EDITORIAL

11 Diciembre, 2016

Categorías: columnas de opinión

EDITORIAL Nº 2

“En uno de los intentos del golpe de Estado, estábamos en la calle, durante el Tancazo. Allende salió al balcón y se dirigió a la población una vez pasado el peligro: –Compañeros, la sedición ha sido aplacada…vayan a sus casas y besen a sus mujeres. Nosotras, un grupo de mujeres que estábamos allí nos preguntamos: – ¿y nosotras quiénes somos, a quiénes vamos a ver? Esa era la mentalidad de Allende, la mentalidad de la época”.

Julieta Kirkwood

El principal problema que surge en la anécdota que Julieta Kirkwood relata sobre Allende no es que la actuación del compañero presidente, respecto de quien reconocemos uno de los proyectos transformadores más importantes de la izquierda, haya obedecido a un determinado sentido común de aquella época, sino que muestra cómo la izquierda fracasó en tomar una distancia reflexiva respecto de dicha mentalidad.

Al no abordar críticamente nuestra cultura patriarcal, y su rol determinador de “las políticas” respecto de las mujeres, la izquierda en el poder no diferenció su horizonte utópico respecto del horizonte institucional heredado de gobiernos anteriores. Lo anterior tuvo como consecuencia la profundización de una agenda que entendía el rol de la mujer en el marco de sus relaciones familiares, y de modo subsidiario, como parte de las redes de protección social que tenían como objeto servir de respaldo a la narrativa principal de una clase obrera internamente indiferenciada. Como el paradigma de dominación era la lucha de clases, se relegaron y ocultaron otro tipo de disputas “secundarias” en las orgánicas de izquierda.  Esta falencia, sin embargo, no fue exclusiva de la UP ni de aquellas décadas. Es también hoy una deuda pendiente.

A pesar de que hoy pareciera ser mucho más común y respetado un discurso de reivindicación feminista, la izquierda no lo ha asumido con toda consecuencia. Ya sea en su teoría o en su práctica, no ha podido acoger todavía el desafío de criticar este horizonte y mentalidades, ni siquiera en sus orgánicas o programas. Hoy por hoy, incluso quienes pretenden levantar un proyecto emancipatorio en la sociedad, continúan dejando a las mujeres solo dos alternativas: asumir las reglas de una disputa del poder de sello patriarcal, transformándolas en sujetos que han de adecuarse a ese sistema y la forma en que opera, esto es, renunciar a sus propias convicciones asumiéndose instrumento del patriarcado para poder alcanzar el poder (reafirmando así su clausura); o bien, asumir un rol en la periferia de las decisiones, siempre sectorial o irrelevante. Lamentablemente hoy tanto las mujeres como la diversidad sexual han sido relegados a cumplir el rol de acompañantes, jamás protagonistas de la acción política.

Luego de plantearnos en nuestro primer número quiénes serían los Adversarios de la izquierda, TRAMA traza un nuevo desafío: abordar las formas de superación o enfrentamiento de un adversario que pervive y trasciende las orgánicas de izquierda, el patriarcado como enemigo interno. En ese sentido, la identificación del enemigo implicará también evidenciar opresiones que se mantienen de manera estructural y que suelen ser invisibilizadas. El desafío para las autoras y autores de las orgánicas de izquierda será afrontar la dominación que el feminismo hace décadas ha desenmascarado. Este sentido político del feminismo no puede ser, como tradicionalmente ha sido tratado, el de una agenda sectorial, sino que el de una demanda universalizable con una pretensión emancipatoria para todos los integrantes que se reconocen o pueden reconocerse en un proyecto político de izquierda. Proyecto que no ha problematizado ni relevado la lucha feminista a un lugar central. Es más, ha sido ciego a su potencialidad de agrupar y movilizar a la ciudadanía generando una real voluntad política transformadora.

La crítica radical que supone una reflexión feminista –en su cuestionamiento y reflexión sobre las condiciones de nuestra realidad– quizá sea, junto a la conceptualización de la lucha de clases, el desafío más revolucionario que tenemos por delante. Abrazar y hacer propias sus posibilidades en la construcción constante de una utopía emancipatoria, es un deber urgente y fundamental para quienes se reconocen como fuerzas de izquierda.

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