La promesa del feminismo socialista, La reconstrucción de la izquierda requerirá del legado socialista-feminista

9 Diciembre, 2016

Categorías: artículos

La promesa del feminismo socialista, La reconstrucción de la izquierda requerirá del legado socialista-feminista.

Por Johanna Brenner.

Décadas distantes de los vertiginosos días de la “segunda ola feminista” en los Estados Unidos, es preocupante reconocer que el momento revolucionario del movimiento es un vago recuerdo, mientras los aspectos clave del feminismo liberal se han incorporado a la agenda de la clase dominante. Las ideas feministas liberales se han movilizado para apoyar una serie de iniciativas neoliberales, incluyendo la austeridad, la guerra imperial, y el ajuste estructural.

Claro que es importante entender cómo ocurrió esto. Sin embargo, algunas explicaciones ofrecidas por los últimos estudiosos feministas apuntan en una dirección desafortunada. Estos autores argumentan que el feminismo de la segunda ola, con su énfasis excesivo en los derechos legales y el trabajo remunerado como una ruta hacia la igualdad, sin saberlo, allanó el camino para el neoliberalismo. Es reconfortante pensar que las feministas radicales tenían este nivel de control sobre el resultado de nuestras luchas. Porque, si fuera verdad, ahora podríamos corregir nuestros errores, cambiar nuestras ideas, y recuperar nuestro equilibrio revolucionario.

Quiero exponer un argumento diferente: la incorporación parcial del feminismo liberal en el orden económico, político, cultural y social neoliberal se explica mejor por la aparición de un régimen de acumulación de capital que ha reestructurado fundamentalmente economías, tanto en el hemisferio norte y el sur global .

En el hemisferio norte, este nuevo régimen fue introducido por asalto de los empleadores en la clase obrera, en el estado de bienestar, y en las instituciones históricas de defensa de la clase trabajadora – los sindicatos y los partidos socialdemócratas. Este asalto provocó el neoliberalismo, el contexto político para la reacción exitosa contra las exigencias radicales feministas, de los activistas antirracistas, las poblaciones indígenas, y otros.

Mientras que el neoliberalismo extingue la promesa radical de la segunda ola, también se ha creado la base material para la renovación y la difusión de los movimientos feministas socialistas encabezados por mujeres de clase obrera – ya sea empleada en la economía formal, la economía informal, las zonas rurales o el trabajo no asalariado.

Además, los discursos políticos y la organización de las estrategias del feminismo socialista del siglo XXI son un recurso para una izquierda luchadora. La gente tiene la sensación de que las viejas formas de la política de izquierda no lo harán. En esta búsqueda de alternativas, el feminismo socialista tiene mucho que ofrecer.

El discurso político feminista dominante en la segunda ola no fue el feminismo clásico-liberal – es decir, un feminismo que quería despejar los obstáculos para el ejercicio de sus derechos individuales de las mujeres – sino más bien lo que yo llamaría el feminismo de bienestar social. (Fuera de los EE.UU., donde había verdaderos partidos de izquierda y donde los discursos políticos socialistas estaban más disponibles para las activistas feministas, esta política podría ser llamada feminismo socialdemócrata).

Las feministas de bienestar social comparten el compromiso del feminismo liberal de los derechos individuales y la igualdad de oportunidades, pero van mucho más allá. Miran hacia un estado expansivo y activista para hacer frente a los problemas de las mujeres que trabajan, para aliviar la carga de la doble jornada, para mejorar la posición de las mujeres y, especialmente, de las madres en el mercado laboral, de prestación de servicios públicos que socializan el trabajo de cuidado y para ampliar la responsabilidad social de atención (por ejemplo, a través de permiso parental remunerado y subsidios para las mujeres que cuidan a familiares discapacitados).

Las mujeres en el extremo de la clase profesional/gerencial son la base social del feminismo clásico-liberal. El bienestar social en la política feminista encuentra su base social principalmente en la parte baja de la clase directiva profesional y sobre todo entre las mujeres que trabajan en la educación, los servicios sociales y de salud. Las mujeres profesionales o directivas de color tienen más probabilidades de ser contratadas en estas industrias que en el sector privado. Las militantes sindicalistas también desempeñaron un papel importante en la dirección y organización del feminismo de bienestar social.

Podemos caracterizar generosamente como ambivalentes las relaciones entre las mujeres de clase obrera/las mujeres pobres, y las mujeres profesionales de clase media cuyos puestos de trabajo buscan elevar y regular a quienes vienen a ser definidos como un sector problemático – los pobres, los enfermos, los incultos, las personas con una orientación sexual distinta, los analfabetos. Estas tensiones de clase producen una ruptura en la política feminista, ya que las defensoras feministas de clase media afirman representar a las mujeres de la clase trabajadora.

La forma en que estas tensiones de clase se expresan toma forma por otras dimensiones de los lugares de clase, tales como la raza u origen étnico, la sexualidad, la nacionalidad, y la capacidad. Fundamentalmente, la política de las feministas de clase media también cambia dependiendo de los niveles de militancia, la auto-organización, y la fuerza política de las mujeres en las clases de trabajo.

Un ejemplo convincente de esta dinámica se puede ver en la primera mitad de la década de 1970. En el contexto político de la lucha de negros por la justicia económica, impulsada por los  trabajadores de raza negra y el movimiento por los derechos de bienestar -el sector líder del movimiento de derechos civiles de la clase trabajadora feminista de bienestar social tomó un programa visionario y de gran envergadura basado en ampliar el apoyo estatal para el trabajo destinado a cuidar de otros.

Por ejemplo, en 1971, una coalición de organizaciones feministas y de derechos civiles ganó la legislación que habría establecido la guardería como un servicio del desarrollo con fondos federales disponibles para todos los niños que lo necesitan. Aunque, sin duda, las feministas vieron este acto como crucial para las madres que trabajan, no limitan el beneficio sólo para las madres que tienen un trabajo remnunerado. El programa incluye poner a disposición servicios médicos, nutricionales y educativos para niños desde la infancia hasta los catorce años de edad,  los que estaban dentro de un programa de beneficios. El presidente Nixon vetó el proyecto de ley, pero la organización en torno al proyecto continuó a lo largo de la década de 1970.

La Organización Nacional de los Derechos del Bienestar (NWRO) promueve e informa a la política acerca del feminismo de bienestar social. Lo más interesante de la NWRO es su capacidad para combinar las solicitudes que los filósofos, abogados y académicos tienden a ver como una competencia. En pocas palabras, se rompió la distinción entre “discurso de las necesidades” y “discurso de los derechos.”

Los discursos políticos maternalistas son ejemplos por excelencia de “discurso de las necesidades.” Aquí, los defensores hacen afirmaciones basadas en las necesidades de los niños y la singular capacidad de las madres para satisfacerlas. Por otro lado, la demanda de prácticas de empleo ciegas al género o la igualdad de acceso a la educación profesional es por excelencia “discurso de los derechos”, insistiendo en la extensión de los derechos individuales de las mujeres que ya se conceden a los hombres.

El NWRO participó de las discusiones para obtener un ingreso mínimo garantizado, sin condiciones para las madres solteras. Las mujeres pobres deben tener opciones diferentes a la forma en que fueron criadas y afirmaron que ellas mismas, eran las únicas autoridades competentes para establecer las necesidades de sus hijos. Ellas deben recibir apoyo económico y servicios sociales tanto si eran madres amas de casa o parte del grupo de los padres que trabajan.

Los defensores de los derechos de bienestar también criticaron la guerra contra los programas de empleo que van formando a las madres solteras para trabajos tradicionalmente realizados por mujeres, trabajos de baja remuneración de cuello rosa. Por último, unieron su demanda que la maternidad sea reconocida como valiosa labor para la autonomía económica de las mujeres y su derecho a la autodeterminación.

Esta política se reflejó también en el desafío de las mujeres de color para el movimiento pro-elección. Cuando las alas radicales y liberales del movimiento feminista se centraron en los derechos de la mujer a la autonomía corporal – y el derecho de rechazar la maternidad – las mujeres pobres de color se enfrentan a un ataque muy diferente: la esterilización forzada en los hospitales públicos en los que dieron a luz. Por otra parte, el movimiento de los derechos de bienestar estaba organizando a las mujeres pobres, y especialmente a las de raza negra, para desafiar la denigración de su maternidad y la estigmatización de su sexualidad.

Al incorporar las ideas de las mujeres de la clase trabajadora de activistas de raza negra, las feministas socialistas articulan una política de derechos reproductivos que llegaron más allá del idioma de la elección. Los derechos reproductivos incluyen el derecho a ser madres y a educar a los hijos en dignidad y con acceso a la salud, en barrios seguros, con ingresos y una vivienda adecuada.

Este conjunto de derechos reproductivos, constituye un programa de reformas no reformistas. Algunas de estas demandas pudieron pelearse y ganaron en el capitalismo – por ejemplo, la prohibición de la esterilización racista o la discriminación contra las madres lesbianas – pero la adopción masiva sería incompatible con el capitalismo. En este sentido, el discurso político de los derechos reproductivos vincula al feminismo con las políticas anticapitalistas.

En su apogeo, la segunda ola feminista peleó por la socialización del trabajo de cuidar a terceros. Traspasar la atención de una persona a una responsabilidad social necesitaba en ese entonces y necesita ahora, una redistribución de la riqueza desde el capital al trabajo.

La responsabilidad social destinada al cuidado de otros depende de la expansión de los bienes públicos, que a su vez depende de aplicar un impuesto a la riqueza o las ganancias. Compensar a los trabajadores por el tiempo invertido en el cuidado (por ejemplo, la licencia pagada de crianza de los hijos) se amplía pagando una indemnización a costa de las ganancias. En síntesis, el requisito (sea por regulación o por contrato) de que los lugares de trabajo acomoden y subvencionen cuidados fuera del lugar de trabajo interfiere con el control de los empleadores sobre el trabajo y tiende a ser resistido en el sector privado, donde los trabajos continúan siendo organizados como si los trabajadores tuvieran muy poca responsabilidad sobre los cuidados.

En otras palabras, la socialización del trabajo de cuidados requiere confrontar el poder de la clase capitalista. Fue aquí que el feminismo de bienestar social del siglo XX se fue a pique.

Confrontar el poder de la clase capitalista convocada para un amplio movimiento social, militante, disruptivo – un frente anticapitalista que une el feminismo, el antirracismo, los derechos de los homosexuales, y los derechos de los inmigrantes a los sindicatos y las luchas de los trabajadores. Lo que existía en su lugar fueron los sindicatos burocráticos, escleróticos, uniones comerciales sectorialistas que no tenían ni el interés ni la capacidad de construir movimientos básicos de cualquier tipo.

En el mismo momento en que el feminismo de bienestar social estaba en su punto más fuerte, en la década de 1970, el tsunami de la reestructuración capitalista llegó, inaugurando una nueva era de ataque a una clase obrera que tenía pocos medios para defenderse. A medida que las personas se apresuraron a sobrevivir en este nuevo orden mundial, en la medida que las capacidades colectivas y solidaridades se trasladaron fuera de su alcance, ya que la competencia y la inseguridad habían aumentado, y ya que los proyectos de supervivencia individualistas estaban a la orden del día, la puerta se abrió a las ideas políticas neoliberales para ganar la hegemonía .

Atrapado entre una clase obrera desmovilizada y un partido democrático superado por el neoliberalismo, las feministas de clase media de bienestar social comenzaron a acomodarse a las realidades políticas existentes. Por ejemplo, dejando atrás las políticas de la NWRO, los defensores de la clase media se alejaron de los discursos maternalistas – “los niños pequeños necesitan estar con sus madres” – que, aunque problemática, había sido parte de su defensa de ayuda a la renta a las madres solteras.

Y así adoptaron discursos neoliberales en la cara de los cargos de ambos partidos que el estado de bienestar animó a la dependencia. Se abrazaron a la idea de la autosuficiencia a través de un trabajo remunerado, a pesar de que era evidente que los bajos sueldos en puestos de trabajo precarios abiertos a tantas madres solteras nunca podría pagar un salario digno, que las becas de guardería entregadas (a las mujeres más pobres) eran inadecuadas para una atención de calidad, y que los programas después de la escuela para niños mayores eran inasequibles.

En otras palabras, la segunda ola del feminismo de bienestar social no era tan cooptado, ya que fue marginado políticamente. Y en el contexto de esa derrota, como es lógico, las políticas feministas liberales no sólo se movieron al centro del escenario, sino que se incorporaron en un régimen neoliberal cada vez más hegemónico.

Irónicamente, como los defensores de la clase media se movieron hacia la derecha, las feministas de la clase trabajadora, especialmente en las agrupaciones con gran cantidad o mayoría de mujeres entre sus integrantes, consiguieron ganancias sustanciales. Aumentaron la representación de las mujeres en el liderazgo, impulsaron sus sindicatos a apoyar las movilizaciones políticas que defienden la legalización del aborto (por ejemplo, la campaña “a favor de la unión, pro elección” de la Coalición de Mujeres Sindicalistas), la oposición a la discriminación contra las personas LGBT y exigencias como valor comparable y de licencia parental en la agenda de negociación. Sin embargo, estas últimas ganancias sonaron en el vacío, ya que los sindicatos perdieron rápidamente terreno, incluso en la mesa de negociación.

La historia anterior es instructiva. El feminismo y otros movimientos contra la opresión deben ser movimientos entre clases, por lo que también deben plantear la pregunta: “¿quién tendrá la hegemonía dentro de estos movimientos?” ¿Las visiones del mundo de quién van a determinar cuáles son las demandas de los movimientos, cómo se articulan y justifican esas demandas, y cómo está organizado el movimiento mismo?

En el curso normal de los acontecimientos, la respuesta a estas preguntas es la clase media. Y ahora, tal como en el momento de la radicalización de la segunda ola, cuando la gente de la clase trabajadora entró en la escena política, las relaciones de poder dentro de los movimientos sociales pueden cambiar.

En el siglo XXI, las mujeres han entrado en la escena política global en una sorprendente variedad de movimientos. En el sur global, que las mujeres se encuentran desplazadas, empleadas en trabajos precarios, son jefas de hogar, luchando por sobrevivir en los asentamientos informales y tugurios urbanos, no son sólo los participantes cruciales en los movimientos del socialismo del siglo XXI, sino que también están construyendo proyectos de organización popular que desafían las formas patriarcales de las demandas de organización, dirección y movimiento.

En el hemisferio norte, estos proyectos de base se han comprometido con nuevos modos de organización de los trabajadores (por ejemplo, el movimiento de los trabajadores domésticos) que se basan en la movilización de los participantes y la construcción de alianzas comunitarias. Aunque nunca es perfecto, por supuesto, este socialismo feminista diferente proyecta, en el norte y sur, en la comunidad y el lugar de trabajo, en su mejor oferta de nuevos discursos de  igualdad de género, nuevos modos de organización, y  visiones de una democracia participativa.

El compromiso de las feministas socialistas con la libre organización apoya las estructuras organizacionales que son no jerárquicas y democráticas, y por lo tanto, más inclusivas. La atención a la interseccionalidad como una guía para ambos programas y discursos políticos – las demandas que hacen los movimientos y el lenguaje que usamos para apoyar esas demandas – abre un campo en que las profundas divisiones sociales podrían superarse en lugar de reproducirse.

Comprender la formas en que los lugares de trabajo, hogares y comunidades están interrelacionados nos guía a modos más eficaces de organizar y brinda más posibilidades para la política de coalición, haciendo conexiones entre lo que se ve a menudo muy distinto y separar los problemas y las batallas.

Las visiones socialista-feminista de liderazgo y de desarrollo de liderazgo promueven las capacidades de los activistas para la participación en la toma de decisiones democráticas y la colectividad. El reconocimiento de que el afecto, las emociones y la sexualidad están siempre presentes, dando forma a las relaciones sociales, fomenta la auto-reflexión, la empatía y el respeto de los activistas por las diferentes formas de estar en el mundo.

Si hemos de construir un socialismo del siglo XXI, entonces es hora de prestar atención al feminismo socialista de los siglos XX y XXI, moviendo su teoría y práctica desde los márgenes hacia el centro de la izquierda radical.

Adaptado de Estudios Socialistas Vol 10, No 1 (2014).

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