Instagram, performance y contradicción

9 Diciembre, 2016

 

Instagram, performance y contradicción

Por Auska Ovando

Partió con la foto de un perro. En estricto rigor, un perro y la mitad de un pie. A esa imagen, la primera en la historia de Instagram, rápidamente le siguieron más: Para precisar, unas 40 billones más al momento de la escritura de este artículo. Luego del perro vino una avalancha de platos de comida, tazas de café, gatos y atardeceres que acompañarían las vidas cotidianas de más de 500 millones de personas alrededor del mundo. Pero más que todo eso, lo que sucedió al perro fueron cuerpos. Caras, selfies, bikinis, músculos y maquillaje reinan en una plataforma que para sus críticos solo se dedica a reproducir la estética y el contenido de la ideología dominante, pero que en una segunda lectura ofrece también oposición y disidencia.

Es fácil creer que no hay nada de revolucionario en Instagram. Es entendible, incluso, cierto desprecio intelectual por una red social que se asocia más al millenial egocéntrico que al cuestionamiento a las normas de género. ¿Qué potencial emancipador podría tener una selfie? ¿Qué podría llegar a cambiar la foto de una mujer en bikini? La respuesta en ambos casos es que, a veces, mucho. Para entender el porqué hay que primero tomar un desvío y analizar el rol que juega lo digital en la vida social.

McLuhan (2002) y Meyrowitz (1986) decían, hace décadas, que los medios afectan profundamente cómo se desarrollan las sociedades. La televisión, en el ejemplo clásico de Meyrowitz, cambió el cómo nos relacionamos con otros en nuestra vida cotidiana. Humanizando a los poderosos, desmitificando el poder, la TV abrió espacios que antes estaban ocultos de la vista pública, y los hizo fácilmente accesibles. Tanto es así, que –por ejemplo– las dinámicas familiares se afectaron, dejando a los padres en una situación de menor control frente al consumo cultural de los niños.

Aunque se pueda no estar de acuerdo con el contenido, y estas teorías a veces pecan de excesivo determinismo tecnológico, tienen un punto importante: Los medios no operan aislados de nuestro día a día, y tienen efectos que exceden lo puramente medial. Internet no solo ha cambiado el cómo funciona la política, la economía, o las relaciones internacionales, sino que también llega al micro nivel de relaciones sociales, incluso el cómo concebimos nuestras identidades.

La era de las redes sociales no solo tiene implicaciones para las empresas y los gobiernos, sino que también acarrea consigo una renovada performance de la identidad. Antes de Youtube, de Facebook, de Twitter, Erving Goffman (1990) describía las interacciones sociales como una obra de teatro. Nuestro encuentro cara a cara con otros funciona como el escenario, o la región frontal, en donde actuamos nuestra identidad con claves visuales y palabras. En contraste, las regiones traseras, las bambalinas del rol que creemos cumplir en la sociedad, son aquellos lugares donde las demandas de las expectativas sociales se disipan.

Es posible decir que el mundo digital es la auto presentación de la persona en esteroides, la identidad hiperventilada, condenada al pestañeo frenético del tiempo de Internet. Inevitablemente visual, irremediablemente efímera. Si el contacto cara a cara es una obra de teatro, la vida digital es una teleserie en streaming. La performance está siempre en el bolsillo, a un botón de distancia, y la diferencia entre el escenario y el backstage se difumina porque todo es posible de ser exhibido. A diferencia de formas anteriores de presentación pública, esta vez la performance está abierta (al menos en teoría) a todos, y ciudadanos que no tienen acceso al poder tradicional pueden ahora escribir su propio guión, crear su puesta en escena y llevar la performance a miles de personas, casi sin intermediarios.

Es por esto que una red como Instagram no solo replica de manera evidente las estructuras y estéticas dominantes de género, sino que es también un espacio privilegiado para cuestionarlas. Siguiendo a Butler (1999), el género es un acto performativo, naturalizado por la repetición de acciones y patrones de conducta. En Instagram, la repetición de la imagen es la acción básica, basta dar una vuelta por la sección “explorar” para darse cuenta cómo se reiteran encuadres y poses que revelan ideales de lo bueno y lo estéticamente deseable. La normalización de las imágenes, en este caso, va acompañada de una aparente casualidad. El formato móvil y cotidiano de la plataforma, asociado al teléfono celular, le dan una aparente candidez a sus contenidos. Bien lo entienden las celebridades tradicionales y sus equipos, que con una delicada curatoría dan la impresión de ser una ventana a las bambalinas de sus vidas. Esto es, al mismo tiempo, una ventana a lo que se asume culturalmente como cotidiano, deseable y normal.

Es desconcertante cuando el backstage irrumpe en escena. Pasa cuando el giro errado de una cámara en un programa de televisión deja en evidencia el enredo de cables, luces y personas que dan vida al espectáculo. O cuando alguien, perdido buscando el baño en algún restorán elegante, vislumbra el desorden agitado de la cocina en que preparan su comida. En ambos casos, pareciera que la ilusión pierde efecto, que se desarma el poder simbólico de la performance.

Hacer consciente el artificio detrás de la imagen es un arma poderosa para cuestionar, por ejemplo, los estándares de belleza. Lo hizo en Instagram, paradójicamente, una modelo de 18 años llamada Essena O’Neill. En noviembre de 2015, la joven australiana, con más de seiscientos mil seguidores y varios contratos para promocionar productos en sus redes, se aburrió. O al menos dijo que lo hizo, en un video que subió a YouTube en el que aparece llorando (O’Neill, 2015). Eliminó cerca de dos mil fotos, y cambió los textos de las imágenes para describir lo que pasaba detrás de cada una. En una fotografía donde aparece en bikini en la playa, cuenta que no comió nada ese día, que probó infinitas poses para que su estómago se viera plano, que le gritó a su hermana menor para que siguiera fotografiando hasta estar satisfecha con una imagen. La jugada hizo noticia en todo el mundo, aumentó la fama de la modelo y de paso inició una conversación sobre la artificialidad de las imágenes en internet.

Una estrategia distinta es la de comunidades que buscan un cambio cultural, visibilizando estéticas alternativas para integrarlas al espacio público de representación. En este caso, no se pone necesariamente en cuestión el aparato performativo, sino que se clama por el fin a la discriminación, por la ampliación de su diversidad, el término de la arbitrariedad que determina quiénes pueden (o no) subir al escenario. Lo hacen, por ejemplo, mujeres de tallas grandes, que suben fotos en ropa interior acompañadas de textos que hacen referencia a lo bien que se sienten en sus cuerpos, tradicionalmente significados como objetos de vergüenza. Lo hacen, también, jóvenes que no se identifican con el binario masculino/femenino, y muestran al mundo, en imágenes, la fluidez de su identidad.

A través de Instagram, estos grupos (entre otros) generan comunidades que, por causas tecnológicas, están ocultas a simple vista. Primero, porque la red, en su pantalla de inicio, solo muestra fotografías de cuentas a las que se ha suscrito, replicando los intereses y conexiones sociales del usuario. Segundo, porque al explorar en cuentas desconocidas, el algoritmo de la aplicación arroja imágenes con las que los usuarios o sus contactos están relacionados. La segmentación hace que sea poco probable toparse con estéticas disidentes si no se buscan activamente. ¿Significa esto que están destinadas al fracaso? Depende de lo que cada uno considere como victoria.

Es ineludible mencionar las contradicciones que hay detrás de estos cuestionamientos a las normas de género. Essena O’Neill, al mismo tiempo en que denunciaba la artificialidad de su presencia online, lanzaba un sitio web para promover su nuevo y “real” estilo de vida, mientras anunciaba que escribiría un libro sobre lo mismo. El movimiento plus size (o tallas grandes, que refiere a tamaños promedio para la mujer norteamericana) ha sido bien recibido por empresas del retail, que han encontrado en él un nuevo mercado que crece rápidamente. Al mismo tiempo, ven en él una forma rápida de mejorar su imagen, de recibir un aura de bondad por un gesto básico –vender ropa que le quede bien a sus clientes– que enfrentan casi como si fuera responsabilidad social empresarial. Muchas veces, pareciera ser que la expansión de los ideales de belleza o el cuestionamiento a la artificialidad solo parecen reemplazar un estándar por otro, o añadir una forma de vida a la lista del deber ser aceptado.

Dounia Tazi, una modelo neoyorquina “plus size”, lo ha denunciado así en su cuenta de Twitter. De origen marroquí, la joven dice que ella no tiene los rasgos que se asume debe tener cualquier modelo no convencional, entre los que se incluye, por ejemplo, una nariz respingada (Tazi, 2016), y una cara extremadamente delicada. Ideales caucásicos que parecen tener que compensar por la falta de delgadez. A pesar de eso, su gran cantidad de seguidores en redes sociales ha logrado que grandes marcas se fijen en ella. Para algunos, esta marketización del ideal alternativo, de la contracultura, si se quiere, puede aparecer como la más vil cooptación. Para otros, será un triunfo que se incorporen nuevos ideales, por más adaptados al sistema de consumo que sean. Hoy, muchos usuarios de Instagram (en su mayoría jóvenes) tienen en sus manos acceso a sentirse representados y validados visualmente, algo que para generaciones anteriores era extremadamente difícil.

La dualidad y la paradoja están en la esencia de cualquier plataforma digital. Internet es contradictorio por naturaleza. Aunque tiene potencial democrático, su uso está sujeto a las barreras de alfabetización y educación digital. Aunque puede presionar a grandes multinacionales, son ellas las que manejan qué vemos y cómo accedemos. Aunque da un poder nunca antes visto a las audiencias, las fragmenta y atomiza también de forma inédita. Es transnacional, y al mismo tiempo profundamente local. Si bien su economía colaborativa debiera entregar poder a las personas, en la práctica (como ha demostrado Uber) ofrece pobres condiciones laborales. Aunque abre espacios para estéticas disidentes, se terminan replicando mayoritariamente aquellas que son hegemónicas.

Con todo, queda una certeza; y es que ahora mismo, entre fotos de perros, de tazas de café, de atardeceres y de visiones tradicionales sobre género y belleza, hay un grupo de personas que está enviando en imágenes un simple pero poderoso mensaje: no todo tiene que ser como es.

 

Referencias:

Butler, J. (1999). Gender trouble: feminism and the subversion of identity. New York: Routledge. (Original publicado en 1990)

Goffman, E. (1990). The presentation of self in everyday life (Repr). London: Penguin. (Original publicado en 1959)

McLuhan, M. (2002). The Gutenberg galaxy: the making of typographic man (Reprinted). Toronto: Univ. of Toronto Pr. (Original publicado en 1962)

Meyrowitz, J. (1986). No sense of place: the impact of electronic media on social behavior New York, NY.: Oxford Univ. Press.

O’Neill, E. (2015, noviembre 5) “Essena O’Neill – Why I really am quitting social media” [Archivo de video]. Rescatado en https://www.youtube.com/watch?v=gmAbwTQvWX8

Tazi, D. [Douniatee]. (2016, mayo 18). “my nose ain’t a perfect tiny little slope that every model (curve model especially) apparently has 2 have n it’s FINE” [Tweet]. Rescatado de https://twitter.com/douniatee/status/733015338548355076

Síguenos