienden a alejarse de la intermediación de los partidos y las instituciones.

A pesar de lo anterior, existe una relativa coincidencia entre diversos autores (Moulian, 1986; Fernández, 2007; Cancino, 2009) en que la presidencia de Carlos Ibáñez del Campo entre 1952 y 1958 puede ser considerada la experiencia populista chilena del siglo xx. Ibáñez supo canalizar para sí el descontento generalizado a partir de una profunda crisis de representación política (luego de 15 años de gobiernos de un mismo sector político liderados por el Partido Radical), los escándalos de corrupción y clientelismo (no por nada una de las frases de campaña de Ibáñez era a barrer con la corrupción y los políticos, simbolizada en la escoba) y los partidos minoritarios que buscaban romper el equilibrio entre la derecha y la izquierda tradicionales.

La experiencia de Ibáñez fue efímera, siendo incapaz de institucionalizarse, de construir unidad entre el variopinto grupo de partidos que lo apoyaban o de generar un movimiento ideológico que pudiera darle continuidad a su proyecto (al estilo Perón). Aun así, transformó el sistema político chileno al situarse como una etapa de transición desde una política bipartidista y de consensos, a una política de proyectos de cambio estructural sin construcción de alianzas (Moulian, 1986). Estos cambios significaron el debilitamiento del poderío electoral de la derecha, el reemplazo del partido de centro (del Partido Radical a la Democracia Cristiana) y la unificación de la izquierda.

Desde la mirada de América Latina en general, se ha sostenido la existencia de tres olas populistas (De la Torre, 2001; Gratius, 2007). La primera, a mediados del siglo xx, donde varios gobiernos tuvieron la capacidad no solo de transformar la estructura de partidos, sino que fundamentalmente de dar origen a movimientos nacional-populares que trascenderán sus mandatos (por ejemplo el caso del peronismo en Argentina, el varguismo en Brasil y el cardenismo en México). Una segunda ola populista ocurriría durante los años 90, con figuras como Carlos Menem o Alberto Fujimori, instalando el neoliberalismo en sus países. Actualmente se estaría en presencia de una tercera ola populista, que incluiría los gobiernos impulsados por el chavismo en Venezuela, el kirchnerismo en Argentina y el evismo en Bolivia, entre otros.

¿Qué tienen (o han tenido) en común los tres gobiernos de la última ola? Todos han compartido una impronta anti-neoliberal impulsando, en mayor o menor medida, iniciativas que buscaban dejar atrás el denominado Consenso de Washington, fortaleciendo el papel del Estado en la economía. Asimismo, todos ellos surgen tras la crisis de un consenso político y económico, que gatilla estallidos sociales sobre los cuales se posicionaron como alternativas para restablecer el orden por medio de un nuevo consenso (en Venezuela y Bolivia a través de una nueva Constitución Política, en Argentina a través de reformas políticas y económicas). En esa línea, los tres gobiernos se instalan discursivamente como refundacionales, desmarcándose de quienes los antecedieron. Todos ellos han tenido problemas, sin embargo, luego del período refundacional, para mantener la unidad y trascender la figura del caudillo.

Volviendo a nuestro país, algunos analistas políticos señalan la emergencia de un momento populista en Chile, ante el alto descrédito hacia el sistema político y la alta volatilidad electoral. Incluso se apunta que, en el actual escenario de definiciones en cuanto a candidaturas presidenciales, las candidaturas que más alto marcan en las encuestas, Sebastián Piñera por la derecha y de Alejandro Guillier por la ex Concertación, representarían alternativas populistas.

Más allá de los diagnósticos, lo que resulta importante evaluar es si existe algún fenómeno movilizador en nuestra sociedad que pueda eventualmente, así como en otros momentos históricos o en otras latitudes, canalizar este momento populista en favor de un proyecto transformador que dispute las elecciones. Un somero vistazo no resulta alentador: sin organizaciones fuertes, con un sentido común popular hegemonizado por el neoliberalismo (individualismo y consumo) y sin una figura caudillista que pueda al menos aunar las diferentes demandas en pos de una candidatura.

Más allá del populismo y más acá de un proyecto político popular

El variopinto escenario histórico e ideológico susceptible de constituir un momento populista, invita a problematizar su instalación mediática actual, cuando el ejercicio de la política (posterior al siglo xx) y el reacomodo del populismo en este escenario, presenta vaguedades propias de una moda imperante basada en el idealismo discursivo que intentó separar las ideas y demandas de los amarres socioeconómicos, y que se tradujo en propuestas en las que cualquier agencia podría generar cualquier construcción política (Anderson, 2016).

Desde la especificidad latinoamericana, resulta interesante por una parte, cuestionar el carácter efímero de la estrategia populista y el riesgo que presenta al encarnar procesos espurios de masividad política y, por otra, atender las potencialidades de este momento de crisis/ruptura actual para la emergencia de un bloque contrahegemónico que se sitúe desde (y contribuya a) generar las condiciones materiales y culturales para la construcción de un proyecto político estratégico de transformación social.

La propuesta es superar la visión coyuntural en boga asociada al populismo, que ha sido reivindicado por sectores progresistas y temido desde la derecha (Kaiser, 2016), principalmente a partir de la propuesta conceptual de Laclau. Ella tiende a dejar instalada la idea de lo gravitante de las identidades políticas y su expresión discursiva, quedando el populismo como el sentido mismo de la política –mas no de lo político

[1]–, otorgando absoluta discrecionalidad al concepto y, por cierto, postergando dentro de la acción política las explicaciones y expresiones basadas en las condiciones materiales de los sujetos en pugna. Este aspecto del populismo conduce a sobredimensionar el carácter pasional de la política en respuesta a los defectos del orden democrático liberal, atribuyéndole un papel de catalizador de la participación social y política (Mayol, 2011).

Más allá de la necesaria dimensión emotiva en cualquier proyecto político, es fundamental no perder de vista las condiciones materiales y las posiciones estructurales de los sujetos en las relaciones sociales de producción, y las subjetividades que surgen de ellas. Esto significa comprender que la construcción de hegemonía y contrahegemonía contiene en sí misma un núcleo económico que otorga materialidad y sustentabilidad a la concepción de mundo definida por los grupos hegemónicos (Anderson, 2016). Precisamente, la experiencia chilena de los últimos 40 años se ha basado fuertemente en modificar la estructura económica (desregulación financiera, privatización de servicios públicos, reducción del papel garante del Estado, entre otras) junto a la instalación de relatos y subjetividades que legitiman y reproducen el modelo de sociedad hegemónico.[2]

La discusión acá se vincula igualmente con los extensos debates latinoamericanos sobre el etapismo en la transformación social y en el tránsito de una sociedad capitalista a una comunista. Es posible así sumergirse en el juego de lo necesario y lo contingente, donde ambos se unen en la dialéctica marxiana, pues la necesidad histórica de superar el capitalismo solo será realizado según las posibilidades reales que genere el desenvolvimiento de la lucha de clases, “la necesidad dibuja el horizonte de la lucha, su contingencia conjura los decretos del destino” (Bensaid, 2013:93). En esa línea, la relación entre la necesidad y la contingencia no debe obnubilar el horizonte ni tampoco los caminos políticos de articular fuerzas con voluntad y legitimidad popular.

En el claroscuro surgen los monstruos

Resulta plausible entonces considerar la posibilidad de pensar un proyecto político que dispute la construcción de un nuevo bloque histórico en Chile que no quede subordinado solo a aprovechar el momento. De otra manera, la política misma queda presa de la contingencia y se abre o se clausura dependiendo de la propia coyuntura. De igual forma, se debe tomar en cuenta que un proyecto político transformador en clave populista en nuestro país, eminentemente electoral, asume un orden del juego liberal no solo respecto del sistema político-institucional en el que debe moverse, sino también desde su contenido comunicacional y discursivo, en tanto debe conquistar un voto masivo que a priori no le es afín (por el contrario, representa la hegemonía cultural de los sectores dominantes). Ello puede implicar problemas de unidad dentro del proyecto, especialmente en los sectores movilizados, quienes sí se plantean desde una identidad política definida.

Más allá de la definición del momento populista, el contexto actual sin duda plantea oportunidades, así como también nuevas formas reaccionarias ante un modelo político y económico en decadencia. La emergencia de liderazgos y proyectos políticos deben ser entonces consistentes no solo con una ruptura coyuntural, sino principalmente con un cambio de ciclo, donde la apuesta no radique en recuperar la legitimidad de la institucionalidad, sino construir un bloque histórico que dispute la hegemonía y sea capaz de diseñar una nueva democracia, participativa, popular y directa, para un nuevo ciclo histórico.

Este bloque hegemónico será posible si se lo comprende como un fenómeno político nuevo de disputa del sentido común, pero que a su vez sea capaz de transformar las condiciones materiales que están a la base de la lucha de clases hoy. Es un juego entre la esencia y la apariencia, puesto que la esencia de la política no es posible entenderla simplemente a partir de los elementos en juego en el populismo (Laclau, 2005), sino que apunta al ejercicio del poder y la libertad de definir colectiva y soberanamente cómo queremos vivir.

Ciertamente, nos encontramos en un momento en que el deterioro de los consensos sociales permite que se vayan transparentando los reales cimientos de la formación social del Chile contemporáneo, y por tanto, sus conflictos constituyentes (Aburto y Ortega, 2014:230), por lo que la definición de ese bloque histórico que presupone la unidad cultural-social,[3] es un horizonte lejano todavía, no obstante la apertura generada desde mediados de la primera década del siglo xx para propiciar un buen comienzo e impugnar a la totalidad del sistema, a pesar de los siempre contradictorios intereses sociales y la inestabilidad de las identidades sociales.

Lo cierto es que la estructuración hegemónica del proyecto concertacionista (si es que lo hubo) ha transitado, debido a su franca descomposición, desde el predominio de la persuasión por sobre la coerción hacia una dominación inversa, con serios problemas para mantener una hegemonía basada en el consentimiento/persuasión y cada vez más orientada a perder la dominación, por lo que no sería extraño que aparecieran con más fuerzas los dispositivos de fuerza y la coerción. De igual forma, en este período de transición y reacomodo entre lo que muere y lo que aún no termina de surgir es donde, decía Gramsci, pueden aparecer aquellos monstruos, sepultureros o salvadores de la patria. En ese sentido, ¿Se estará preparado para hacer frente a este nuevo escenario? De ahí la importancia de develar las contradicciones sociales mediante un nuevo sentido común y la construcción de nuevos consensos con profunda legitimidad popular.

 

Referencias

Anderson, P. (2016). “Los herederos de Gramsci”. New Left Review, N°100, septiembre-octubre, pp. 79-110.

Aburto, A. y Ortega, T. (2014). “¿Lucha de estratos o pugna de clases? Reflexión teórica y una mirada al Chile movilizado”. En Revista Actuel Marx Intervenciones, N° 15, septiembre, LOM Ediciones.

Agacino, R. (2006). “Hegemonía y contra hegemonía en una contrarrevolución neoliberal madura. La izquierda desconfiada en el Chile post-Pinochet”. Trabajo presentado en el Grupo de Trabajo Hegemonías y emancipaciones de CLACSO, 30-31 enero de 2006, Caracas. Extraído de [http://www.construyendocritica.org/wp-content/uploads/2011/01/82.pdf].

Bensaid, D. (2003). Marx Intempestivo. Grandezas y miserias de una aventura crítica. Buenos Aires: Ediciones Herramienta.

Cancino, H. (2009). “Experiencias nacional-populares en Chile en el siglo xx. Los casos del Alessandrismo (1920-1925) y el Ibañismo (1952-1956)”. Sociedad y discurso, AAU, (15), 36-53

De la Torre, (2001). “El populismo latinoamericano: entre la democratización y el autoritarismo”. Revista Nueva Sociedad N°247, Septiembre-Octubre 2013.

Fernández, J. (2011). “El Ibañismo. Un caso de populismo en la política chilena (1937-1952)”. Revista Política Vol. 49 Nº1, pp. 245-248.

Frei, R. y Rovira, C. (2008). “El populismo como experimento político: historia y teoría política de una ambivalencia”. Revista de Sociología, N°22, Facultad de ciencias sociales de la Universidad de Chile, pp. 117-140.

Gratius, S. (2007). “La ‘tercera ola populista’ de América Latina”. FRIDE, Documento de trabajo 45.

Kaiser, A. y Álvarez, G. (2016). El engaño populista: por qué se arruinan nuestros países y cómo rescatarlos. Santiago de Chile: Empresa El Mercurio SAP.

Laclau, E. (2005). La razón populista. México: Fondo de Cultura Económica.

Laclau, E. y Mouffe, Ch. (2011). Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. México: Fondo de Cultura Económica.

Mayol, A. (2011). El derrumbe del modelo. La crisis de la economía de mercado en el Chile contemporáneo. LOM Ediciones. Santiago, 2011.

Mouffe, Ch. (2011). En torno a lo político. México: Fondo de Cultura Económica.

Moulian, T. (1986) El gobierno de Ibáñez. Santiago de Chile. Flacso.

 

[1] Entendiendo “Lo político como dimensión del antagonismo constitutivo de las sociedades humanas, mientras que la política como el conjunto de prácticas e instituciones a través de las cuales se crea un determinado orden, organizando la coexistencia humana en el contexto de la conflictividad derivada de lo político”. (Mouffe, 2011:16).

[2] Según Agacino “La potencia del modelo chileno y su excepcionalidad, en gran medida solo puede explicarse a partir de un hecho político clave: la emergencia de una franja de las clases dominantes con visión estratégica (…) que logra simultáneamente construir hegemonía y las bases materiales necesarias cuyo éxito, finalmente, se medirá por la reconversión al neoliberalismo de la propia tecnocracia socialdemócrata” (Agacino, 2006:22).

[3] Gramsci, A. (1975). Cartas desde la cárcel, Madrid: Cuadernos para el diálogo. Citado por: Laclau, E. y Mouffe, Ch., 2011.

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