El feminismo y la ampliación del campo de lo político

12 Diciembre, 2016

Categorías: artículos

 

El feminismo y la ampliación del campo de lo político

Por Cecilia Moreno y Manuela Veloso, Movimiento Autonomista.

 

“Yo tengo el dinero, yo te doy tus pesos.

Mujer, es tu cuerpo, mi premio y mi sueldo”

Alex Anwandter, “Mujer” del disco Amiga.

 

Uno de los rasgos distintivos de las fuerzas emergentes de izquierda, tanto en Chile como en otras partes del mundo, es que hemos incorporado la superación del patriarcado al horizonte de nuestra acción política. Vemos en esto aguda sintonía al abordar la pregunta por la estrategia de superación del patriarcado desde su propio devenir histórico, reconociendo en su articulación el enfrentamiento de relaciones sociales cargadas de intereses. Desde aquí, las apuestas emergentes estamos abocadas a generar pensamiento propio, que sea capaz de proponer una apuesta política que logre situar en las fuerzas de izquierda al proyecto feminista no como una disputa adicional, sino como una concepción que viene a ampliar el campo de lo políticamente disputable.

Siguiendo a lo planteado por el feminismo materialista, creemos que la actual configuración del orden patriarcal es tributaria de la lógica del sistema capitalista, sistema que continúa siendo el orden económico y social hegemónico. En este sentido, el tema Mujer del último disco de Alex Anwandter logra expresar elocuentemente la relación – que podríamos llamar simbiótica – que hay entre la jerarquía sexual con primacía de la masculinidad, que impregna el orden social, con lo que llamamos el sistema capitalista. La necesidad de comprender la lógica de interdependencia entre ambos sistemas se lo debemos al feminismo socialista (Eisenstein, 1980: 15), que lúcidamente criticó la diferenciación entre la clase y el género como si representasen dos factores susceptibles de ser escindidos en la constitución de la relación antagónica implicada en el clivaje dominación-subordinación. Dicho de otro modo, como si fuesen problemas políticos analíticamente diferenciables.  Gracias al debate que el feminismo socialista impulsa contra los “hombres de izquierda” y las llamadas “feministas radicales”, las feministas de hoy contamos con una mejor comprensión de las relaciones de dominación que englobamos bajo el concepto de patriarcado. Así, la complejidad del problema político al que nos enfrentamos se hace evidente una vez establecida la lógica de mutua determinación entre capitalismo y patriarcado.

Consiguientemente, creemos que lo correcto es hablar de patriarcado capitalista antes que de patriarcado a secas, porque aun cuando la estructuración social basada en jerarquía sexual con supremacía de la masculinidad precede al capitalismo,  el capitalismo  vino a exacerbar las relaciones de dominación propias del patriarcado, deviniendo en un sistema normativo – esto es, un sistema de valoración socialmente compartido – que ha funcionado como dispositivo ideológico del capitalismo, legitimando el modelo de producción y de reproducción social que ha permitido darle operatividad y eficiencia al sistema capitalista. Y, por cierto, dicha legitimación no ha sido inocua; en efecto, con la operatividad del capitalismo la escala de valoración social del patriarcado ha quedado social e institucionalmente reforzada.

La acción feminista requiere comprender cómo la supremacía de la masculinidad se entreteje con la estructura de clases, generando un antagonismo que no sólo ejerce dominación, sino que también explotación. En otras palabras, el problema político que el feminismo tematiza no es reducible a un asunto de dominación cultural, porque también entraña el fenómeno de la explotación que se ejerce sobre las mujeres, en sus cuerpos y en sus tiempos; empezando por la reproducción gratuita, estable e intensiva de la fuerza de trabajo al que estamos sujetas. En esta dirección, el feminismo socialista correctamente, a nuestro juicio, plantea enfocar el problema de la interdependencia entre patriarcado y capitalismo en la división social y sexual del trabajo (Eisenstein, 1980: 16).

En breve, la permanente presión capitalista al mantenimiento de la tasa de ganancia introduce una creciente separación entre la unidad de producción y la unidad de reproducción. Históricamente, los inicios de este proceso se encuentran en la privatización de la tierra y la mercantilización de las relaciones sociales (Federici, 2016: 113), a través del establecimiento de la familia como requisito para el tránsito de una economía de subsistencia a una economía de mercado, asociadas a un paso de la producción-para-el-uso a la producción-para-el-intercambio.

En el plano simbólico, la actividad de producción viene a monopolizar el estatus valorativo de ser la única actividad creadora de valor, mientras que la reproducción de la vida y la fuerza de trabajo en el seno de la familia es sistemáticamente relegada en la escala de valoración social, en concordancia con la situación crónica de la pobreza femenina y la correspondiente subordinación de la mujer. De manera que la familia, en tanto estructura económica, se convierte así en pieza fundamental de la operación del sistema capitalista (Zaretzky, 1978: 23).[1]

Dado lo anterior, la reflexión feminista, sin lugar a dudas, significa una ampliación de lo político para el pensamiento de izquierda; en virtud de que el movimiento feminista ha visibilizado la lucha de intereses implicada en la reproducción social (no meramente biológica), permitiendo el desarrollo de categorías conceptuales que han agudizado el análisis de la realidad social en la identificación de situaciones que entrañan relaciones de explotación y de dominación. Uno de los grandes aportes del feminismo al socialismo radica en su protesta frente a la naturalización de la distinción entre “una esfera pública” y “una esfera privada”, como si fuesen esferas naturalmente escindidas y no históricamente determinadas y mediadas por las unidades socioeconómicas de las actividades productivas frente a las reproductivas. La naturalización de la distinción ubica a la esfera privada más allá de la disputa política, apareciendo como un espacio a proteger en función su carácter privado del que se deriva, falazmente, una cierta inconmensurabilidad axiológica. El trabajo del movimiento feminista ha consistido en parte importante en someter a crítica lo aparentemente privado. En palabras de Nancy Fraser:

“Al politizar lo personal expandieron los límites de la protesta más allá de la distribución socioeconómica, para incluir el trabajo doméstico, la sexualidad y la reproducción” (Fraser, 2015: 20)

El feminismo amplió irreversiblemente la concepción socialista del mundo; hoy no se puede ser verdaderamente socialista si no se es feminista. La profundización del análisis materialista y la crítica de la distinción naturalizada entre lo público y lo privado ponen en evidencia para las fuerzas de izquierda los vehículos de explotación y de dominación que, siendo un aspecto vital de la experiencia vivida de los sujetos, habían quedado fuera de las preocupaciones de la izquierda tradicional. El éxito de la estrategia de transformación de las fuerzas emergentes pasará en parte fundamental por la plena incorporación de la concepción feminista del mundo. Concretamente, la estrategia consiste en ampliar lo político para combatir la naturalización del estado actual de las cosas. Esto implica, en última instancia, ampliar el mundo y esto es precisamente lo que hace el feminismo.

 

Sobre la táctica feminista

 

En la historia de la irrupción del capitalismo hay un elemento en la sucesión de los hechos que la izquierda debe mirar con especial atención para comprender la lucha contemporánea contra el patriarcado capitalista: la expulsión de las mujeres de las actividades productivas no fue una acción conspirativa promovida directamente por los dueños del capital, sino que fueron los gremios artesanales quienes realizaron fuertes campañas para excluir a las mujeres de los talleres en razón de que los comerciantes capitalistas las contrataban a precios inferiores (Federici, 2016: 171). El punto a resaltar aquí es que, desde entonces y hasta el día de hoy, en la operación del capital se ha afirmado una jerarquización, construida a partir del género, en la clase trabajadora (Federici, 2016: 105), al tiempo que el capital se las ha ingeniado sistemáticamente para sacar provecho de la menor valoración de la fuerza de trabajo femenina; lo que ha quedado oculto bajo el velo ideológico de la libre contratación y facilitado por los mecanismos de exclusión propios del sistema patriarcal.

Con la llegada del neoliberalismo dicha historia no sólo vuelve a repetirse,  sino que también adquiere un cariz perverso. El neoliberalismo no sólo ha ocupado la fuerza laboral femenina para mantener el patrón de acumulación del capital, sino que también ha sido capaz de apropiarse y subvertir el discurso feminista de la segunda mitad del siglo XX que veía en la incorporación de la mujer al mercado laboral una cuestión de “dignidad, mejora de su situación personal y liberación frente a la autoridad tradicional.”(Fraser, 2015: 256).

La astucia del neoliberalismo radica en que fue capaz de unir las aspiraciones de emancipación de las mujeres con los requisitos de la acumulación capitalista (Fraser, 2015: 256). Éste es uno de los factores que explica por qué en los países de occidente en que la llegada del neoliberalismo se dio en contextos formalmente democráticos, no se generó significativa resistencia: el neoliberalismo fue capaz de oscurecer las distinciones entre movilidad forzada y libre elección, auto-empleo y trabajo precario (Streeck, 2014: 31). Las fuerzas emergentes deben tematizar la relación peligrosa entre feminismo y neoliberalismo, dado que el neoliberalismo fue capaz de cooptar sin mayor dificultad la crítica feminista. El enfrentamiento al patriarcado precisamente pasa, en el momento político actual, por un enfrentamiento al neoliberalismo en tanto expresión contemporánea del patriarcado capitalista.

A nivel táctico, un feminismo transformador inevitablemente se enfrenta a un neoliberalismo que ha privatizado profundamente las condiciones de vida de la sociedad, fortaleciendo de esa manera los mecanismos que actualizan la división sexual del trabajo. Además de asumir las tareas domésticas y de cuidados – propias del período moderno industrial – las mujeres constituyen fuerza de trabajo mal remunerada, precaria, flexible y con escaso reconocimiento social bajo la excusa de que estas son “funciones naturalmente femeninas” propias de la “esfera privada”. De esta manera, el neoliberalismo exprime a niveles inéditos la capacidad productiva y reproductiva de las mujeres y las políticas con enfoque de género no poca responsabilidad han tenido en este proceso de acumulación por desposesión, en concepto de David Harvey (2004). Las políticas de autonomía económica femenina, por ejemplo, han dinamizado en muchas maneras a la consolidación económica del neoliberalismo con la intensificación de la explotación de la capacidad productiva (al incorporar a las mujeres como mano de obra precaria y mal remunerada) y reproductiva (doble jornada laboral, cuidado de ancianos y niños, etc.) de las mujeres.  A este respecto, Verónica Schild ha señalado que la participación de las mujeres en la economía remunerada en cifras históricamente insólitas ha sido fundamental en las estrategias de flexibilización laboral (Schild, 2015: 71).

El capitalismo tiene, como diría Luc Boltanski, la capacidad para relacionarse productivamente con sus críticas. Así, ha re-significado la demanda feminista en un concepto inocuo de igualdad (liberal) de género que incorpora la idea de ciertas competencias femeninas relevantes para los procesos productivos; ha transformado la radical crítica epistemológica al principio civilizatorio occidental en el descafeinado “multiculturalismo neoliberal”; ha cooptado la crítica a la heteronormatividad por empresas gay-friendly; y suma y sigue. Desconfiamos profundamente de la relación que un feminismo liberal ha venido desarrollando con el proyecto neoliberal y creemos que el éxito de nuestra apuesta como fuerzas emergentes requiere del desarrollo de un pensamiento feminista transformador que sea capaz de resistir la cooptación neoliberal y superar con lucidez y efectividad política el discurso de la igualdad de género, mediante la propuesta de formas alternativas de vida.

En las actuales condiciones de crisis política y estancamiento económico, el capital buscará, como siempre, aumentar el margen de ganancia ampliando los circuitos para aquello y la explotación sobre las vidas y cuerpos de las mujeres parece ser, como ya ha sido, una estrategia en curso.  A ello se suma la circunstancia de que el aumento de la esperanza de vida generará una crisis de cuidados, que, por un lado, aumentará el trabajo no remunerado de las mujeres más pobres y, por otro, mercantilizará los cuidados de una gran parte de la población. Esto configura un potencial objetivo para la articulación a mediano plazo de un movimiento feminista de masas que abogue por la recuperación de la soberanía sobre nuestros cuerpos y la reproducción colectiva de la vida. Ante la iniciativa de la clase dominante por seguir delegando en el mercado y en el tiempo de las mujeres el trabajo de cuidados, debemos creativamente pensar en una respuesta radicalmente feminista y desmercantilizadora.

Esta crisis es una oportunidad no sólo para combatir la colonización de la vida por el mercado, sino también para ir de-construyendo el rol que la familia patriarcal heteronormada juega en la reproducción social de la vida y de la fuerza de trabajo. Una efectiva resignificación del cuidado, que se centre en plantear estas tareas como un asunto de responsabilidad colectiva implica necesariamente una crítica a las formas de organización material de la vida familiar, con el objetivo de llevar este espacio a una organización y articulación social desde una perspectiva comunitaria. En el contexto chileno, caracterizado por una profunda carencia de Estado, el feminismo materialista tiene el deber de enfrentar la crisis de cuidado como una oportunidad para superar una visión de derechos como equivalentes a prestaciones estatales, para entenderles como esferas de continua lucha política en la búsqueda de mayor agencia, autonomía y control sobre la propia vida. Esto requerirá, necesariamente, institucionalidad y recursos estatales, pero debe ir más allá e incorporar el desafío de promover, fomentar, y hacer materialmente viables formas de vida colectiva que ofrezcan autonomía a los individuos y autogestión a sus comunidades. Entendemos esto como condición y resultado de un proceso permanente de politización de lo privado, subversión del orden patriarcal (que muchas veces ha sido vehiculizado a través de políticas estatales) y colectivización no sólo de los recursos sino de la reproducción de la vida misma.

En conclusión, un feminismo radicalmente transformador debe crear soluciones que contemplen bisagras que medien entre la institucionalidad estatal y la construcción de comunidades políticas desde el entorno inmediato de los individuos, para desbordar la familia como forma de organización y la esfera privada como espacio exterior a la disputa política. Un proyecto en estos términos no solo ofrece una propuesta radicalmente transformadora para la organización de la vida social, sino que brinda la oportunidad de articular el mundo feminista en torno a una lucha que podemos compartir todes.

 

Referencias bibliográficas

 

Eisenstein, Z., Sefchovich, S., & Mastrangelo, S. (1980). Patriarcado capitalista y feminismo socialista. Siglo XXI.

Federici, S. (2016). Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Tinta limón.

Fraser, N. (2015). Fortunas del feminismo: del capitalismo gestionado por el estado a la crisis neoliberal. Traficantes de sueño.

Harvey, D. (2004). El nuevo imperialismo (Vol. 26). Ediciones Akal.

Schild, V. (2016). Feminismo y neoliberalismo en América Latina. Nueva sociedad, (265), 32-49.

Streeck, W. (2014). Buying time: the delayed crisis of democratic capitalism. Verso.

Zaretsky, E. (1978). Familia y vida personal en la sociedad capitalista. Anagrama.

 

[1] Ciertamente que no fue mera casualidad a que, en paralelo a la consolidación de la división social y sexual del trabajo, brotara un movimiento de criminalización de las antiguas prácticas populares de control de la natalidad. Bajo el amparo de la coacción ejercida por el estado, se impulsó la creación de una serie de delitos asociados a la reproducción: el cuerpo femenino y su repliegue a las labores propias de lo reproductivo devenía en condición sine qua non para la intensificación y extensión de la capacidad productiva de la fuerza de trabajo. (Federici, 2016: 158-164).

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